TOURIÑO y Quintana ya están plenamente de acuerdo en lo que tiene que hacer y decir Alberto Núñez para lograr un Estatuto de nación que sea aceptable para la Moncloa, que sea equiparable al de Cataluña, y que defina un sistema de financiación que, además de ser bilateral y reconocer las deudas históricas, financie con ventaja al que menos recursos aporta. Ahora sólo falta que se pongan de acuerdo en lo que deben hacer y decir ellos mismos para lograr idéntico fin. Y ya podemos empezar.

Si los partidos coaligados tuviesen una postura común, y si hubiesen calibrado las condiciones parlamentarias de su difícil negociación, constituirían una parte imprescindible del consenso estatutario, y obligarían al PP a explicitar sus posiciones. Pero si acude cada uno por su lado, luciendo palmito de nacionalistas por aquí, o de minoría menos minoría por allá, nadie podrá reprocharle a Núñez Feijoo que meta el ferrete entre sus desavenencias y que empiece a actuar como el único que es imprescindible entre los dos prescindibles.

En la cultura política del talante se ha generalizado la costumbre de, en vez de analizar la racionalidad de las propias maniobras, decirle al contrincante lo que tiene que hacer. Así lo hace Fernández de la Vega con Mariano Rajoy, y así lo quieren hacer Touriño y Quintana con Feijoo. Pero las reglas del juego se basan en que la oposición hace lo que mejor le parece y lo que más incomoda al poder, sin más límites que los impuestos por el cuerpo electoral. Y por eso me temo que, si el PSOE y el BNG se empeñan en dividir el Estatuto en tres batallas -la de redactar un buen texto, la de acorralar al PP, y la de echarse un pulso casero para ver cuál de los dos es más guapo- van a acabar encelados con el amor de Feijoo, y clavándose entre sí los rejones de la desfeita.

La idea de redactar un Estatuto muy bueno, bien financiado y a la gallega, se ha puesto casi imposible. Primero, porque la inmediatez del debate catalán está imponiendo fórmulas que ya no son discutibles para los inquilinos de Raxoi. Segundo, porque la confrontación nacional entre el PP y el PSOE sujeta a Touriño y a Feijoo a pautas inalterables. Tercero, porque aquí son mayoría los que allá son minoría. Y cuarto, porque la idea de imitar el modelo de financiación de Cataluña, para imponer la filosofía exactamente opuesta, resulta un puro desiderátum.

Por eso le recuerdo a Touriño y a Quintana que «del enemigo, el consejo», y que si quieren salir con bien de este embrollo, es mejor que empiecen por ponerse de acuerdo antes de dialogar con el PP. Porque, si no lo hacen, no van a ganar para rejones que clavarse, ni para ramos de flores que enviarle a Núñez Feijoo.