La economía camina por un alambre y el funámbulo ya camina sin red y sin pértiga, de Carlos Sánchez en El Confidencial
Desconozco si a José Luis Rodríguez Zapatero le gusta el circo. Pero estoy convencido de que a su equipo económico le encanta. Sobre todo el funambulismo, el noble ejercicio circense que consiste en andar sobre una cuerda o un trozo de cable sin más ayuda que una larga pértiga que le sirve al artista para equilibrar su cuerpo sobre el alambre cada vez que lanza hacia delante uno de sus dos pies. Lo de noble está relacionado con el hecho de que se trata de uno de los ejercicios más difíciles del circo. El artista camina a 10 ó 15 metros de altura sin más ayuda que su pericia. No hay truco ni cartón. Ni siquiera red. Lo que es verdaderamente extraordinario en un mundo como el del circo, en el que todo parece más de lo que es. Aunque los buenos funámbulos suelen asustar al respetable amagando sobre su posible caída -con el consiguiente ¡uy! de los espectadores-, lo cierto es que si verdaderamente resbalan el desenlace puede ser fatal.
A la economía española le sucede algo parecido con el endeudamiento de las familias. Todo el mundo sabe que si se pincha la burbuja inmobiliaria, el resbalón puede acabar en tragedia. Pero al igual que le ocurre al funámbulo no hay autoridad económica capaz de detener su progresión. Si el artista se detiene en medio del alambre, puede caer por agotamiento, y si retrocede puede ser peor el remedio que la enfermedad. De ahí que lo que ha hecho este país desde hace ya muchos trimestres es seguir en una especie de fuga hacia adelante. Cueste lo que cueste.
Los ayuntamientos, por ejemplo, que son los principales culpables de la subida de la vivienda con sus enloquecidos planes de urbanismo, se han embarcado en tantos gastos que no tienen nada que ver con sus funciones originales que si se frena el negocio del ladrillo, su ruina está asegurada. El otro día Alberto Ruiz-Gallardón decía algo curioso. Prometió a los dueños del Atlético de Madrid que la venta del Vicente Calderón recibiría el mismo tratamiento que la enajenación de la Ciudad Deportiva del Real Madrid. Y se quedó tan ancho. O sea que las plusvalías de la recalificación de unos terrenos deportivos van a una empresa privada y aquí no pasa nada. Al menos el Madrid todavía no es una sociedad anónima, lo que hace que el crecimiento de su masa patrimonial quede en manos de los socios.
Lo mismo le sucede a las comunidades autónomas. Los gobiernos regionales son cada vez más dependientes de los ingresos procedentes de la construcción y de la actividad inmobiliaria, lo que les anima a seguir autorizando planes de urbanismo a todas luces insostenibles. Y no digamos nada el Estado, cuyos recursos están cada vez más vinculados al ladrillo, ya sea mediante las cotizaciones sociales que pagan los trabajadores de la construcción o a través de los ingresos por IVA. Y hay que tener en cuenta que cada año se construyen más de 750.000 viviendas. Es decir, hay demasiados agentes económicos -incluyendo a muchas familias- que están vivamente interesados en que la fiesta continúe.
Cualquier gobernante en su sano juicio sabe que la purga de Benito -el ungüento que habida cuenta de su contundencia hacía efecto incluso antes de ser consumido- es lo peor que se puede recomendar en estos momentos. Por eso, el santo y seña de la estrategia económica del Gobierno sea seguir avanzado hacia no se sabe dónde.
Pero con todo, lo peor es que no hay alternativas. Como me decía recientemente un alto cargo del Banco de España, se ha llegado a una situación en la que el globo no puede pincharse porque no hay otro al que subirse. Si alguien intenta que el aparato pise tierra para ser reparado, es muy probable que nunca más pueda volver a los cielos, lo que explica que sea mejor no tocarlo. Máxime cuando hasta el propio banco central ha admitido en sus estudios que nos encontramos ante una situación verdaderamente nueva, sin antecedentes, desde el punto de vista macroeconómico.
La economía española siempre ha convivido con tipos de interés altos. A mediados de los años 90 cayeron en picado, pero todavía no sabemos qué puede suceder si suben de forma abrupta. Algunos datos ilustran mejor que nada la naturaleza del problema. Si en 1997 el endeudamiento de las familias respecto a su renta bruta disponible era del 52%, en 2005 se habrá superado el 105%. Puede parecer mucho, pero todavía hay recorrido al alza, entre otras cosas debido a que el patrimonio inmobiliario representa el 600% de la renta disponible. Eso sí, con ahorro cero.
Nos podemos encontrar con una situación paradójica. Ante una caída de las rentas derivada del alza de los tipos de interés, los agentes económicos van a encontrar la liquidez que les sirva mantener sus niveles de vida mediante la refinanciación de los préstamos, algo parecido a lo que sucede en EEUU. El fenómeno no sólo afecta a las familias, también a las empresas.
Y es que vivimos en un país en el que no hay alternativas a la construcción. La industria está por los suelos debido en gran parte a que opera en sectores maduros que ya generan escaso valor añadido. El sector exportador está ahogado por una inflación debocada que le ha hecho cada vez menos competitivo. Sólo estrechando márgenes comerciales ha podido sobrevivir. Y por si fuera poco, la presencia de España en los sectores de mayor valor añadido, vinculados a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, es hoy por hoy prácticamente marginal a nivel internacional. Muchas empresas españolas, de hecho, han optado por maquillar sus resultados por la vía más rápida: especulando con el suelo, ya que los procesos de inversión son costosos y sus resultados no están garantizados. Ahora que acaban de presentar sus resultados, las cajas de ahorros, que presumen de tanta obra social, podrían decir cuánto han ganado en 2005 a través del suelo y en general mediante el negocio inmobiliario. Todas estas razones explican que el funámbulo tenga que seguir caminando, siempre hacia adelante. ¿Hasta cuándo?
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