Contra los augures de catástrofes a corto o medio plazo, tengan la seguridad de que España y Catalunya seguirán avanzando, más o menos como lo han hecho hasta ahora, gobierne quien gobierne, ocurra lo que ocurra en el pleito entre el nacionalismo centralista y los periféricos. Ahora y aquí, los perímetros de seguridad, las barreras a la toma de decisiones irresponsables o peligrosas, no los ponen quienes pueden tomarlas como en el pasado, sino el entorno europeo y la convivencia democrática. A veinticinco años del 23-F, la democracia es irreversible. Será de mejor o peor calidad, contará con una cúpula del poder judicial más o menos presentable, con un sistema mejorable de partidos, pero es irreversible. Estamos metidos en un circuito acolchado, de manera que son casi inexistentes los riesgos de la conducción acelerada, incluso temeraria, en los asuntos públicos. Los llamamientos a la prudencia, al autocontrol, siempre bienvenidos, surtirían mejor efecto si el argumento principal no fuera la advertencia de catástrofe inminente, pues el argumento es de un calibre tan desorbitado, está tan fuera de lugar, que da risa a los temerarios, y surge incluso efectos contrarios. Basta pues, por favor, de echarse las manos a la cabeza como si estuviéramos en los años veinte.
Por muchas actitudes actuales que recuerden las del pasado, por filias y fobias que se aten o desaten, España, y con ella Catalunya, es un país moderno, estable, plenamente occidental, dotado de una capacidad de reformarse que muchos juzgamos insuficiente pero que ya quisieran nuestros vecinos de Francia o Italia. Por muchas sacudidas que le den, por tabiquería que llegue a levantarse en su interior, los cimientos son de una solidez a toda prueba. Por decirlo en plata: mientras exista Europa, en España no llegaremos a las manos. Podremos hacer las cosas a la belga o a la canadiense, pero convénzanse todos, y en primer lugar mis colegas, que llegadas las tensiones a su punto máximo, España no correría el menor peligro de balcanizarse, puesto que lo sucedido en la ex Yugoslavia ha vacunado al continente contra ulteriores episodios de violencia. En el más extremo de los escenarios, no se balcanizaría sino que se escandinavizaría (recuérdese que un siglo atrás, en Escandinavia había un solo Estado, y tómese nota de la embajada conjunta que han abierto los tres actuales en Berlín).
Lo que de verdad está en juego queda siempre dentro del perímetro acolchado, asegurado, sin riesgos, si bien hay formas más agradables o satisfactorias que otras de convivir en él. Eso sí va a depender de cómo evolucionen los dos enfrentamientos interconectados que pueden aislarse: el de los intereses y el de los sentimientos. En resumidas cuentas, Catalunya ha bogado a favor de sus intereses, pero puso el listón del autogobierno y la financiación tan alto en septiembre que luego en enero lo ha pasado por debajo. A cambio, la España negra ha respondido mostrando su peor cara, y se ha levantado y aventado una ola de catalanofobia cuya envergadura nadie creía posible. Lejos de arrugarse, parece que los catalanes, los que marcan la pauta, han contrastado la insuficiencia de lo obtenido en el Estatut con la exageración de la ola (y si eso no explica el éxito de la manifestación del sábado, es que no tiene explicación racional). Aquí es donde estamos.
¿Hacia dónde nos dirigimos? Nunca son lúcidas las comparaciones, pero no hay color entre imitar a los belgas - que no se hablan de tanta ojeriza como se han tomado, pero que no por ello dejan de avanzar- o fijarse en Canadá, junto a Suiza el país más civilizado del mundo, pese o gracias a sus tensiones territoriales. Salvando todas las distancias, que son muchas, insisto, nos encontramos en una bifurcación de índole parecida. Sabe mal constatar que se están dando pasos en dirección al modelo belga. Que se reconduzcan en dirección a Canadá depende de todos, pero en primer lugar de unos dirigentes del PP y otros de ERC. Sobre eso es casi lo único que me atrevería a lanzar advertencias, aun a sabiendas de que nunca han incidido mucho sobre ánimos exaltados.
Corremos un riesgo de mayor alcance, pero no está en el terreno descrito ni depende de él. Es el final del ciclo de crecimiento acelerado. Día sí día también, y con rara unanimidad, los economistas advierten de la necesidad de incrementar la competitividad, la productividad, la innovación, la investigación, sobre lo imperioso de acometer las reformas estructurales en vez de ir aplazándolas, de invertir en infraestructuras no radiales, de frenar la burbuja inmobiliaria, enfrentarse a la inflación y disminuir el déficit comercial. Hay varios paquetes de medidas que deberían tomarse pero no se adoptan, y todas menos una son independientes de pleitos nacionales y las tensiones políticas. Aún parece haber crecimiento para rato, pero el día que dejemos de avanzar, será porque no se hicieron a su tiempo estos deberes, no por lo otro.

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