Después de nueve años de educación universitaria anglosajona y créanme que no soy ninguna fan del Reino Unido, una cosa que sí admiro de su sistema educativo es la idea de que se debe enseñar a los alumnos a pensar y no a recitar. Learn by doing. En el Reino Unido teníamos como mucho una hora de clase magistral a la semana. El resto eran clases de debate (Discuss) Al principio nos costaba, pero creo que era un ejercicio muy positivo. Casi siempre teníamos que preparar nosotros mismos una presentación de los temas (cada alumno un tema) que exponía delante de los demás y luego se abría un debate. El profesor adoptaba un papel de moderador.
Estos mismos principios son sobre los que se fundamentan los cambios básicos propuestos en el proceso de Bolonia, que defiende que los alumnos deberían prepararse por su cuenta las lecturas de la semana y llegar a clase para discutirlas.
La clase magistral nos ayuda a dar una lección bien construida y bien presentada, pero el estudiante necesita además aprender a investigar y construir ideas por su cuenta, a trabajar en equipo, a resolver problemas reales y a buscar estrategias de actuación. Otro de los problemas habituales de la docencia en la universidad es conseguir la participación activa de los grandes grupos de alumnos. Una forma de resolverlo es dividiendo a los alumnos en subgrupos que preparen cada uno por su cuenta la exposición de sus puntos de vista liderados por un portavoz que hablará en nombre del subgrupo. Así se dinamizan las clases y los alumnos se involucran más.
El Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) es un proyecto cuya finalidad es lograr una convergencia en la enseñanza superior al tiempo que se esfuerza ésta a partir de la experiencia común y la movilidad entre los países (el EEES es conocido como proceso de Bolonia). Este proyecto está secundado por 40 estados europeos, los cuales se han ido adhiriendo en las sucesivas reuniones de trabajo y seguimiento: Sorbona (1998), Bolonia (1999), Praga (2001) y Berlín (2003).
Las implicaciones más importantes para los alumnos serían, en primer lugar, que podrían cursar sus titulaciones casi en cualquier parte de Europa; incluso se puede llegar al caso de EE.UU.: las universidades compiten por atraer a los mejores alumnos. En segundo lugar, la homologación y reconocimiento de estudios sería prácticamente automática en toda Europa permitiendo el acceso a puestos de trabajo públicos y privados de otros países.
La motivación de base de los países para buscar todos estos beneficios es evidente y a ella también me adhiero personalmente: si se pretende que en la UE exista un mercado laboral único, es de sentido común que el sistema formativo superior, el que forma a los profesionales más cualificados, también lo sea.
Al implementar las reformas del proceso de Bolonia, se aprecian algunos problemas que deben afrontarse. Por ejemplo, si se introduce la idea de la educación en dos ciclos, se deben también homogeneizar las calificaciones y los términos de cada uno de los ciclos, entre otras cosas para evitar problemas de movilidad entre universidades y conseguir que las convalidaciones sean eficaces y justas. Es evidente que todos los cambios que se introduzcan a raíz del proceso de Bolonia deben ser monitorizados y revisados continuamente.
C. GÜELL, doctora en Historia Internacional, LSE; profesora de Políticas Públicas, UPF

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