De Horacio, quienes lo conocieron, destacan, paralelamente a su extraordinaria capacidad política, sus valores como persona. Cuando se cumple el décimo aniversario de su muerte, si pudiésemos escuchar su voz hablando de la primera etapa de su vida, que es donde se forja el carácter de una persona, tal vez éste sería su relato:
«Nací el 8 de abril de 1911, en la Pesa de Pría, un pueblín de Llanes. Mi madre, Isabel Inguanzo Díaz, que pertenecía a una familia de agricultores y ganaderos, se casó a los 15 años con mi padre, el maestro don Esteban Ramón Fernández Rodríguez, natural de Navelgas, de familia muy relacionada con la enseñanza. Fui el primero de trece hermanos, aunque mi madre siempre recordaba a otro que me precedió y que se malogró al nacer. La infancia fue para mí una etapa muy feliz. Me aficioné a las tareas agrícolas y al cuidado del ganado, pero vi frustradas mis aspiraciones de campesino cuando trasladaron a mi padre a otra escuela. Entonces la familia pasó por una situación muy difícil, aliviada apenas con la compra de una vaca -que yo cuidaba- y el alquiler de unas pequeñas fincas. Pude ir a la escuela, con mi padre, hasta los 14 años, y allí recibí una educación de carácter liberal. Así transcurrió mi niñez: entre la escuela, ir a por leña al monte y las faenas del campo. Mi gran sueño por entonces, según me recuerdan siempre mis hermanas, era tener una radio, estudiar Veterinaria, casarme con una compañera de la escuela de Inguanzo llamada Teresa y ejercer la carrera en Camarmeña. Pero, para hacer aquellos estudios, tenía que trasladarme a León y carecíamos de recursos. A los 15 años comencé a trabajar en la cantina de la estación del Ferrocarril Vasco Asturiano de Oviedo. El trabajo era duro, desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche, el sueldo pequeño y, para colmo, el dueño no repartía las propinas. Dos años más tarde, pude dejar aquello y acomodarme como botones en el hotel Covadonga, también en Oviedo, acompañado por mi hermano César. Ganaba algún dinero con el que ayudaba a la familia y así empecé a ahorrar con la intención de estudiar en León; pero pronto comprendí que nunca lograría reunir lo suficiente y desistí. Trabajando como botones empecé a preparar el acceso a Magisterio. Aprobé el examen e inicié, como libre, los estudios: algo que no gustó a mi patrona porque estaba mal visto que un chico de clase humilde pretendiese estudiar una carrera. En 1931, se creó el Orfanato Minero Asturiano bajo la dirección de Ernesto Winter Blanco y entré como administrativo desde el 1 de marzo de 1931 hasta el 30 de septiembre de 1932. Desde el 1 de octubre de 1932 al 30 de septiembre de 1934, como maestro en funciones, y desde el 1 de octubre de 1934 hasta el 1 de agosto de 1936 como maestro titular y propietario. Fui el encargado de organizar las primeras colonias escolares en Salinas y Pola de Gordón, apostando así por la otra vocación heredada de la familia paterna: la de maestro de niños, innovador y comprometido con los hijos de los mineros».
Hasta aquí el probable relato de cómo se iba construyendo el proyecto de vida de un joven que fue testigo de aquella marea de acontecimientos que empezaron con la Semana Trágica de Barcelona y siguieron con la huelga general de 1917, la Revolución Rusa, la dictadura de Primo de Rivera, el advenimiento de la Segunda República, la Revolución asturiana de 1934 y la guerra civil. Y que, como tantos otros jóvenes, tenía depositada en la República la esperanza de un tiempo más justo e igualitario; a pesar de que ya era perceptible, tanto en Europa como en España, la presencia de los nubarrones que anunciaban el fascismo y que truncarían el proceso de cambio del país y las aspiraciones de tantos jóvenes como Horacio que vieron cómo el porvenir les daba la espalda.
La guerra civil lo sorprendió en Pola de Gordón como director de la colonia escolar que el Orfanato Minero establecía allí durante el verano. A los pocos días de iniciado el conflicto, se incorporó al frente. Ingresó en el Partido Comunista en agosto de 1936. Hizo un curso de capacitación militar en la Academia de Artillería de Deva, fue promovido a teniente y mandó una batería en los frentes de Santander y Asturias. Cuando acabó la guerra, era jefe de artillería de la Agrupación de los Puertos. El 30 de octubre de 1937, luego de desmoronarse el frente del Norte, fue detenido en los montes de Tresviso. Muchos años más tarde, ya en democracia, se le presentó a Horacio un sacerdote que le dijo: «Yo a usted lo conozco... usted fue el que tomó Tresviso en octubre de 1937». Horacio le respondió con una sonrisa: «Mire usted, no tomamos Tresviso porque no nos dejaron, que si no...»
Lo condenaron a la pena de muerte en la primavera de 1938; le fue conmutada la pena máxima por la de cadena perpetua al año siguiente. Trabajó como prisionero de guerra en la construcción de la nueva estación de ferrocarril de Santander. Abandonó la cárcel en 1943; seguidamente, se reintegró a la actividad política del Partido Comunista. En el verano de 1944 evitó una nueva detención con una huida providencial a través de los montes. Acabó siendo detenido en octubre de 1945 y permaneció en prisión hasta 1954. Después de su segunda salida de la cárcel, alternó las clases particulares con un trabajo como agente comercial, lo que le permitía viajar por toda Asturias y continuar organizando el Partido. Con motivo de la huelga de 1958, volvió a pasar a la clandestinidad y huyó a Francia. En esta etapa de exilio, cuando más patentes se hacían la falta de libertad y el aislamiento internacional en España, viajó a la URSS, Alemania, Yugoslavia, Francia, etcétera. En Francia conoció a Teresa Hoyos, la que luego sería su compañera inseparable, que también estaba exiliada y compartía sus mismos ideales revolucionarios. En esta situación estuvo durante once años. En diversas ocasiones entró clandestinamente en España, hasta que en 1969 fue detenido en Mieres. Estuvo preso hasta que la amnistía lo liberó, en el período de la transición hacia la democracia, en mayo de 1976.
Con el renacer de las libertades en España, Horacio demostró, con el Partido Comunista, que no sólo sabía organizarse y ser útil a los trabajadores en períodos de clandestinidad, sino que, ya en democracia, era posible combinar la lucha en las instituciones con la movilización continua de la sociedad. Participó en primera línea en la campaña electoral de junio de 1977 y compitió en aquella tan peculiar campaña del 17 de mayo de 1978 para cubrir el puesto que dejaba vacante en el Senado Wenceslao Roces (el PCE obtuvo cerca de 87.000 votos: todo un récord por entonces para los comunistas asturianos). En noviembre de 1978 formó parte del primer Consejo Regional, presidido por el socialista Rafael Fernández. Fue consejero de Sanidad en la preautonomía. Como diputado elegido al Parlamento de la nación (en las elecciones del 1 de marzo de 1979 y en las de octubre de 1982), demostró cómo debe comprometerse un cargo electo inaugurando una manera modélica de hacer política, en contacto permanente con las opiniones de los ciudadanos a pie de calle: algo que hoy se echa tanto en falta en quienes se dedican a la política.
Horacio es uno de los más dignos representantes de todas aquellas personas que jamás se declararon vencidas por el fascismo y que tuvieron la valentía de enarbolar la bandera de la reconciliación y la defensa de las libertades democráticas. Gracias a Horacio, y a tantas personas que como él han derrochado sacrificio personal, entrega militante, fortaleza de ánimo y claridad de ideas, ha sido posible disfrutar desde 1977 del período democrático más dilatado de la historia de España.

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