Durante muchos años, he tenido envidia (no sana: no hay envidias sanas) de Casa América de Madrid, donde se podía escuchar un día a Mario Vargas Llosa, otro, a una joven poeta colombiana, o asistir, durante una semana, a la exhibición de las películas argentinas de los últimos años o a una muestra fotográfica de un artista chileno. El palacio donde está ubicada Casa América de Madrid es hermoso, y la restauración ha conservado los grandes salones, los cuadros, las arañas de caireles, mientras, en pleno centro de la ciudad, se huelen las flores del jardín y trepan las enredaderas. Un espacio amable, distendido para reunirse, contemplar e intercambiar.
No había Casa de América en Barcelona, inexplicablemente. Había un Instituto de Cooperación Iberoamericano, (ICCI), en la calle Còrsega 299, pobre, sin recursos, que languideció más que nunca durante el último gobierno de CiU, porque el pacto entre Aznar y Pujol estableció áreas de influencia: América Latina para Madrid, Asia para Cataluña.

Recuerdo que cuando el Ayuntamiento de Barcelona inició la campaña de proyectos para el Foro de las Culturas, presenté uno, que consistía en transformar el ICCI en Casa de América, pero fue rechazado. Mi desilusión fue mayúscula. No podía entender por qué el Ayuntamiento no quería tener una Casa de América en Barcelona.Por Madrid pasaban los escritores latinoamericanos, las compañías de teatro, de baile, los pintores y los actores, pero no venían a Barcelona. Ahora, la Generalitat de Cataluña ha rebautizado el ICCI, le ha dado fondos económicos y, finalmente, se ha transformado en Casa de América en Barcelona, con la inteligente dirección de Antoni Traveria. Se parece bastante al proyecto que yo presenté hace un par de años y fue rechazado. Pero no soy rencorosa, me alegro por Barcelona y me alegro por los países latinoamericanos.Ahora, si un buen escritor llega a Madrid, podrá venir también a Barcelona. O viceversa. Porque Casa de América en Barcelona tendrá poder de iniciativa. Y podremos desarrollar proyectos en común.

La primera reforma ha sido la del local, que era estrecho y bastante lúgubre; ahora se han abierto salas, se ha aumentado su capacidad, se ha cambiado el mobiliario y la decoración. Para quienes llevamos muchos años viviendo y trabajando en Barcelona, pero hemos nacido al otro lado del océano, esta casa podrá ser nuestra casa, un lugar de encuentro, de intercambio y de mutuo conocimiento. En tiempos de nacionalismos espesos (¿otra vez?, ¿el siglo XX vuelve a repetirse, con más furor aún?) los espacios comunes son más necesarios que nunca.

Lo dijo el cirujano Barnard: «Debajo de la piel, el corazón de un negro y de un blanco son exactamente iguales». En castellano se dice te quiero, en catalán t'estimo, pero es el mismo sentimiento.Desgraciados aquellos que sólo pueden amar lo idéntico, lo semejante: narcisos enamorados de su imagen en las aguas. Finalmente, ahogados por su propia seducción.