Uno de los rompecabezas de nuestra época es el siguiente: ¿por qué la economía se ha vuelto cada vez más estable, mientras las industrias individuales se han tornado cada vez más inestables? La continua agitación en General Motors y Ford refleja simplemente esta inestabilidad industrial más omnipresente -se la observa también en las líneas aéreas, las telecomunicaciones, la industria farmacéutica y los medios masivos, entre otras-. Casi todas las semanas hay despidos en alguna empresa importante, que está «reduciendo su tamaño», «re-estructurándose» o «enviando trabajo al exterior».Y, sin embargo, es innegable que desde una perspectiva más amplia, la economía se ha vuelto más estable.
Desde 1982, hemos tenido sólo dos recesiones, que duraron, combinando ambas, un año y cuatro meses, con un pico de desempleo del 7,8% (en junio de 1992). En cambio, en los 13 años previos, tuvimos cuatro recesiones, que duraron en conjunto alrededor de cuatro años y tuvieron una tasa del 10,8% de paro (en noviembre y diciembre de 1982).

Toda una serie de economistas están ahora realizando estudios sobre estas cuestiones. Una interesante teoría -completamente contraria a lo que dicta la intuición- es que la estabilidad general más amplia surge, en parte, de la creciente inestabilidad de las industrias individuales. Uno esperaría, por supuesto, lo opuesto: a medida que las industrias individuales se volvieran menos estables, la economía también haría lo mismo.

Pero la realidad quizás sea más compleja. Las diferentes industrias podrían pasar por ciclos en diversos momentos, sostienen los economistas Diego Comin y Thomas Philippon, de New York University.Todas ellas no ascienden y caen de forma simultánea. Para simplificar un poco: la vivienda, los automóviles y la industria agroalimentaria podrían estar pasando una época fuerte, mientras las computadoras, las líneas aéreas y la industria química, una débil.

Si esta teoría está en lo cierto -lo que parece ser una buena apuesta- nos ayuda a explicar el acertijo de por qué hay tanta ansiedad en medio de tanta prosperidad. Mientras los norteamericanos acumulan BlackBerrys y televisores de pantalla plana, es difícil negar su riqueza. Pero la gente también espera de sus patronos una sensación de confianza en el futuro -y aquí las dudas se han multiplicado, porque hay un número mayor de empresas e industrias que parecen estar bajo el ataque de fuerzas amenazadoras.

Todos podemos identificar a los sospechosos acostumbrados. La globalización, la desregulación, la mayor competencia interna.En una serie de ensayos, Comin, Philippon y varios de sus colegas han demostrado que, para la mayoría de las empresas, las ventas, las ganancias y el empleo se han vuelto más volátiles en décadas recientes. Saltan más de año en año, lo que sugiere una mayor inestabilidad industrial. Las presiones competitivas se han intensificado enormemente. Una estadística elocuente: en 1980, una firma que se encontrara en el punto más alto de su industria, tenía una posibilidad entre 10 de perder esa posición en el lapso de cinco años; para 1998, las posibilidades habían aumentado a una de cada cuatro.

Al sentirse amenazados, los administradores corporativos han alterado las prácticas de pago y de empleo. En 1994, los economistas Peter Gottschalk, de Boston College, y Robert Moffitt, de Johns Hopkins University, mostraron que las mejoras salariales también comenzaron a saltar más en los años 80 (en la jerga técnica, había más variación en torno al promedio). Ahora, Comin y Erica Groshen, del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, y Bess Rabin, de Watson Wyatt Worldwide, han conectado estos incrementos salariales irregulares con las fluctuantes fortunas de las empresas.En los años buenos, las empresas agrandan la olla para jornales y salarios, dice Groshen; en los años malos, la olla crece menos o se reduce. Alrededor de cuatro quintas partes de las grandes empresas estadounidenses recurren a bonos, incentivos personales y opciones de acciones, informa Hewitt Associates.

El mismo tipo de preocupación por los costos lleva a más despidos, incluso entre trabajadores de carrera. En 1983, el 58% de los hombres entre 45 y 49 años había trabajado con su actual compañía durante 10 o más años, informa la Oficina de Trabajo y Estadísticas.En 2004, la cifra comparable era del 48%. No es de sorprender que tengamos una creciente inseguridad en el trabajo, a pesar de un promedio menor de desempleo.

No es accidental que muchas de estas tendencias se hayan iniciado, o fortalecido, en la década de los 80. De 1980 a 1983, la Reserva Federal abatió el IPC, que cayó del 12,5% al 3,8%. La inflación entorpece la competencia. Administradores descuidados pueden simplemente elevar los precios. Como la mayoría de las empresas incrementa los precios rápidamente, es más difícil para los clientes discriminar productos.

La inflación también pasa a dominar el ciclo comercial. Supera a otras influencias. Una vez que el IPC disminuyó, la competencia -basada en precios, tecnologías y productos nuevos- se intensificó.Como consecuencia, la diferencia entre sectores se volvió más pronunciada.

Así pues, volvemos al rompecabezas inicial: ¿Por qué tiene una economía de mayor estabilidad industrias de menor estabilidad? La respuesta es la competencia. Una economía intensamente competitiva aumenta la estabilidad general sujetando la inflación (que es, en sí misma, desestabilizante) y expandiendo trastornos en todo el ciclo comercial (en lugar de permitir que éstos se acumulen en bajones masivos periódicos).

Pero la solución de un problema crea otros nuevos, aunque menores.Excepto durante auges insostenibles, digamos, como a finales de la década de 1990, incluso las buenas épocas están salpicadas de inseguridad, decepciones, pérdida de empleos, promesas incumplidas y expectativas destrozadas. Lo que puede ser bueno para nosotros como sociedad puede, a su vez, perjudicar a muchos de nosotros como individuos. El eterno desafío es encontrar protecciones sociales necesarias para ayudar a los más vulnerables sin frustrar cambios deseables, aunque a veces dolorosos.

Robert Samuelson es analista de The Washington Post.