Viví mis primeros catorce años al otro lado de la ría, en el barrio de San Sebastián. Quienes vivíamos allí, en las Huelgas o Valliniello no éramos, en ese momento, conscientes de vivir en un paraíso natural, de prados, árboles y un pequeño río de aguas transparentes, donde lavaban las mujeres todo el año, hiciese frío o calor, y que iba a desembocar en la ría. Eran núcleos pequeños de población, que tenían las ventajas e inconvenientes de una gran familia.

En verano, por semana, nos acercábamos a bañarnos a la ría y, los sábados y domingos caminábamos toda la familia, como tantas otras, varios kilómetros a pie para ir a la playa de San Balandrán, donde todos los chavales y chavalas del otro lado de la ría, y casi todos del lado de «acá» aprendimos a nadar. En aquel tiempo no había ninguna contaminación en el aire y muy poca en la ría y en la playa.

Aquel paisaje comenzó a desvanecerse y enormes tubos empezaron a vomitar tierra fangosa que sepultó nuestro paraíso, con sus prados, ríos y casas, que desaparecieron para convertirse en la base de la empresa que en aquel momento se llamó Ensidesa.

Muchos perdieron su hogar y su forma de vida, pues la compensación por las expropiaciones eran raquíticas y una imposición, y quien litigó murió sin cobrar su parte.

Nadie niega que la llegada de Ensidesa supuso riqueza y empleo para Avilés y para Asturias, y muchas personas de otras comunidades autónomas encontraron aquí una mejor forma de vivir, pero en aquel momento no supimos valorar la enorme pérdida del aire puro, de los espacios abiertos y su preciosa ría que suponían para la llamada «Atenas» del norte aquellos cambios. Sólo en los años siguientes fuimos aprendiendo que éramos la ciudad más contaminada de España y que nuestra ría se había convertido en una cloaca.

En julio de 1983, Hugh Fish, jefe ejecutivo del Thames Water, autoridad responsable de todos los aspectos relativos al agua en la cuenca del río Támesis y que tuvo una especial responsabilidad en la recuperación del río londinense, visitó Avilés, con motivo de la celebración de unas Jornadas técnicas sobre el saneamiento de la ría, y ya nos dijo que costaría una enorme cantidad de dinero realizar una actuación parecida en el estuario avilesino, aunque nunca volvería a su estado inicial.

En estos últimos años, los avilesinos vimos, sin ningún envidioso localismo, las inversiones millonarias que en museos, centros culturales o edificios históricos se iban haciendo en Oviedo o Gijón. Frente a polémicas estériles, defendimos un proyecto singular para nuestra villa, porque nos parecía de justicia; ahora, somos muchos los que creemos que la propuesta de llevar el Museo de los Premios Príncipe para Avilés estaría acorde con las aspiraciones de la ciudad, que vería cómo ¡por fin! el otro lado de la ría recupera una parte de su antigua vida perdida entre hierros y contaminación.

Nada nos gustaría más a quienes vivimos al otro lado que volver a pasar por un remozado puente de San Sebastián y disfrutar de un proyecto que se presenta singularmente hermoso, hecho por un arquitecto de reconocido prestigio internacional. Estoy segura de que muchos avilesinos considerarían que se empezaba a compensar algo de lo que perdimos hace 50 años y seguro que muchos exclamarán, como yo cuando me enteré, ¡Ya era hora!

Laura González es consejera de Vivienda y Bienestar Social.