El nivel tampoco es muy alto, para qué vamos a engañarnos. Ahí tienen ustedes a Joan Tardá (ERC) apagándole el farol a Rodríguez Zapatero. Que lo de anunciar un Estatut para toda la vida le recuerda a Hitler anunciando un Tercer Reich para mil años. Toma castaña.
Tan chocante como la conversación del domingo entre el presidente del Gobierno y el cónsul de ERC en Madrid. Zapatero, encantado por la "alegría" de los manifestantes independentistas del día anterior en Barcelona. Y Puigcercós, reconcomido por los celos porque, con la excusa de resolver su ‘problema añadido’, "los vascos van a cobrar por segunda vez".
La pinza aprieta, pero no ahoga, de momento, la garganta del presidente: el Estatut y ETA, el encaje catalán en la España de las Autonomías y la pacificación de Euskadi, el debate territorial y el terrorismo, como ustedes prefieran. Todos pinzados entre el comunicado de ETA del sábado pasado (jarro de agua fría) y la marcha de las víctimas del sábado próximo en contra de la negociación.
Entre medias, la imposible sintonía PSOE-PP en vísperas de la reaparición de Aznar, el horizonte penal de Henri Parot (legalidad y sentido común anudados en el Tribunal Supremo), la carta valiente de Rosa Díez al presidente del Gobierno ("memoria", "dignidad", "justicia") y una encuesta del Instituto Opina en la que se refleja una mayoría del 77 % de ciudadanos partidarios de iniciar un proceso de paz, si ETA anuncia el abandono de las armas, aunque sin pagar precios.
¿Negociar sin pagar -conceder- nada? Absurdo. ¿Y a qué llamamos, entonces, proceso de paz? Nadie lo sabe exactamente. ¿Pagar porque te quiten el cuchillo del cuello? Eso tiene un nombre. En este punto servidor siempre recuerda una vieja frase de Iñaki Anasagasti sobre una ‘eventual’ desaparición de ETA relacionada con una ‘eventual’ negociación del ideario nacionalista: "Si ETA desaparece, ya no hay nada que negociar". Obvio. Sin embargo, el Gobierno mantiene intactas sus expectativas sobre un hipotético "proceso de paz".
Y mientras tanto, en la trastienda se sigue hablando del "movimiento Ikea" -Rubalcaba dixit sobre el trajín de mesas de negociación-, pero en Moncloa no pasa nada. Zapatero, ni frío ni calor, "como el tiempo en Canarias" -dice uno de sus amigos-, opina que lo del fin de semana, el comunicado de ETA, es un simple incidente del recorrido, que será "largo, con altibajos y no sometido a un horizonte temporal".
El debate sigue muy animado. Innecesario, estúpido, retórico, superfluo debate, mientras no se anuncie un creíble adiós a las armas. Los nacionalistas apuestan por una paz "sin vencedores ni vencidos". ¿Olvidar tanta sangre, tanta miseria moral? No, gracias. Y los no nacionalistas siguen a la greña. El PP aboga por la derrota incondicional de ETA y el Gobierno apela al "final dialogado" de la violencia en los términos del mandato parlamentario que hace al caso.
Lo último, la controversia sobre si habrá vencidos. Tiene que haberlos. Por imperativo moral (la mirada de las víctimas) y por imperativo legal (reglas del juego en democracia).

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