Lo del ministro italiano exhibiendo ante la televisión su camiseta con las famosas caricaturas de Mahoma no tiene perdón. Su dimisión sabe a poco. ¿Qué pretendía? ¿Hacer un alegato a favor de la libertad de expresión? Pues resultó todo lo contrario. Ridiculizó, frivolizó y manipuló una libertad por la que nuestro mundo ha luchado mucho y en cuya defensa han sido muchas las víctimas que han quedado en el camino.
Viendo las imágenes de la intervención del ex ministro, podría apuntarse la idea de que lo que pretendía era hacerse ¡el gracioso! De ser cierto -y me lo creo- todo ello aún sería más grave. Un político habría creído que lo suyo es hacer reír, divertir a la gente, como si de un humorista profesional se tratase. Y esta confusión es realmente muy grave: cada uno tiene su función, pero en la de un ministro no está la de hacerse el gracioso. Cuantos menos chistes, mejor.
A menudo, el debate político se limita a la defenestración del adversario. Del combate de ideas y programas, se pasa al insulto y a la descalificación. Lógicamente, lo que se corresponde a este estilo es frivolizar sobre las ideas, los derechos y las libertades. Seguro que al gracioso ex ministro le resultaría más difícil teorizar sobre los límites de la libertad de expresión o sobre la compleja y difícil convivencia entre civilizaciones. ¡Era más fácil exhibir una camiseta que razonar!
¡Que la escena no caiga en el olvido! ¡Que sirva de ejemplo para elevar allí donde sea el nivel del debate político! ¡Que no se confunda la caricatura con la realidad! Existen, para la política, unos límites que la caricatura puede, quizás, olvidar. Pero los políticos deben ser ejemplo de cómo las libertades deben vivirse y respetarse en nuestra sociedad. La convivencia también requiere de referentes sólidos; los políticos deben serlo.
Ha pasado en Italia, pero quizás podríamos imaginar otros escenarios más próximos. Y, en vez de camisetas, frases hirientes y ofensivas que luego se justifican como un ¡ejercicio divertido de sana crítica! Ni divertida ni sana; todo lo contrario. Las palabras y las imágenes perduran, causan heridas profundas que tardan mucho en cicatrizar. Esto se sabe, pero como si no. Se confunde el ingenio con el insulto y encima se pretende que todo esto lo ampare la libertad de expresión, que, además, apela siempre al sentido del humor del ofendido, al servicio de no se sabe exactamente qué.
¡Graciosos, por favor, abstenerse!

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