Situémonos. Fin de semana y ganas de ir al cine. Uno compra los diarios y ve en las primeras páginas una foto preciosa de la manifestación barcelonina que aseguraba que somos una nación, como mínimo. Yda la casualidad de que todos los periódicos que lee llevan, para ilustración, una imagen parecida en la que se ve a un negro con barretina. No es un negro cualquiera, es un negro que llama la atención porque viste túnica anaranjada. Pero sobre todo lo más peculiar, lo que ha atraído el interés de cualquier atento lector de periódicos, es que lleva barretina. Concretando, la foto podría tener un pie que dijera: "Negro con barretina en la manifestación de Barcelona". ¿Quiere usted que le demuestre por qué hacemos los diarios más sosos de esta orilla del océano? Porque a todos nos gustaría saber quién carajo es ese negro con barretina y nadie se ha tomado la molestia de explicárnoslo.

Plano segundo, secuencia primera. En una carretera secundaria del Alentejo portugués un servicio múltiple de las policías europeas, dirigido por lusos y españoles, detiene un cargamento de ocho toneladas de cocaína. Los mafiosos llevan coche lanzadera que, por si no lo saben, es una fórmula que se inventó ya en Chicago años veinte, según la cual, todo trasporte de mercancía ilegal, sea mafioso o terrorista, lleva delante uno o dos coches que garantizan que el recorrido está limpio de controles policiales. Caen en la redada siete españoles, seis hombres y una mujer.

Da lo mismo. Ni ustedes ni yo sabremos nunca quiénes son, porque la policía no facilita los nombres y los periodistas tampoco los exigimos; nos limitaríamos a transcribirlos por sus siglas. ¿No creen ustedes que sería una labor de salubridad pública conocer quiénes han participado en una operación capaz de transportar ocho toneladas, digo bien, ocho toneladas de cocaína? Dejo a los expertos calcular el volumen de negocio que significan ocho toneladas de cocaína en el mercado, pero puedo asegurarles que muy pocas empresas en España serían capaces de tal beneficio durante todo un año fiscal.

Plano tercero, seguimos con la secuencia primera. Hace unas semanas una vieja, exenta de todo lo que no fuera pobreza, fue tironeada en el Raval barcelonés por un delincuente de procedencia marroquí, mayor de edad y de cuyo nombre sólo sabemos las siglas por razones que se me escapan, lo que me hace sospechar que o bien la policía no hace bien su trabajo, o bien los periodistas avalamos la torpeza policial admitiendo que todo debe ser ambiguo, difuso, como unas letras mayúsculas seguidas de un puntito inane. La vieja dama digna aguantó el tirón porque acababa de salir de un cajero y sabía que la vida no merece vivirse si además te quitan la exigua paga que sacas del banco el día primero de los disponibles. La arrastró el hijoputa y ella resistió y se golpeó de tal modo que ingresó mal en urgencias y a poco falleció. ¿Quieren ustedes saber que hube de hacer gestiones para conseguir su nombre, el de la víctima hecha fiambre, porque la policía no suele darlo? Se llamaba Rosario Hernández Milán, tenía 71 años y murió de un tirón callejero y como mínimo su nombre debería aparecer en homenaje a la honradez, al valor y a la dignidad desvalida. Porque la finalidad de los diarios es contar historias reales. ¿Se han dado cuenta de que los periódicos están acojonados ante el deber de informar? Da la impresión de que, si pudieran, se limitarían a las fotos y los anuncios. ¡Cuantos menos líos, mejor! Una tradición exigía que toda información debía precisar el cuándo, el dónde y el quién. Eso se acabó. Ahora la información sugiere y el lector interpreta. ¡No vayamos a meternos en líos!

Estamos situados, decía, en el fin de semana y con ganas de ir al cine. Qué mejor que la película de George Clooney Buenas noches y buena suerte. Para un lector español, la historia del periodista Edgar R. Murrow y su enfrentamiento en la pantalla televisiva con el senador Joe McCarthy puede parecer una variante de La guerra de las galaxias, por ignorancia, no por otra cosa, porque aquí un McCarthy ejercía de jefe del Estado. Pero imaginémonos, lo que no es poca cosa, que entienden algo de lo que era McCarthy en un momento histórico en el que mientras en Estados Unidos a los progresistas los expulsaban de la vida laboral, aquí los echaban de la vida en general, y supongamos que saben algo de quién era Eisenhower en 1954, antes de aquel diciembre de 1959 en el que vino a socorrer al general Franco. Se puede ver una secuencia ilustrativa del orgullo norteamericano, y la diferencia entre andar erguido, que es típico de una democracia, o encorvado, que estilábamos nosotros durante los tiempos del cólera.

Pocas veces me he quedado tan clavado en la butaca de un cine como ante el impecable parlamento final sobre las televisiones y el negocio. Lo anuncia el sobrio David Strathairn en su papel del ahora mítico Edgar R. Murrow, y con él termina la película y se abre la basura televisiva del presente. Buenas noches y buena suerte es un filme valiente en todo: en la belleza añeja del blanco y negro, en la minuciosa evocación de una época en la que se podía fumar delante de la cámara pero no se podía estar casado con una mujer que trabajara en la misma empresa, en la que no defender a un amigo comprometido podía llevarle al suicidio. Tiene la fuerza y la eficacia de un documental, donde se cuenta la que se ve, sin la tramoya de unas vidas privadas ajenas a la pantalla. ¿Pero luego, qué hacemos? ¿Seguimos cantando las loas del filme, de los actores, del guión, de las piezas de jazz encajadas con la precisión de una cantata de Bach?

La cuestión que plantea el temerario Edgar R. Murrow se refiere al valor, al derecho a pensar diferente, a la dignidad humana, todo eso que va más allá del periodismo, porque es una obligación intelectual, no una mera cuestión técnica del uso de la televisión. Para Edgar R. Murrow, que había vivido la Guerra Mundial como reportero radiofónico durante los bombardeos de Londres, que había servido en los frentes de batalla, que había estado donde explotaban las bombas y te agujereaban el pellejo antes de que a los periodistas les dieran chalecos antibalas, a un hombre como él, que un emboscado dipsómano le pisara su dignidad y la de sus amigos, que habían peleado por la libertad jugándose la vida, era una cuestión de principios. Por eso, el filme de Clooney es magistral, porque documenta ese reto sin segundas intenciones. Como ocurre unas pocas veces en la vida. Porque a un Murrow que no han arrugado los nazis ni los empresarios en general, no lo puede intimidar un chantajista, por muy senador de Wisconsin que sea.

Y así son las cosas. Y lo son hasta tal punto que ese valeroso Murrow, apenas acabó el magnífico documental escenificado por Clooney, fue degradado primero, y luego, despedido de la CBS, y se quedará al pairo hasta que lo recupere John Fitzgerald Kennedy y lo coloque en la agencia oficial USIA, y eso después de dar tumbos y correr bolos que le avergonzarían, tanto como a mí el imaginármelo. Hizo lo que tenía que hacer en 1954 porque era un periodista digno en un tiempo que estaba ya dominado por los periodistas avispados y los promotores dolosos. Las escenas sobre las promociones publicitarias son de antología. Ahora bien, queda en el aire lo que en un país aparentemente normal como el nuestro cabría plantearse. ¿Es posible que la gente vea y analice y elogie esta película, sin señalar que cada vez que enciende el televisor se siente humillado ante la bobería para descerebrados que le echan encima?

Edgar R. Murrow murió en 1965, de un cáncer gestionado con paciencia después de muchas cajetillas de cigarrillos y muchos ataques al whisky. Desterrado de la televisión y de la radio en directo, héroe amortizado para unos chicos que le recordaban como aquel señor acerado que le dijo lo que debía a un impresentable apellidado McCarthy. ¿Y qué hacemos, mientras tanto, con lo nuestro? El que rehaga nuestra historia televisiva no encontrará a ningún Murrow, y tampoco lo podrá hacer en blanco y negro a menos que se arriesgue a confundirse con las alcantarillas. ¿Quieren que les diga una cosa? A mí los elogios profesionales sobre la libertad de expresión y la audacia de Murrow y el valor de las cadenas privadas de televisión me recuerdan la primera vez que me dejaron ver durante el franquismo Tribunal de Nuremberg,aquel filme emocionante que en todo el mundo tuvo ese título menos aquí, que se llamó Vencedores y vencidos,y es que al salir me preguntaba si vivía en otro mundo o debía aceptar éste.

A nosotros, queridos, nadie nos dice Buenas noches y buena suerte con acento de Brooklyn. Nadie nos lo dijo nunca y nadie ya nos lo dirá. Aquí las buenas noches suele darlas la casa Danone y es para niños raquíticos de inteligencia. ¡Qué ocasión estamos perdiendo de afrontar las televisiones, el más eficaz de los servicios públicos! Resulta llamativo que durante muchos años, en España, decir "servicios públicos" era referirse a los urinarios.

Vayan a ver este documental impecable titulado Buenas noches y buena suerte y, si les quedan ganas cuando salgan, pregúntense por qué nuestra vida televisiva y radial está dominada por tertulianos. ¿Se han preguntado alguna vez por qué los humoristas tienen tanto éxito de audiencia y producen tanta satisfacción? Porque en sociedades miedosas el chistoso siempre es un cómplice. Algo sí como un intelectual a la medida de su tiempo.