La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

27 Febrero 2006

El sarcástico Leopoldo, de Incitatus en El Confidencial

La cena la organizaban mis viejos camaradas –algunos, viejísimos, qué horror– de la Asociación de Antiguos Alumnos de la Universidad de Yale en España. Sé que esto sorprenderá a algunos de ustedes pero, caramba, nunca dije que fuese a contarles todos los secretos de mi vida. Lux et Veritas, el lema de aquel inolvidable y durísimo centro de sabiduría en New Haven, Connecticut, EE UU, es una frase a la que he procurado ser fiel siempre. Aquellos fueron dos años muy juveniles, muy productivos y sobre todo muy bonitos, por no decir apasionantes, y permítanme que no entre en mayores detalles porque Marité es como es y, aunque lleve algunos meses un tanto volátil y asardanada, no tengo ganas de conversaciones escabrosas tantas décadas después. En fin, que los antiguos yalies (así nos llamamos los veteranos de Yale) nos juntamos de vez en cuando para cenar con alguien de prestigio, encorbatados todos y muchos, repito, cuarteados como galápagos. La verdad es que yo no voy mucho a las cenas y tampoco conozco allí a tanta gente, pero es que esta vez nuestro invitado era el ex presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo. Lo confieso: no vean las ganas que tenía este caballo de echarse a la cara a este hombre admirable por tantos motivos.

Está mayor. Dios mío, qué idiotez acabo de escribir: ¡Tiene ochenta años! ¿Cómo iba a estar? ¿Pedaleando para subir al Tourmalet? Pero, viendo lo que había en el comedor del hotel Intercontinental, hay que admitir que Leopoldo era de lo menos galápago de la concurrencia. Si acaso, una tortuguilla de Florida, animosa y dicharachera. Ya prefiere estar sentado y le cuesta algo de trabajo pronunciar con claridad, pero lo que dice sigue siendo de una lucidez y de una sensatez asombrosas, y, esto sobre todo, conserva intacto su impresionante sentido del humor.

Quizá a quienes no lo conozcan les sorprenda esto, pero Leopoldo Calvo Sotelo y Bustelo, ex presidente del Gobierno español y alcalde honorario de Ribadeo, es un hombre dotado del don sobrenatural de la ironía, del humor; y esto de viva voz y, desde luego, por escrito. Es verdad que no le acompañó nunca la cara, algo fatal cuando uno se emperra en dedicarse a la política. Leopoldo nunca fue feo pero, las cosas como son, en su madurez siempre se pareció más de lo conveniente a las estatuas del faraón Ajnatón, el “hereje” del Imperio Nuevo egipcio. Mal asunto en las campañas electorales. “Hay que pedirle a Leopoldo que no sonría”, me dicen que decían sus asesores en los tiempos de UCD, “porque cada vez que sonríe por la tele perdemos setenta mil votos”.

Pero eso son bromas viejas. Calvo Sotelo pertenece a una larga pero no muy poblada cadena dinástica de españoles que bien pudiera comenzar con el Arcipreste de Hita y que pasa luego, a saltos, inexcusablemente por Vélez de Guevara, Francisco de Quevedo (el mejor), Góngora, Jovellanos cuando no escribía de agricultura, Larra, Clarín, a lo mejor Costa pero de eso no estoy muy seguro, Bergamín, Alberti, cierto Martín Santos (el de los Apólogos, por ejemplo) y así hasta Agustín de Foxá y Juanjo Millás, que es quien, creo yo, ostenta hoy el báculo y las insignias de la Orden. Gentes todas que manejaban un castellano de oro puro y que, llegado el caso, sacaban a pasear un sentido del humor y una ironía mil veces peor que el ácido nítrico. Pues ése es Leopoldo. El único presidente de la democracia española que ha sido capaz de defenderse correctamente en tres idiomas y medio (el “medio” es el alemán) y que ha escrito, él solo y sin ayuda de “negros”, tres libros. El primero, Memoria viva de la Transición (Plaza y Janés, 1980), es una obra maestra absoluta, irrepetible. No sólo es el mejor libro de memorias políticas escrito por un español en los últimos cien años sino una piedra angular de la literatura satírica contemporánea. El segundo, ay de mí, no lo he leído aún, no fui ni soy capaz de encontrarlo: Papeles de un cesante, publicado por Galaxia Gutenberg. Y mira que lo he buscado. El tercero sí lo tengo y lo he disfrutado como se merece, o sea varias veces: Pláticas de familia, que salió hace tres años en La Esfera de Ymelda Navajo. Aún es posible dar con él. Y es otra delicia.

La cena fue bien, muy bien. A mi izquierda, en la mesa, anidaba un señor norteamericano de apellido complicadísimo que se esforzaba en discutir conmigo sobre la Transición española y el 23-F. Un poquito pesado el hombre. A mi derecha, además de mi amigo Juan de Udaeta, director de orquesta y egregio yalie, estaba la embajadora de Honduras, una señora guapísima y maravillosa que se empeñaba en convencernos a Juan y a mí de que Zapatero sacó las tropas españolas de Iraq no porque aquello se le hubiese ocurrido a él, qué va, sino porque le copió la iniciativa al presidente de Honduras, que fue el primero que tuvo tal idea. En fin. La embajadora se deshacía en elogios, naturalmente, hacia Calvo Sotelo:

–Es un hombre tan educado, tan culto y ¡taaan conservador!...

¿Es conservador Leopoldo? Pues puede ser. Vamos, casi seguro. Pero yo, procurando no faltar a las reglas de la cortesía indispensables entre los yalies, no pude por menos de citar, sin mencionar la fuente, un ripio que le dedicó a Leopoldo Torcuato Luca de Tena:

–Tiene, porque no se pierda / apagado ese rescoldo, / cierta tendencia a la izquierda / el sarcástico Leopoldo…

En esto que llegan los postres. Yo estoy cada vez más nervioso porque sé lo que quiero hacer. El gran Bertram Shader, presidente de los yalies de Madrid, pronuncia (muy mal, pero con mucha voluntad) unas hermosas palabras sobre nuestro invitado. Éste responde con un discurso absolutamente improvisado que dura más de media hora y que levanta entre los comensales a veces aplausos, otras veces carcajadas, silencios admirados, murmullos, sonrisas. Leopoldo dice cosas sabrosísimas sobre la política exterior de España en los tiempos de la Transición, sobre Suárez, sobre lo poco que a Felipe González le gustaba leer, sobre Zapatero y, desde luego, sobre las perrerías que hizo y dijo Chirac cuando España negociaba su entrada en Europa. De pronto, casi al final de aquella maravilla, suena un teléfono móvil. La melodía es, se lo juro a ustedes, La raspa. Leopoldo se calla, espera a que cese aquella interrupción incomprensible –pero qué yalie puede tener en su móvil La raspa, por Dios– y luego concluye con la sonrisa más ferozmente afilada que quepa imaginar en un orador que habla tres idiomas (y medio). Por último, pide perdón por haberse extendido tanto. Salva de aplausos que parece no concluir nunca.

El presidente de los yalies, Bertram, pregunta a los asistentes si alguien tiene algo que decir. Da la sensación de que lo hace por compromiso, porque es tarde ya.

Inci levanta inmediatamente la mano.

Alguien le lleva un micrófono. Inci se pone en pie, se aleja dos pasos de su mesa y deposita en el rostro de Calvo Sotelo una sonrisa rebosante de admiración y complicidad. La señora embajadora de Honduras mira a Inci algo alarmada.

–Señor presidente… Yo quisiera, después de sus deliciosas palabras, dedicar unos momentos a la poesía…

La gente, hasta ese instante más bien indiferente, se vuelve hacia Inci con gesto preocupado. A ver si se nos va a haber colado un loco en esta cena tan elegante, se les oye pensar. Calvo Sotelo también enarca levísimamente las cejas.

–Yo quisiera recitarles a ustedes un poema, un espléndido soneto. No lo he escrito yo. Es un soneto que alguien escribió una vez sobre un miembro del Gobierno español…

Caras de franca alarma entre los comensales. Evidentemente, un loco se ha colado en la cena. La señora embajadora de Honduras traga saliva muy deprisa. Hay quien busca con miradas urgentes a los tipos de Seguridad. Pero Inci, sin quitar ni un solo segundo los ojos del rostro de Calvo Sotelo, empieza a recitar de memoria (y copia ahora mismo de memoria, desde luego):

–Ayer, en su cacatio matutina / que tan píos sermones nos reserva, / me dicen que Ricardo de la Cierva / vuelve a insultarme tamquam medicina. / ¿Qué tengo yo, que mi persona inclina / pluma tan docta a la pasión proterva? / ¿Qué tengo, que tan lúcida minerva / conmigo disparata y desatina?

(En ese momento, Inci advierte que el rostro de Calvo Sotelo cambia, sus labios empiezan a temblar, casi sonríe, quizá palicede un poco. Inci prosigue con los tercetos):

–Mira, Cierva, que en coplas y sin ganas / correspondo a tus cóleras insanas / y ni te tomo en serio, ni me enojo. / Piensa que de color y de adversario / conmigo te equivocas, por sectario: / fui ministro contigo, y no soy rojo”.

Silencio general. Nadie entiende nada, nadie sabe qué está pasando, a qué vienen esos versos que ha dicho el loco. Sólo la cara de Calvo Sotelo muestra las huellas evidentes de una intensa emoción. Inci deja pasar unos segundos y luego remata:

–Ese soneto lo escribió don Leopoldo Calvo Sotelo hace veintitantos años.

Ah, ahí sí. Ahí la sala entera se da cuenta de lo que sucede y estalla en una ovación cerrada, densa, vehemente, diríase futbolística. Algunos se ponen en pie y aplauden, que hubiera dicho Forges, como “procuradores en Cortes”. A Leopoldo le asoma algo de agua a los párpados. No se lo esperaba. Pero Inci, que sigue teniendo el micrófono en la mano, suelta un bufido e impone silencio:

–Mi pregunta es la siguiente. Señor presidente, alguien capaz de escribir así… ¿Se puede saber por qué ha dedicado su vida a la ingeniería de Caminos, a los hidrocarburos, a la Unión Española de Explosivos, al Banco Urquijo y, sobre todo, a la puñetera política? ¿Puedo preguntarle por qué ha escrito usted sólo tres libros, hombre de Dios?

La respuesta de Calvo Sotelo se pierde entre aplausos, risas, gritos, barahúnda general. Cinco minutos después, Inci recibe un abrazo largo, larguísimo, lleno de cariño, del escritor Leopoldo Calvo Sotelo y Bustelo. Justo al lado aplauden y sonríen el ex embajador de Alemania y el historiador Charles T. Powell, otro tipo notable a quien Inci se ha leído entero pero al que apenas logra saludar porque Calvo Sotelo reclama toda su atención. El escritor toma los brazos del sonrojado caballo y le trata inmediatemente de tú, prerrogativa regia pero también privilegio de la amistad:

–¡Pero te lo sabías! ¡Te lo sabías de memoria!

–Pues claro que me lo sabía.

–Ah, no, dime la verdad. Te lo has aprendido corriendo para decirlo ahora, en esta cena.

–Puede creerme o no, presidente. Pero le doy mi palabra de honor: me sé ese soneto de carrerilla desde hace dieciséis años, desde que lo publicó en su primer libro.

–Pero… ¿por qué?

–Pues porque es muy bueno …

Inci se enrolla un poco hablando de Quevedo y de Lope. Calvo Sotelo vuelve la cara un momento para que Inci no lo vea y luego le sonríe otra vez.

–Me has emocionado mucho y me estás volviendo a emocionar.

Inci inclina la cabeza, conmovido también. En ese momento, el maestro Udaeta desenfunda su teléfono móvil y, con la cámara que suelen llevar esos chismes diabólicos, les tira a los dos una foto que Inci conservará siempre.

–Me gustaría tanto corresponder a tu amabilidad… Pero ¡no sé cómo!

–Es muy fácil, presidente. Dedíqueme estos libros suyos que le traigo. La primera edición de Memoria viva de la Transición y también la primera de Pláticas de familia.

–¿Y el del medio?

–Tendrá que esperar. Estoy tratando de conseguirlo. A ver si en Internet…

Calvo Sotelo se yergue, resplandeciente:

–¡Te lo mando yo! ¡Ese no lo busques que te lo regalo yo!

Hay un nuevo abrazo. Inci le ofrece a Calvo Sotelo, para las dedicatorias, el boli que lleva encima, pero resulta que escribe con tinta roja. No se dedica un libro con tinta roja, Inci no sabe por qué pero es así. Leopoldo saca su propia pluma.

–Pues tú me dirás a quién quieres que…

–Incitatus, señor presidente.

Calvo Sotelo frunce el ceño y pone una cara muy divertida.

–Pero Incitatus… ¿no era el caballo del emperador Calígula?

–Sí, así es.

Calvo Sotelo pone una cara todavía más divertida:

–¿Y no fue Calígula quien nombró senador a su caballo Incitatus?

–Sí. Senador de Roma.

–Ah, bien, bien.

Leopoldo Calvo Sotelo agita un poco su pluma y, sonriendo de medio lado (el “sarcástico Leopoldo”, que decía Luca de Tena), escribe en la “página noble” de Pláticas de familia una frase muy breve:

Para Incitatus. Senador.

Leopoldo Calvo Sotelo, 20 - 02 - 06

Inci sabe bien que no sería nada en absoluto sin ustedes, los lectores de esta página. De hecho, no sería. Ahí tienen la dedicatoria de ese gran escritor (aunque poco prolífico), Leopoldo Calvo Sotelo, que trabajó también, y con no poco provecho, de presidente del Gobierno. Ese autógrafo encantador, que me gustaría que leyese algún obispo manchego y tuercebotas, va muchísimo más para ustedes que para mí. Así que Lux et Veritas, amigos. Lux et Veritas.

servido por caffereggio sin comentarios compártelo

sin comentarios · Escribe aquí tu comentario

Escribe tu comentario


Sobre mí

Lector de artículos de opinión, sobre política y economía, que cree que este mundo podría tener arreglo si dialogásemos más

Estadísticas

Fotos

caffereggio todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera