El presidente no pierde la sonrisa, aunque sí pierde pelo y le están saliendo canas por causa del insomnio. Camina como un vaquero abriendo la puerta de O.K. Corral y se ríe y gasta bromas buscando entre la multitud de periodistas que deambulan por los pasillos del Congreso de los Diputados una mirada amiga, cómplice, un poco de ayuda. Está un poco como Ronaldo, falto de cariño, y ya no se fía de nadie, ni de Bono ni de Pepiño, ni de Maragall, ni de Fornesa, ni de Polanco, y menos aún de Pedro J., que le ha dado un mes de vida política, y por eso se acerca al ABC y conversa con Zarzalejos, mientras le dice a un cronista de El Mundo: “Qué pena que escribas en el diario de los perdedores”.
Es verdad que el ABC está más templado con Zapatero (y con la OPA) y que Zarzalejos —quien por cierto escribió no hace mucho un excelente artículo sobre la nación española— tiene otro ritmo, otras maneras de hacer, estilo Vocento/Correo. Pero que desconfíe el vasco Zarzalejos de Zapatero —a poco le mete el gol de la muerte de Rocío Jurado el día de la entrevista— como los troyanos de los griegos, aunque el presidente le haga regalos periodísticos y llamadas de teléfono. Rajoy no llama a nadie por culpa de la abstracta de Belén Bajo Derecha, o porque está viendo vídeos del Tour de Francia, desde Anquetil hasta nuestros días. Aunque, dicho sea de paso, eso de las llamaditas es un juego un tanto infantil con el que el presidente del Gobierno pretende camelar a directores y analistas, pidiendo ayuda o compasión.
Esa tarea la debería de hacer Moraleda, pero el presidente está convencido de su alta capacidad de encantamiento y ahora ha decidido cortejar el ABC, porque ve que Pedro J. ha roto amarras —ya se lo advirtieron los felipistas— y parece decidido a ir a por él.
Esto de las relaciones de los políticos con la prensa merecería una tesis doctoral, pero Marcello, que se las sabe todas, no tiene tiempo. En los años de Franco sus ministros de Información no se andaban con chiquitas, te cerraban el periódico o te llevaban a los tribunales de orden público sólo por rechistar. Pero en la llamada democracia o en esta eterna transición moribunda y conflictiva, ahora más que nunca, las relaciones de los políticos con la prensa dejan mucho que desear por el exceso de negocios pactados y la desvergonzada promiscuidad —de la que Zaplana, el falso liberal que se manda sms con quien ya os contaré, es un experto—, porque nadie se pone donde debe y porque son los periodistas los encargados de valorar la acción de todos los políticos y no al revés, mal que les pese.
Que Zapatero hable de El Mundo como el diario de los perdedores es una frivolidad. Sobre este periódico se puede decir mucho bueno y mucho malo, pero no parece que sea muy acertado lo de los perdedores. Que le pregunte Zapatero a González si piensa lo mismo, porque al Gobierno le han vendido, desde Prisa, la moto de que con ellos a su lado todo irá bien. Bueno, bien no va, porque el que va bien es Polanco, y bastante hace este editor con no dinamitar a Zapatero por más de cien razones políticas, que las tiene. Pero lo que Prisa no puede hacer es controlar a los demás; puede —como ocurrió en el pacto aquel de los editores— hipnotizar o mediatizar a Planeta y Vocento, pero de eso de garantizarle a Zapatero la victoria va una eternidad.
Porque ahí está la derrota de González a manos de los periodistas de la AEPI (por más que Pedro J. se apropie de las medallas) a los que González les llamaba el sindicato del crimen y Aznar el ejército de Pancho Villa. Y ¿dónde están González y Aznar? Lo de Aznar con la prensa fue todavía peor, traicionó al periodismo de los independientes y los demócratas, se rodeó de mediocres y de pelotas y al final le dio todo el poder de la televisión digital a Polanco, dicen que para comprar la cabeza de Rato, que lo tenían en Prisa en el punto de mira de su cañón.
Y Aznar hizo eso —y entre otras cosas dañar la inicial independencia de El Mundo con los amoríos prohibidos con Pedro J., que luego acabaron bastante mal— porque no creía en la democracia ni en la libertad. Porque le salió el franquito que llevaba dentro, el mismo que aún conservan algunos dirigentes y ex dirigentes del PP que se empeñan en decir a los periodistas cómo deben pensar y escribir. Y bien que se lució el famoso Aznar, el de las mentiras del 11M y de la guerra de Iraq, el de la boda imperial y los hilitos del Prestige, el que quiere volver a ver si refunda Alianza Popular. Pues que vuelva si se atreve, aunque en realidad nunca se fue a las lejanas montañas y a los perdidos desiertos, que es donde debería estar. Sigue dando la matraca desde FAES, no deja en paz a Rajoy y le vamos a seguir la pista y a controlar, exigiéndole que pida perdón a los españoles por las graves mentiras que cambiaron el mapa electoral. Y que nos trajeron a un Zapatero falto de cariño que está dejando España como un sembrado sobre el que acaba de granizar. Caen chuzos de punta, las bombas de ETA sin parar y OPAs redondas por doquier, y todavía se ríe el presidente mientras le hace la pelota al ABC.

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