La ley del silencio se ha impuesto en los cuarteles. Tras la destitución del teniente general Mena, la tímida pero progresiva apertura que se vivía entre los jefes militares se ha frenado de golpe.Una sensación de frustración generalizada inunda las salas de banderas. «Hemos sido utilizados por los políticos», sentencia un alto mando del Ejército.
Un jefe militar en activo me comentaba hace unos días su sentimiento de rabia al leer el editorial del New York Times en el que se calificaba de «trogloditas» a los militares españoles. No fue el único periódico extranjero que, echando mano de los tópicos, comparó a Mena con los golpistas del 23-F.

Quien hable de golpismo hoy en las Fuerzas Armadas desconoce absolutamente cómo son y cómo piensan nuestros militares.

Un general en la reserva me confiesa: «Purgamos duramente nuestras culpas por el 23-F. Pagamos incluso justos por pecadores, porque, ya entonces, sólo una parte de los militares estaba de acuerdo con el golpe».

¿Quedan rescoldos de golpismo en las Fuerzas Armadas cuando van a cumplirse 25 años del 23-F?

La idea de un «golpe de timón», expresión utilizada por Josep Tarradellas el día del Corpus de 1979, se había extendido como una mancha de aceite entre la clase política. La debilidad del Gobierno de Suárez, la crisis económica, la brutal ofensiva terrorista, la agitación social... Los militares no eran ajenos a esa agobiante inestabilidad y algunos mostraban indisimuladamente sus ansias de «dar un paso al frente».

Casi con toda seguridad, Suárez, consciente de esos movimientos y acosado por las familias de la UCD, presentó su dimisión a finales de enero de 1981 como un gesto destinado a detener las intentonas de «golpe de timón» o, como se le llamó también, «golpe constitucional», que flotaban en el ambiente. Sin embargo, la marcha de Suárez, considerado como un «traidor» por la extrema derecha y por una parte importante de la cúpula militar, no frenó ni mucho menos los planes para forzar un gobierno de coalición.

Alfonso Armada, enemigo declarado de Suárez y hombre cercano al Rey, era el catalizador de todo ese movimiento y supo utilizar con suma habilidad la cadena de sobreentendidos que daban al proyecto una dudosa cobertura institucional.

El 23-F, la mayoría de los capitanes generales estaba al tanto de que ese día se iba a producir el «golpe de timón». Según cuenta el hombre de confianza de uno de esos capitanes generales, al mando de una importante región militar, «la idea era que Armada propondría un gobierno de coalición en el Congreso, que sería posteriormente aprobado por la mayoría de la Cámara y que después sería refrendado por Su Majestad. En ningún caso se trataba de propiciar un cambio violento».

Cuando ese capitán general escuchó en la radio la entrada del teniente coronel Tejero en el Hemiciclo y comenzaron los disparos, le dijo a su ayudante: «Esto no es lo que se ha hablado». Y, de hecho, hizo caso omiso de las órdenes cifradas que llegaron del JEME, José Gabeiras, que implicaban, entre otras cosas, el acuartelamiento inmediato de tropas.

Más de un alto mando coincide en el análisis de que fue la imagen de Tejero pistola en mano la que abortó el golpe. «Ni la sociedad española, ni el contexto internacional, ni siquiera la mayoría de los jefes y oficiales estaba por una solución golpista clásica.El 23-F se planificó como golpe palaciego, no como una bufonada sangrienta», dice un general retirado.

Entonces, ¿cómo es posible que una maniobra, a todas luces ilegal e ilegítima, pero planificada por militares de alta cualificación y, sin duda, con el conocimiento de ciertos políticos, tuviera como elemento desencadenante a un personaje como Tejero? El teniente coronel era bien conocido por ser una especie de héroe entre los guardias civiles del País Vasco. También se sabía de sus ideas ultras y sus simpatías hacia el régimen de Franco. Es como si para la presentación de la gala de los Goya, la Academia hubiese recurrido a los oficios de El Risitas.

Armada y Tejero eran tan incompatibles como el agua y el aceite.Y, por eso, cuando el general impecablemente uniformado se acercó al edificio del Congreso en la madrugada del 24-F para ofrecer su solución, el teniente coronel se negó a dejarle entrar aduciendo que no era eso para lo que a él se le había reclutado.

Aunque Tejero y Milans del Bosch habían mantenido conversaciones previas y fue a él a quien llamó para quejarse de la propuesta que traía en su mano quien todos identificaban ya como el elefante blanco, el verdadero introductor del teniente coronel de la Guardia Civil en la trama del golpe fue José Luis Cortina.

En efecto, el comandante Cortina, jefe de la Agrupación Operativa de Misiones Especiales (AOME) del Cesid, no sólo le proporcionó a Tejero medios para la toma del Congreso, sino quien le reveló el dato clave, la fecha del golpe.

A partir de ahí, las teorías son diversas. Pero me voy a centrar en una de ellas, tal vez la más aventurada y, por tanto, la menos conocida de todas.

Que el papel del Cesid es fundamental en el 23-F es algo que pocos ponen en duda (imprescindibles los libros de José Oneto y Francisco Medina). Cortina no podía ser tan chapucero como para no pensar en algo tan obvio como que el Pleno del Congreso que iba a celebrarse ese día sería retransmitido en directo por radio y grabado en televisión. En una operación pilotada por los servicios secretos, lo primero que debían haber hecho los asaltantes era cortar todo tipo de comunicaciones con el exterior.De ser así, el golpe del 23-F se hubiera quedado sin imágenes y sin voz.

Sin embargo, toda España y todo el mundo pudo ver a Tejero subido a la tribuna de oradores, pistola en mano, gritando: «Quieto todo el mundo. Al suelo».

Mientras el teniente general Gutiérrez Mellado, absolutamente ignorante de los planes de los golpistas, se levantaba de su escaño y se dirigía hacia Tejero, en un acto de valentía, Suárez, tras intentar sujetarle, permaneció impertérrito en su escaño.

Según esa teoría, el papel del Cesid fue justamente el de «dinamitador» del golpe desde dentro. Es decir, el de forzar su fracaso exhibiendo y dando rienda suelta a su personaje más chusco y violento.

¿Conocía Suárez las maniobras de Cortina? Al menos en teoría, el comandante y jefe de la AOME era un hombre suyo, alguien con quien despachaba regularmente. El triunfo del golpe hubiera supuesto la muerte política de Suárez y la desaparición de la UCD. El fracaso del golpe no evitó lo segundo, pero convirtió a Suárez en un mártir. De ser cierta, la maniobra habría sido una venganza perfecta contra Armada y los militares que siempre le odiaron.

Pero, volvamos a la realidad y al día de hoy. En el Ejército no queda ya nada del 23-F. La inmensa mayoría de los jefes y oficiales de las Fuerzas Armadas han vivido y hecho su carrera en plena democracia. Defienden la Constitución y son reconocidos profesionales que participan en cursos en el extranjero, misiones de paz, etcétera.

Mena se equivocó. La Constitución es algo más que un artículo y es al Gobierno y no a las Fuerzas Armadas a quien corresponde decidir cómo aplicarla. Eso es así. Pero también lo es que los militares sienten las mismas preocupaciones que los civiles.E implantar la ley del silencio, agitando el fantasma del golpismo, no parece ser la fórmula más adecuada para resolver los problemas.A no ser que sólo se quieran ocultar.

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es