LA opa que Mittal lanza sobre Arcelor es un movimiento normal en el capitalismo global en el que vivimos, en el que la misma globalización exige grandes conglomerados que puedan subsistir en esa escala. Porque de eso se trata, de grandes conglomerados, que en la siderurgia todavía son pequeños en relación con otras ramas de producción. En efecto, en el aluminio hay tres conglomerados que controlan esta rama industrial a escala mundial. En los neumáticos, no más de cinco, pero con dos muy claramente dominantes. En el automóvil hay siete grandes, pero con las dificultades que atraviesan Ford, General Motors y Fiat lo probable es que asistamos a nuevas concentraciones, y así sucesivamente. Eso significa que estamos en una fase de oligopolización (dominio de unos pocos) de la economía mundial que elimina la competencia y que obliga a repensar las relaciones que los estados y los organismos internacionales tienen con tales corporaciones, dado que su tamaño supera al de muchos países.

En estas circunstancias, la opa puede tener desenlaces diversos. Puede fracasar si la oposición de los gobiernos es tan contundente que obligue a retirarse a Mittal. Ejemplos hay y, sin ir más lejos, el Gobierno francés hizo retroceder la pretensión de Pepsi Cola (la empresa alimentaria más eficaz del mundo) de comprar Danone. Pero, por otra parte está el Gobierno indio haciendo una política muy beligerante en defensa de la opa, lo que equilibra las cosas, además de que el Gobierno francés parece más tibio ahora que en los primeros momentos.

En segundo lugar, hay que tener en cuenta la posición de la Unión Europea, que no se puede adelantar todavía. En tercer lugar se encuentran los accionistas. No es lo mismo pagar en dinero contante y sonante que endeudar la compañía comprada para pagar, lo cual sería bastante peligroso, porque probablemente obligaría a reestructuraciones dolorosas y a la venta de partes de la compañía para hacer caja. No obstante, si el precio es interesante nadie va a poder frenar el interés de los accionistas por conseguir unas plusvalías sustanciosas.

Asturias, cualquiera que sea el resultado, tiene fuerzas y debilidades. Las fuerzas son, en primer lugar, que se trata de instalaciones conectadas a un puerto mineralero y que, por eso, tienen muchas más posibilidades de futuro que las instalaciones que están tierra adentro, pues si al encarecimiento de los fletes añadimos transportes adicionales los costes serían insoportables. Además la acería de Tabaza es la más moderna de Europa y los trenes acabadores están perfectamente en línea de competencia.

La debilidad es la factoría de Gijón, en la que se producen los productos largos, que son menos rentables. La política con estos trenes acabadores ha sido el cierre primero del tren BK, en el que hubo más ruido, y la más silenciosa parada, hace cuatro años, aproximadamente, del tren de perfiles, de la que nadie habló ni habla, ni sindicatos ni Principado ni ayuntamientos. Este tren fue remodelado en la reestructuración de 1984, con un error que luego se corrigió. Su parada solamente puede explicarse por beneficiar a los trenes de Aristrain, que tiene dos consejeros en Arcelor. Hace ya tiempo que se habla del interés de compradores privados, pero eso tampoco interesaría porque entonces los trenes de Gijón funcionarían al cien por cien. Por otra parte, el tren de alambrón tiene el mercado del neumático y el tren de chapa ha de tener en un futuro próximo un incremento de posibilidades, sobre todo a partir de la chapa naval, ya que la flota mundial ha de renovarse porque está muy envejecida.

Así las cosas, la opa es el resultado de las reglas de juego que todo el mundo parece aceptar. A un mercado global cada vez se responde más con corporaciones globales que se derivan de furiosos procesos de concentración y centralización del capital, mediante opas hostiles o amistosas, pero que tienen la consecuencia de ir incrementando cuotas de mercado y restringiendo la competencia, porque los oligopolios siempre han tenido comportamientos colusivos y estratégicos, que son tanto más posibles cuanto menor sea el número de empresas y mayor su tamaño. En ese sentido, es evidente que la opa tiende a generar un poder cada vez más difícil de controlar por los poderes públicos, lo cual tiene consecuencias problemáticas a largo plazo.

En última instancia, además, hay que tener en cuenta que las culturas de las dos empresas parecen claramente diferentes, como lo demuestra esa frase del hijo de Mittal y heredero de la empresa india que dice más o menos que «a nosotros nos va mejor en las dictaduras que en las democracias». Puede ser una declaración de intenciones que, obviamente, a los sindicatos les producirá escalofríos. Por lo demás, el futuro de la siderurgia asturiana, como hemos visto, se jugó mucho antes y nuestras debilidades proceden de aquella jugada.

JOSÉ MANUEL AGÜERA SIRGO/CATEDRÁTICO DE ECONOMÍA APLICADA Y HUMBERTO VALLINA MIRANDA PERITO INDUSTRIAL