Contabilizar el número de participantes en una manifestación multitudinaria siempre ha sido una tarea delicada, comprometida y, desde luego, algo muy alejado de una ciencia exacta. Algunos de los que ejercemos de observadores, más o menos entusiastas, de este tipo de acontecimientos hace tiempo que, cuando queremos eludir el compromiso de utilizar las heterodoxas fórmulas de cálculo de nuestros compañeros más experimentados -aquello de cuatro personas por metro cuadrado a un ritmo normal de avance de la marcha-, nos limitamos a dar fe de las cifras que difunden los organizadores de las manifestaciones y las autoridades policiales encargadas de que la convocatoria no suponga un riesgo para la seguridad. En general, la media entre ambos guarismos suele ser lo que más se aproxima a la verdad, una conclusión evidente por mucho que la refrenden las enseñanzas de Sidharta. Pero no siempre se puede uno fiar de las medias. Las mareas humanas que protestan, reivindican o se solidarizan con una causa o un colectivo también son un excelente instrumento político y mediático. La manipulación de esas cifras es demasiado tentadora como para que todos los implicados la eviten. Las mejores condiciones para la manipulación se dan cuando hay un consenso general sobre la necesidad de que la movilización ciudadana alcance proporciones históricas. En Barcelona se han dado por buenas cifras de un millón de manifestantes en contadas ocasiones: la manifestación a favor del Estatut de 1979; las marchas de repulsa a los asesinatos de Miguel Angel Blanco y Ernest Lluch, y la protesta contra la participación española en la Guerra de Irak de 2003. En ninguno de los tres casos era cierta la cifra de un millón de personas, por mucho que todos la diéramos por buena. Izquierda y derecha, Gobierno y oposición, estaban de acuerdo en que la cifra mágica del millón de manifestantes debía figurar en los titulares del día siguiente para transmitir hasta qué punto la ciudadanía respaldaba sin fisuras los diferentes lemas de las manifestaciones.
Las movilizaciones contra la Guerra de Irak fueron ligeramente diferentes. Eran manifestaciones convocadas claramente contra el Gobierno de José María Aznar. En esa ocasión, sin embargo, fueron las propias imágenes de televisión y el desprecio por la inteligencia de la ciudadanía del Gobierno popular los que confirmaron que sí se había superado, de largo, el millón de manifestantes en Barcelona. Las tomas aéreas de las cámaras de TV en las que se veía una marea humana pasando durante horas por el recorrido de la marcha y desbordándose por las calles adyacentes era incontrovertible, aunque la delegación del Gobierno insistiera de forma patética en intentar convencer a quien fuera de que no habían participado más de 15.000 personas.
Pero, desde entonces, el PP ha aprendido mucho sobre manifestaciones.De descalificar al entonces jefe de la oposición, José Luís Rodríguez Zapatero, por hacer «política de pancarta» ha pasado a convertirse en uno de los más eficientes organizadores de manifestaciones que se recuerde. El PP de Mariano Rajoy ha convocado marchas contra las bodas homosexuales, contra la LOE, contra el Estatut -o contra Cataluña, según se mire-, poniendo el aparato del partido al servicio de las movilizaciones. En todos los casos las convocatorias han sido multitudinarias, aunque, el nivel de organización deslucía las marchas porque difícilmente se podían calificar de espontáneas.Ahora, Esquerra, ha tomado como modelo el sistema de organización de manifestaciones del PP. La marcha del sábado por el derecho a decidir, nominalmente fue convocada por varios centenares de organizaciones cívicas y reivindicaba su independencia política.Fue un éxito: 125.000 personas según la Guardia Urbana y 700.000 según los organizadores. Pero, al igual que las manifestaciones del PP, la del sábado dista mucho de ser una movilización espontánea.Preparada con más de un mes de antelación, con un presupuesto considerable para fletar autobuses gratuitos desde todos los puntos de Cataluña y para invertir en anuncios publicitarios en prensa, radio y televisión, la marcha contó incluso con la complicidad del Barça, que retrasó su partido contra el Betis a las 22 horas para no interferir. Esquerra ha aprovechado la indignación de los catalanes por los sistemáticos ataques de la derecha española a Cataluña para organizar una marcha que, según los republicanos -que, una vez más coinciden con el PP- era una manifestación en contra del acuerdo entre Zapatero y Artur Mas sobre el nuevo Estatut. La mayoría de los manifestantes, sin embargo, respondían a las mentiras del PP, a las recogidas de firmas contra Cataluña y a la rancia defensa de la unidad de España que proclaman los populares todos los días.
Una persona muy próxima al PP, sin embargo, podría haber participado en la manifestación del sábado sin ruborizarse. Se trata del presidente de Fomento del Trabajo Nacional, Juan Rosell, que la semana pasada atribuyó su rotundo fracaso en el intento por desposeer a José María Cuevas de la presidencia de la CEOE al clima anticatalán que se respira en España. Rosell, que hace unos meses se comía el mundo y aseguraba que tenía el apoyo de amplios sectores del empresariado español ha vuelto a Barcelona con el rabo entre las piernas después de haber perdido la vicepresidencia de la patronal española que ostentaba desde hace años. Es evidente que existe un clima anticatalán en España. Ese ha sido el principal catalizador de la manifestación, diga lo que diga Esquerra. Un clima que, además, servirá como coartada a los incompetentes para justificar sus fracasos.

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