Los enemigos de los políticos están donde menos se esperan. En ocasiones, la mayoría, son enemigos circunstanciales. De quitar y poner, obligados por la disciplina de partido, también llamada dictadura de partido, o por los intereses concretos que persiga algunos de sus dirigentes en momentos oportunos.
Decir que Josep Piqué tiene enemigos es obvio. José María Aznar también tuvo los suyos antes de que fuera el candidato perfecto del PP, por delante de Hernández Mancha. ¿Se acuerdan de este señor? Hace 19 años ganó a Herrero de Miñón, lo más centrado de la Alianza Popular de entonces, candidato que apoyaba aquel joven Aznar, en el famoso congreso que cambio un partido desunido.

Mancha, Miñón, Aznar, todos tuvieron enemigos. Piqué también.La situación política del país era diferente. Pero los tiempos tampoco cambian tanto como para asegurar que eran absolutamente distintos. Ese es uno de nuestros problemas: consideramos el momento político como eje vertebrador de las esencias posibles.

Mucho se ha comentado sobre si Piqué presentó la dimisión aquel famoso martes en cuestión. Hoy, que se cumple un mes y un día de la última crisis del partido de Mariano Rajoy, parece interesante comentar algunas incógnitas. La primera: ¿presentó la dimisión?

Según como se lo quieran plantear ustedes, pacientes lectores.Si de lo que se trata es de adivinar si Piqué llegó a casa de Rajoy, lugar de la reunión para los desinformados, tal y como publicó EL MUNDO al día siguiente, y le dijo: ¡dimito!, pues no. Es cierto, no fue así. Porque en ocasiones no es necesario repetir lo que uno ya sabe que se dice. Rajoy conocía las intenciones de su hombre en Cataluña después de aquellas desafortunadas declaraciones de Acebes, sobre quien decía la verdad sobre el sistema de financiación del Estatut y de lo propuesto por el PP catalán en el Parlament.

Piqué dijo que se iba a mediodía, hizo que sus colaboradores más cercanos lo extendieran de forma eficiente por las redacciones de Madrid, Barcelona y mentideros varios, después apagó el teléfono y se fue a comer con unos amigos apartado del ruido de las cajas mediáticas que a las dos de la tarde eran un hervidero declarativo y de interpretaciones sobre el futuro de Piqué, Rajoy, Acebes y el PP.

Piqué se presentó en casa de su presidente dispuesto a coger la puerta de la calle de Urgell, para no volver, pero Rajoy le convenció de que eso no era positivo ni para el partido ni para el país. Ciertamente, la marcha del dirigente catalán tenía dos problemas muy graves. El primero, era una prueba más de que el famoso giro catalanista de Aznar se convertía en un boomerang peligroso, y volvía con la fuerza de llevarse por delante a quien fuera. Segundo, era la demostración de una victoria con la que Zapatero no contaba, aunque la buscaba desde hacía tiempo: la división de la derecha estatal, por no decir española.

En aquella reunión del 25 de enero dicen los amigos de uno y de otro que se sinceraron. Hablaron claro. Pero no bastó la catarsis.La crisis sigue abierta porque, además, hay muchas personas a las que les interesa que todo siga igual.

En los últimos días, y a partir de la última visita de Rajoy a Barcelona, la teoría de que Piqué está dejando de interesar en Madrid, se acrecienta. La tesis es la misma con la que llegó el político catalán a casa de Rajoy. El análisis no es descabellado.«Si te perjudico, lo dejo», le vino a decir al presidente del PP. Lo cierto es que la música del PP entre España y Cataluña llega en estéreo pero distorsionando, y de ello el votante de a pie es consciente.

Y cuando no es así, las circunstancias o la torpeza se alinean con los que sí están interesados en que se consolide este mensaje.Sólo así se explica el resumen de la última jornada del gallego por Barcelona. Salió airoso de casi todos los encuentros. Hasta del Círculo Ecuestre, donde el que escribe sí estuvo y, aunque, efectivamente, percibió cierto cabreo por parte del empresario catalán votante del PP, no notó ni acritud, ni mala leche. Ni por unos ni por otro. Los argumentos siempre colocan a la gente en un buen sitio.

La moda entre los peperos críticos se circunscribe en decir que lo que tendría que hacer Rajoy es visitar Badalona. Y puede que Badalona también, pero ese voto lo tienen casi ganado. Donde están haciendo aguas es en el simpatizante del Ecuestre, del Cercle del Liceu, del Polo o el que estaba en la fiesta de Oriol Regàs, que había mucho. Y en las entrañas de su partido.

Piqué no se ha trabajado el partido, ni ha dejado que otros se lo trabajaran. Y en este caso, el hombre que tiene mucho que decir es Alberto Fernández Díaz. Hace dos semanas se visualizó en la proclamación de candidato por Barcelona la hermandad entre Piqué/Fernández. Una pareja que pasa por el mejor momento de su historia. Es la última oportunidad para consolidar el proyecto que inició Aznar (no hay que olvidarse del pasado) en Cataluña, con el giro catalanista que supuso traer a los Mossos d'Esquadra a las calles de Barcelona y el DNI bilingüe.

De ese tarannà sólo queda Piqué que, a trancas y barrancas, imposta la voz el escenario.

alex.salmon@elmundo.es