Ante la respuesta de Zapatero a la madre de Irene Villa, yo me acordé de aquel chiste solidario: «Se me ha muerto mi padre», dice uno. «Qué día, chico», responde el otro. «Yo pierdo el bolígrafo, tú pierdes a tu padre...». No hay duda de que la pena por un abuelo fusilado en la Guerra Civil (uno, conste: el otro no cuenta), un dolor capaz de saltar la brecha de cuarenta años de tiempo y de instalarse en las raíces mentales del presidente con tenacidad de trauma freudiano, merecería un estudio psicológico y parapsicológico. Un estudio serio, dirigido al alimón por el doctor Rosado y Paco Porras.
El imaginario mental de nuestros dos últimos presidentes merecería también otra clase de análisis. Ambos tienen un aire mesiánico, de profeta iluminado, de pastor al borde de las grandes aguas, que los divorcia por completo de la realidad. Durante años, Zapatero ha construido su psique (es un decir) a base de negativos. Si Aznar se deja bigote, él se lo afeita. Si Aznar se peina con laca, él se despeina. Si Aznar habla del futuro y de nuestros hijos, él habla del pasado y de su abuelo. Si Aznar chapurrea inglés estilo Alfredo Landa, Zapatero masculla francés a lo Manolo Gómez Bur.
Los arqueólogos del futuro tendrán un serio problema al intentar reconstruir la psique de Aznar. Los fragmentos encontrados hasta ahora son la poesía árabe, una novela de Gironella y «yo hablo catalán en la intimidad». Habrá que revisar las filmotecas. Oliver Stone dijo que Nixon había tomado la decisión de extender la guerra de Vietnam hacia Camboya después de la enésima revisión de Patton. Yo dudé cuál sería la película fetiche de Aznar hasta los tres últimos años de su mandato. Dudaba entre Cowboy de medianoche y Pepito piscinas, pero tras la foto de las Azores, ya no cabía duda. Era Charlot va a la guerra.
En los primeros días de su mandato uno puede dudar si el tótem fílmico de Zapatero es Gandhi o Rain Man. Unos meses después, la imagen que más le cuadra es E. T., pero en plan Cine de Barrio: decidido a instalarse en la Tierra y a cardar cebollinos a lo Abuelo made in Spain. Ahora tras las declaraciones a las víctimas del terrorismo y su empeño en alzarse con la paz a cualquier precio, Zapatero se ha embarcado en el drakkar de Erik el Vikingo, aquella película de los Monty Python en la que Tim Robbins bordaba el papel de vikingo pacifista. Uno de los tripulantes también estaba obsesionado con su abuelo muerto que, según el, lo esperaba en el Valhalla, el paraíso bélico vikingo. Cuando aterriza en la calma lunar del Valhalla, Tim Robbins susurra: «He venido a despertar a los dioses». El otro, alentado por un espíritu más pedestre y familiar, dice: «Y yo he venido a buscar a mi abuelo».
Quién iba a decirnos que el ideólogo presidencial, el depositario de nuestra memoria histórica, era José Manuel Parada.

Escribe un comentario