La Coctelera

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26 Febrero 2006

El madrileño 'emprenyat' sale a la calle cada mes, de Enric Juliana en La Vanguardia

En Madrid, el realismo jamás ha sido derrotado por la abstracción. Ni siquiera en la tenue aurora democrática de los años sesenta. Mientras la Barcelona desarrollista y europeizante entronizaba a Joan Miró y Antoni Tàpies, recluyendo la pintura figurativa en el desfiladero gótico de la calle Petritxol, el gran Antonio López salía de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando dispuesto a pintar el mundo tal como es entre Vallecas y Tomelloso.

Aun hombre abnegado y decisivo en su disciplina, el crítico de arte Alexandre Cirici Pellicer, miembro del grupo fundacional del PSC, suele atribuirse la derrota histórica del realismo como forma de expresión dominante de la vida catalana. Suya fue la fatua antifigurativa, dicen. Tan eficaz resultó el diktat que aún hoy la pintura realista se halla proscrita del Museu d´Art Contemporani de Barcelona, pese a la novedosa calidad de los paisajes urbanos pintados a dúo por los hermanos Santilari o la intimidad proustiana de Luis Marsans. Invocar el realismo es blasfemia entre los muros blancos del Macba, la Kaaba estructuralista del Raval.

En Madrid, la pintura figurativa se impuso a la abstracción, no como reacción a la modernidad, sino como continuidad de una gran tradición histórica - ¿cómo renegar de Goya?- y como novísima plasmación de un alma popular siempre poco dada al ensueño. El protagonismo de Antonio López en el Centro de Arte Reina Sofía certifica la victoria progresista del realismo español. Yla galería Castelló 120, ubicada en la calle homónima del barrio de Salamanca, es su más destacado foro anual.

Como Castelló está muy cerca de Serrano, antes de acudir con el bloc de notas a la enésima manifestación de las derechas, resultaba muy gratificante contemplar ayer los paisajes casi fotográficos de Modesto Trigo, Christian Pignol y Pedro del Toro, la quietud de María Treviño, las ausencias de Bartolomé Rey y los delirios de Alberto Moraga, que pinta un Escorial con mar al fondo, un mar triste, espumoso y cantábrico, que es como pintar una España budista y federal: un imposible. La tarde era glacial y de un gris claro y cotidiano; una tarde de color Lavabo y espejo,uno de los más celebrados cuadros de Antonio López. El madrileño cabreado, versión antagónica pero anímicamente no muy distante del català emprenyat,se manifiestaba otra vez. Desde julio pasado ha salido tres veces a la calle para llamar cobarde a Rodríguez Zapatero a propósito de ETA; dos para cerrar el paso al Estatut separatista; una para mantener en su sitio, esto es, alejado, al primo gay de la familia; otra para defender a la escuela católica de los furores laicos, y otra más para sumarse al aquelarre salmantino del alcalde Lanzarote, en fin, para bufar cuatro cosas a los catalanes. El madrileño cabreado duerme con la pancarta bajo la almohada.

"¡España no se rinde!", clamaba la calle Serrano. "¡Zapatero, vete con tu abuelo!", coreaba una extrema derecha lábil pero siempre presente. Y José Maria Aznar, en medio, en el gozne, era agasajado por su 53 aniversario. Parecía feliz. Cuando Aznar carcajea abre la boca mirando al cielo, como si tuviese sed de lluvia, como si invocase un temporal implacable y redentor. Era la octava manifestación de las derechas en menos de nueve meses. En el mismo periodo, el vapor acumulado sólo ha sido liberado una vez en Barcelona. Ocurrió la semana pasada, y el colegio catalán de cabalistas, que siempre ha sido numeroso, aún no ha logrado desentrañar el arcano de la Gran Via, la contundente estampa del català disgustat (especie muy contigua pero no del todo idéntica a la del emprenyat) pronunciando su propio basta.

La tensión en Madrid es reiterada como un ejercicio gimnástico. Es ya una mentalidad sólidamente cristalizada: el discurso de Manuel Pizarro, baturro e inteligente, muy inteligente, ayer en la junta de Endesa; los accionistas de mirada severa declarando en televisión que "antes los alemanes que los catalanes". En Barcelona, que de vapores llegó a entender, la tensión se está administrando de manera espasmódica, sentimental y políticamente embrollada; oscilante entre la seriedad de fondo y el trajín oportunista de los saltataulells.Se entiende entonces por qué el realismo en Madrid, ciudad tomada por las furias, resulta una poética necesaria. Y cómo en Barcelona, cabalística, enredada y abstracta, deviene un arte doloroso e inquietante. Y por ello casi proscrito.

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