Ayer se cumplió el décimo aniversario del fallecimiento de Horacio Fernández Inguanzo; a los 85 años de edad, y a los sesenta de su azarosa, abnegada y ejemplar militancia en el Partido Comunista de España (PCE). A propósito de esta efeméride no estaría mal reflexionar autocríticamente sobre el estado actual de la izquierda. Sería, además, un buen pretexto para que lo que aún queda de aquel histórico espíritu de clase (si es que todavía se conserva algo de él) --que representó tan bien el movimiento obrero--, debatiera objetivamente lo que hoy se debe entender que es la conciencia proletaria ; cuál es su significado real en este momento y cómo se podría identificar, mediante esa referencia, a la clase obrera actual.
No me parece que esto sea fácil de conseguir; entre otras causas, porque durante el proceloso cambio de régimen (la transición) se quedó en que ese concepto es un arcaísmo político inaceptable en una sociedad nueva, moderna y, principalmente, liberada de los fascinantes prejuicios de la ideología marxista; porque los cartesianismos ideológicos impiden, entre otras cosas, disfrutar de los frutos que da el pragmatismo político de aquellos que, gracias a su particular praxis , han logrado hacer de su responsabilidad pública algo más que un estilo de vida: un placentero modo de vivirla individualmente.
Horacio fue para los asturianos el último de aquellos raros cartesianos del PCE que lograron, con su conducta personal, ejemplarizar la función política en la izquierda. Era un militante que, además de observar con escrupulosa honestidad los principios morales que le exigía su confesión ideológica, razonaba las ideas que exponía a los demás con la lógica de su conducta personal. Esta especie de político íntegro --que no es lo mismo que integrista--, la cual se daba entre la militancia de la izquierda, desapareció hasta extinguirse prácticamente en su totalidad a lo largo del tiempo que duró la estratificación del pragmatismo político que habría de consumar la reforma del franquismo ortodoxo.
DESPUESde lo ocurrido en este país con la izquierda, durante los treinta años siguientes a 1976, políticos como Horacio Fernández Inguanzo dejaron de ser considerados como la referencia inevitable de la moral de la izquierda. Unos, porque han desaparecido de esta vida para siempre; otros, porque acaban siendo arrollados --y anulados-- por la torrencialidad de ese pragmatismo que impide a toda costa la sedimentación del poso personal que constituye la esencialidad de la conducta ética en la praxis de la política de izquierda.
Horacio era mucho más que un comunista cabal, honesto en su conducta personal, disciplinado y convencido de su responsabilidad social. Fue, sobre todo, un militante de izquierda plenamente consciente de que su compromiso le exigía estar al lado de la clase obrera. Desde la distancia que determinan estos diez años de su ausencia, se puede decir que Horacio fue un místico del marxismo en Asturias. Como tal, un revolucionario en el sentido más puro del significado de este término. Sabía que su misión política consistía en debatir, con los otros, sus creencias y sus convicciones en el terreno de las ideas, antes que utilizar a éstas para disputarse hegemonías personales o partidistas dentro de un mismo sistema político.
La izquierda asturiana --o lo que queda de ella-- ha perdido un referente esencial para su propia existencia. Pero lo malo no es sólo que se haya quedado sin esa referencia ética, sino que, además, da muestras de no interesarle en absoluto disponer de otro referente semejante, que le permita justificar la necesidad que tiene esa sociedad de poder contar con esos ideales utópicos, más que con los políticos pragmáticos que, por lo general, van a lo suyo a costa de ignorar lo que también les pertenece a los demás. Al parecer, esa izquierda que transmiten los idealistas es, para una sociedad tan práctica como la española, un estorbo; porque condiciona severamente el utilitarismo práctico que se le quiere adjudicar al ideario democrático.
AL AMPAROde rebufo de la transición se ha conseguido solapar los intereses individuales --y de grupo-- bajo las ideas colectivas de la democracia. Este peculiar pragmatismo político, una vez instalado en los anaqueles del poder, ha conseguido eliminar al idealismo utópico.
Aquellos arquetipos de la izquierda española --como era el que representaba Horacio --han sido sustituidos por otros modelos mucho más prácticos: los arquetipos que proporciona la élite burguesa, que nunca se cansa de exigir los beneficios de su monopolio sobre los valores democráticos... Sin importarle lo más mínimo que tales valores sean prioridad de la colectividad social, pero no únicamente de los grupos dominantes.
Si es verdad --yo así lo creo-- que lo que los hombres piensan nace de la misma sociedad que ellos han organizado (Robert Havemann), no será difícil entender por qué la actual izquierda española se encuentra tan a gusto en el limbo.
Lorenzo Cordero. Periodista.

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