Un poco por azar (al hilo de su reciente reedición en Tusquets) decidí leer una de las novelas de la trilogía barojiana La Raza, que no había leído antes: La ciudad de la niebla, publicada originalmente en 1909 y que se desarrolla en un Londres pintoresco y brumoso, lleno de tipos raros, refugiados y anarquistas. Como me ocurre siempre que leo a Pío Baroja -y le he sido largamente fiel- me digo: qué singular desgalichamiento el de esta prosa, qué porte sencillo y aún aparentemente descuidado, como el que escribe una carta (o la escribía) pero qué rotunda eficacia narrativa, qué peculiar toque personal, qué impresionante fuerza de arrastre...
Terminé La ciudad de la niebla, y me he zampado tan feliz -y era relectura- las otras dos: La dama errante, que es la primera de la serie, y El árbol de la ciencia (1911), una de las novelas más pesimistas de don Pío. Una novela existencialista y noventayochista a la par, que muestra una España atrasada y desolada. Una España de la que todavía somos tristes herederos. Políticos vociferantes y obispos cavernícolas.

Baroja decía (ha recordado estos días su sobrino) que viviría feliz «en un país sin curas, sin moscas y sin carabineros». Bajo su aire desastrado de boina y mesa camilla, era don Pío un tipo muy fino, un señor misántropo, en la tradición del sabio, y un poco antisemita, lo que no quiere aquí decir antijudío, sino contrario a los pueblos del monoteísmo. Baroja era un pagano hiperbóreo, con gabán de médico positivista. Se exilió durante la Guerra Civil, que le pareció una barbaridad, pero regresó (se sentía viejo) a su casón de Vera de Bidasoa en 1940. Parece que -por suerte para él- los obispos que tanto mandaban entonces brazo en alto, no lo leyeron.

El árbol de la ciencia les puede -aún hoy- dar vértigo. Cuenta que en España faltan laboratorios y modernidad y sentencia: «Sobra también un poco de sol, un poco de ignorancia y bastante de la protección del Santo Padre». Lo del sol es porque la melancolía de la bruma vuelve más industrioso, a su saber. Lo de la ignorancia, llueve sobre mojado: aún podemos decirlo, tristemente. Y lo del Santo Padre es verdad, que lo sigan los que lo deseen, pero que no nos tenga por su país favorito, porque es una lata.

Parece que Gabriel Ferrater dijo en algún momento que ser catalán era una realidad incuestionable pero que serlo resultaba muy pesado. Curioso signo de españolidad vasco catalana, porque algo similar a lo de Ferrater decía Baroja de España: aquí estamos por la Historia y la mezcla, pero qué latazo es ser español, siempre hurgándonos los estatutos y las entretelas.

Yo, permítaseme decirlo, ando por las mismas cotas. No quisiera ser sajón ni vikingo, porque adoro el Imperio romano antes de la Cruz de Constantino, pero también me gustaría olvidarme de la pendencia hispánica, del famoso enigma histórico. Lean a Baroja. Sigue siendo un paseo por el bosque, salutífero y cascarrabias, y lo de menos es que muriera el pobre, hará en breve, 50 años.