La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

20 Febrero 2006

Casar Universidad y trabajo, de Luis de Sebastián en El Periódico

España tiene un serio problema de productividad. Lo cual no quiere decir que aquí no se trabaje, sino que el valor de lo que se produce por cada hora trabajada no aumenta casi nada. Por eso el aporte de la productividad al crecimiento del producto nacional es muy pequeño e incluso negativo según los períodos.

Si todavía crecemos bastante (por comparación con otros países) se debe a que metemos más horas, no a que cada hora que metemos produzca más. De hecho, según datos de la OCDE, la productividad del trabajo en España ha disminuido (a una tasa de -0,29%) en la década de 1995 al 2004. Y la productividad total es menor que en casi todos los países de la OCDE, incluyendo a algunos como Irlanda, Finlandia o Grecia, que nos doblan o triplican en la tasa de crecimiento de la productividad. El caso de Irlanda, que hace 20 años estaba más o menos a nuestro nivel, nos debe dar que pensar.

El problema de la productividad se nota (entre otras cosas) en el déficit creciente de la balanza comercial (importamos más que exportamos) y en la balanza de cuenta corriente, que determina los flujos de pagos que entran o salen del país. En nuestro caso --un déficit cercano al 6% del PIB--, más bien salen. Este problema, que a la larga es insostenible, no tiene más solución que aumentar la competitividad de nuestros productos y crecer en productividad, es decir, incrementar el valor de lo producido en cada hora de trabajo.

Para ello la educación es esencial. No es el único factor que necesita reforma, pero la necesita mucho. Porque según todos los indicadores, en educación secundaria nos estamos quedando a la cola de los países ricos, y con peligro de ser atrapados por algunos de los llamados emergentes. Con bachilleres que apenas saben leer y escribir, expresarse correctamente y formular frases complejas con sentido, que huyen de las matemáticas y de las ciencias naturales, no vamos muy lejos. Mucho hay que trabajar para que las ambiciosas juventudes de los nuevos países emergentes de la globalización no nos lleven de calle.

EL CASO ES que en la universidad no estamos tan mal. El 35% de los jóvenes españoles entre 25 y 30 años están matriculados en la universidad, mientras que sólo el 18% de las personas entre 45 y 54 años son graduados universitarios (la diferencia está quizá en el número de mujeres en los dos grupos de edad). Tenemos una proporción de jóvenes en la universidad mayor que Alemania, Suiza, Holanda, Dinamarca, Reino Unido e Italia, e igual a la de los países más competitivos del mundo, como Australia, Irlanda, Finlandia, y Suecia. Lo cual quiere decir que algo falla en nuestra formación universitaria.

¿Por qué una masa tan considerable de estudiantes y graduados no afecta al crecimiento de la productividad? Probablemente es el exceso de teoría e irrelevancia de los cursos que se enseñan, y la falta de motivación para aprender (la motivación sólo da para aprobar los cursos) por parte de los estudiantes. Hay un desencuentro fundamental entre los que cultivan el saber por el saber, o por la presión de los colegas, y los que sólo buscan el empleo. La reforma de la universidad tiene que hacer que las intenciones y propósitos de las dos partes se encuentren.

La llamada reforma de Bolonia que se ha introducido en España trata de hacer la formación universitaria más relevante para la vida profesional, con los saberes que necesita la sociedad en un mundo en evolución constante. La reforma va a reducir a tres años el tiempo que los estudiantes pasan en la universidad, oyendo rollos y copiando apuntes, en una aptitud entre moderadamente receptiva y bastante pasiva, para luego cumplir los dos años requeridos para el título profesional de máster en trabajos que estimulen y exijan su creatividad e iniciativa, su capacidad de improvisar y de resolver problemas. Lo cual va a requerir también creatividad y renovación de los profesores, lo que exigirá que estén más en contacto con la realidad y las necesidades verdaderas de la sociedad.

UNA DE LAS ventajas del nuevo sistema será que los estudiantes empezarán a trabajar más jóvenes, como en los países más avanzados, y los que no quieran seguir el curso de máster podrán entrar en el mercado laboral para aprender oficios y tareas en puestos intermedios de los que tanto dependen las empresas, las administraciones y los hogares. El caso es que salgan pronto a trabajar, que sigan aprendiendo en la práctica, y si luego deciden continuar sus estudios sabrán mejor qué les gusta, por donde van sus inclinaciones y hasta donde llegan sus capacidades. Sobre todo conocerán mejor las oportunidades que existen en el mundo laboral.

No hay garantías de que la reforma sea un éxito (nunca las hay), pero parece encaminada a adaptarse a un ambiente laboral diferente al universo profesional español de hace medio siglo.

LUIS De Sebastián. Catedrático de Economía de ESADE.

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