A medida que nos acercamos al tercer aniversario del principio de la guerra de Irak, parece poco probable que la Historia vaya a juzgar con comprensión la intervención misma o las ideas que la animaron. Más que cualquier otro sector, fueron los neoconservadores de dentro y de fuera del Gobierno Bush quienes presionaron en favor de la democratización de Irak y de Oriente Próximo. A ellos se les atribuye por lo general el mérito (o la culpa) de haber sido las voces decisivas que promovieron el cambio de régimen en Irak y, no obstante, son esas ideas suyas cargadas de idealismo las que se van a ver más directamente amenazadas en los meses y años venideros.
En caso de que los Estados Unidos se retiraran de la escena mundial como consecuencia de hacer el ridículo en Irak se trataría de una tragedia de dimensiones enormes porque el poder y la influencia de los Estados Unidos han resultado ser críticos para el mantenimiento de un orden abierto y cada vez más democrático en todo el mundo.El problema de las prioridades políticas del neoconservadurismo no se encuentra en sus fines sino en los medios, abierta y excesivamente militares, con los que ha tratado de llevarlas a la práctica.Lo que necesita la política exterior de los Estados Unidos no es una vuelta a un realismo cínico y de miras estrechas, sino más bien la formulación de un wilsonanismo realista que acompase mejor los medios con los fines.

¿Cómo ha sido posible que los neoconservadores hayan terminado por desbarrar hasta el punto de arriesgarse a poner en peligro sus propios objetivos? ¿Cómo es posible que un grupo con sus antecedentes haya llegado a conclusiones como que las causas primordiales del terrorismo radican en la ausencia de democracia en Oriente Próximo, que los Estados Unidos tenían la sapiencia y la capacidad para resolver este problema y que la democracia se impondría en Irak de manera rápida y fácil? Los neoconservadores no habrían dado este giro en ningún caso salvo por la forma peculiar en que terminó la Guerra Fría.

Esta influyó de dos formas diferentes en la manera de pensar de los partidarios de la contienda de Irak. En primer lugar, parece que creó la expectativa de que todos los regímenes totalitarios sin excepción eran una pura fachada hueca que se vendría abajo con un pequeño empujón desde el exterior. Esto ayuda a explicar el fracaso del Gobierno Bush a la hora de prepararse adecuadamente para hacer frente al movimiento rebelde que surgió a continuación.Da la impresión de que los partidarios de la guerra creyeron que la democracia era una condición de partida a la que las sociedades regresaban una vez que se producía el cambio de régimen coercitivo en lugar de un proceso de institucionalización y reformas a largo plazo. Como símbolo político y como corriente de pensamiento, el neoconservadurismo ha evolucionado hacia una cosa que yo ya no puedo seguir apoyando.

El Gobierno y sus partidarios neoconservadores han malinterpretado asimismo la forma en que el mundo iba a reaccionar a la utilización del poder de los Estados Unidos. Por supuesto, la Guerra Fría está sobrada de ejemplos en los que Washington actuaba primero y después solicitaba la legitimación y el respaldo de sus aliados exclusivamente ante los hechos consumados. Sin embargo, en el periodo posterior al Telón de acero la política mundial ha cambiado en muchos aspectos que han hecho que esta forma de ejercicio del poder sea mucho más problemática a ojos de los aliados. Tras la caída de la Unión Soviética, varios autores neoconservadores dieron a entender que los Estados Unidos utilizarían su plus de poder para ejercer una especie de hegemonía benévola sobre el resto del mundo, resolviendo problemas como, por ejemplo, el de los estados subversivos con ADM (armas de destrucción masiva), a medida que fueran surgiendo.

La idea de que los Estados Unidos puedan ser un poder hegemónico más benévolo que otros no es absurda pero había algunos indicios reveladores de que las cosas habían cambiado en las relaciones de los Estados Unidos con el resto del mundo mucho antes del comienzo de la guerra de Irak. El desequilibrio de poder en el mundo había llegado a ser enorme. Los Estados Unidos superaban por un margen sin precedentes al resto del mundo en cualquier parámetro del poder.

Había otras razones por las que el mundo no iba a aceptar jamás la hegemonía benévola de los Estados Unidos. En primer lugar, ésta se fundaba en la premisa de que Norteamérica podría utilizar su poder en aquellos casos en los que otros países no pudieran porque los Estados Unidos eran más virtuosos que otros países.Otro de los problemas de la hegemonía benévola era de orden interno.Aunque la inmensa mayoría de los norteamericanos deseen que se haga lo que sea necesario para que la reconstrucción de Irak culmine con éxito, el periodo posterior a la invasión no hizo que creciera el apetito de la opinión pública por nuevas intervenciones con un coste alto. Los norteamericanos no son en el fondo un pueblo imperialista.

Por último, la hegemonía benévola partía del supuesto de que la supremacía no sólo era bien intencionada sino competente.La mayor parte de las críticas de los europeos y de otros a la intervención de Irak no se ha centrado en argumentos de procedimiento referidos a que los Estados Unidos no hubieran obtenido la autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU), sino en la convicción de que los norteamericanos no habían presentado los argumentos adecuados para realizar la invasión ni sabían lo que iban a hacer para democratizar Irak. Desgraciadamente, las críticas fueron bastante premonitorias.

La equivocación más elemental fue la de exagerar la amenaza que acechaba a los Estados Unidos procedente del islamismo radical.Aunque era clara la posibilidad ominosa de terroristas armados con ADM y dispuestos a todo, los partidarios de la guerra combinaron esa posibilidad con la amenaza que representaba Irak y con el problema de los estados subversivos y su proliferación.

En estos momentos en los que da la impresión de que se ha pasado el momento neoconservador, es necesario que los Estados Unidos redefinan su política exterior. En primer lugar, necesitamos desmilitarizar lo que hemos denominado guerra mundial contra el terrorismo y pasar a utilizar otros instrumentos. Estamos librando guerras de insurrección en Afganistán e Irak y en contra del movimiento yihadista internacional, guerras en las que es necesario que nos impongamos. Sin embargo, la palabra guerra es una metáfora equivocada para describir una lucha de mayor calado. Para hacer frente al desafío yihadista no es necesaria una campaña militar sino una batalla política para ganarnos los corazones y las mentes de los musulmanes corrientes y molientes del mundo entero. Como dan a entender los recientes acontecimientos de Francia y Dinamarca, Europa va a ser uno de los principales campos de batalla.

Es necesario que los Estados Unidos salgan a la palestra con algo mejor que las «coaliciones de buena voluntad» para legitimar sus acuerdos con otros países. El mundo carece de instituciones internacionales eficaces para otorgar legitimidad a las intervenciones colectivas. La crítica conservadora a la ONU es absolutamente contundente: si bien es útil para determinadas operaciones de pacificación y reconstrucción nacional, carece de legitimidad democrática y de eficacia para tratar los grandes temas de la seguridad. La solución consiste en promover un mundo multilateral de instituciones internacionales que se solapen y que en ocasiones compitan entre sí, organizadas de acuerdo con criterios zonales o funcionales.

La última parcela que queda por redefinir es el lugar que ha de ocupar la promoción de la democracia en la política exterior de Estados Unidos. La peor herencia que podría dejar la guerra de Irak sería una reacción antineoconservadora que combinara un giro de 180 grados hacia el aislamiento junto con una política de realismo cínico que alineara a los Estados Unidos con los regímenes autoritarios amigos.

Resulta procedente, por tanto, una política wilsoniana que preste atención a la forma en que los gobernantes tratan a sus ciudadanos, aunque es preciso que dicha política esté informada por un cierto realismo que estuvo ausente del pensamiento del Gobierno Bush durante su primer mandato y del de sus aliados neoconservadores.

La promoción de la democracia y de la modernización en Oriente Próximo no es una solución al terrorismo yihadista. El islamismo radical surge de la pérdida de identidad que acompaña la transición a una sociedad moderna y pluralista. Dosis mayores de democracia implicarán dosis mayores de alienación, radicalización y terrorismo.

En todo caso, lo más probable es que, hagamos lo que hagamos, se vaya a producir una mayor participación política de grupos islamistas y ésa será la mejor forma de que el veneno del islamismo radical se abra paso a través de la organización política de las comunidades musulmanas. Ha pasado ya la época en la que regímenes autoritarios amigos podían gobernar sobre poblaciones pasivas.

El Gobierno Bush se ha alejado de la herencia de la política exterior de su primer mandato, como ha puesto de manifiesto el estilo prudente y multilateral que ha adoptado a la hora de abordar los planes nucleares de Irán y de Corea del Norte. Sin embargo, dicha herencia y la de sus partidarios neoconservadores ha originado tal polarización que va a resultar difícil mantener un debate razonado sobre la manera más adecuada de equilibrar los ideales y los intereses de los Estados Unidos.

Lo que necesitamos son ideas frescas sobre la forma en que los Estados Unidos se han de relacionar con el mundo, ideas que sigan manteniendo la creencia de los neoconservadores en la universalidad de los Derechos Humanos pero sin sus ensoñaciones sobre la eficacia del poder y de la hegemonía de los Estados Unidos para alcanzar dichos fines.

Francis Fukuyama es profesor de Economía Política Internacional en la School of Advanced International Studies de la Universidad de Johns Hopkins y es director de la nueva revista The American Interest.