Durante el siglo XVIII, consumada la unidad política española y anulada por la fuerza de las armas la legalidad catalana, se produce una curiosa paradoja: la unidad política española, con su imperio ultramarino, se convierte en una gran oportunidad para los derrotados de 1714. El dinero excedente de la agricultura catalana es invertido en el comercio americano, cuyos rendimientos favorecen la modernización de las viejas manufacturas. Así empieza la revolución industrial, que marcará la historia contemporánea catalana. Y, sin embargo, tan importante como el desarrollo comercial e industrial catalán (del que no puede separarse, especialmente durante el siglo XX, la insustituible fuerza del trabajo que llega de distintos territorios españoles) es este otro factor: en el centro peninsular, donde reside el poder político, no se produce un desarrollo parecido. De manera que la moderna polaridad española se fundamenta en dos núcleos contradictorios y, a la vez, complementarios: una Barcelona burguesa y un Madrid político.
Excusen la descripción forzosamente esquemática por razones de espacio de un proceso tan complejo y matizable (del que, por si fuera poco, desgajo para no perdernos por las ramas, la polaridad vasca, tercera en discordia). El hecho es que sobre cada uno de estos dos polos, el político y el económico, se construye durante el siglo XIX un relato ideológico distinto, un disfraz argumental, que culmina, alrededor de la crisis de 1898, con la aparición de dos nacionalismos antagónicos: el españolista y el catalanista.
El imaginario cultural y patriótico de cada uno de estos relatos es el disfraz de los sectores dirigentes, pero se trata de un imaginario emotivo: penetra en los poros de la realidad social y genera fortísimos sentimientos identitarios. Sentimientos que en el mundo actual, presidido por el vértigo global, se refuerzan con cierto paroxismo. El polo político de Madrid ha impuesto históricamente su fuerza, incluso mediante recursos extremos (un par de dictaduras, por ejemplo, que cubren más de la mitad del siglo XX). Pero la mística resistencialista o victimista ha reforzado el simbolismo del polo catalán. Ninguna de las dos polaridades consigue, sin embargo, imponerse con claridad.
El drama de los diversos nacionalismos hispánicos reside en su incapacidad: no consiguen borrar o desprenderse del antagonista. A pesar de los pesares, la realidad hispánica sigue siendo policéntrica. Yla realidad interna catalana está infinitamente más cerca de España de lo que pretenden, en paradójica alianza, separatistas y separadores. ¿España nación única? ¿Catalunya nación? Ni una cosa ni otra: un salpimentado revoltillo de impuras naciones.
¿Qué ha cambiado desde la revolución industrial catalana hasta ahora? La consolidación de un fortísimo polo económico y financiero en la capital política española. La lucha por Endesa es entre dos segmentos del poder económico: el catalán y el madrileño. Durante la gobernación de José M. Aznar el sector que dirige el eje económico y político madrileño fantaseó con una nueva narración, un nuevo argumento: la construcción de un nacionalismo español de nuevo cuño, de tinte globalista y liberal, que, superando la impotencia y el pesimismo de 1898, se proyecta sobre Latinoamérica mediante la poderosa intermediación de grandes bancos y empresas (y contando con el regalo de una de las lenguas más habladas del mundo, que en los tiempos de la industrias del ocio y la comunicación equivale a tener materia prima gratis).
Este objetivo estratégico estaba acompañado de otro proyecto mucho más chato: aprovechar este nuevo empuje central para uniformar España de una vez por todas y convertirla en una nación pura, alrededor de un solo eje. La llegada de Rodríguez Zapatero ha introducido mayor amplitud de miras al proyecto de convertir España en el nuevo puente americano de Europa. Su origen leonés no le ha impedido percibir que un objetivo español de talla mundial exige repartir el juego, forzar alianzas, fomentar sinergias, contar con todas las fuerzas económicas.
RAÚL Agregando Endesa a Gas Natural y a Repsol se constituía un gigante de talla mundial que no solamente permitía mantener el control español de un sector estratégico, sino que aportaba consistencia a la aventura española intercontinental.
Si no podían controlarlo, algunos preferían arruinar este formidable instrumento. Otros, a pesar de que con frecuencia reniegan de la causa española, han defendido la españolidad del proyecto. Separadores y separatistas han quedado retratados en el juego de espejos que las opas han provocado. Acabe como acabe la intervención alemana (que en este momento está siendo lamentada con inútil victimismo y aplaudida con europeismo y liberalismo de boquilla) sería bueno que sirviera, al menos, para subrayar las limitaciones de la Catalunya y la España reales. "No existen más que dos maneras de ejercer el libre arbitrio: la fuerza y la astucia", escribió Josep Pla, lúcido e irónico. Reflexionaba sobre los individuos, pero su pensamiento podría aplicarse también a los actores de nuestra actualidad: a los que idearon la opa, al expansivo nacionalismo español y al ensimismado nacionalismo catalán. Por un lado, carecen de fuerza suficiente para impulsar plenamente sus objetivos; y por otro, los arruinan por falta de astucia. La astucia, en tiempos globales, consiste en reconocer la fuerza del otro y asociarse con él.

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