Dice radio macuto que el presidente Zapatero, tan proclive a los golpes de efecto que luego quedan en estampidos gaseosos (el anuncio de una número dos para la lista por Madrid en 2004, o el más reciente de un “candidato imbatible” para el Ayuntamiento de Madrid), está pensando en repescar al archifamoso juez Garzón para las listas electorales del PSOE, con la intención de frenar la creciente popularidad de Grande-Marlaska, que la cosa va de jueces estrella, lo cual que el personal no da crédito, porque sería hacer bueno aquello de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. El trompicón de Felipe González fue memorable.
Lo que muy poca gente sabe es que también el PP quiso coquetear con el famoso juez campeador, un episodio anterior a las generales de 1993. Desde Génova intentaron llegar con él a un acuerdo para incorporarlo en las listas por Madrid. El intento correspondió a Paco Álvarez Cascos, entonces secretario general del partido, pero los compromisos adquiridos por Aznar para la lista madrileña hicieron imposible ofrecerle otra cosa que no fuera un quinto o un sexto puesto, casi una ofensa para don Balta, que, para alivio de los populares de Jaén, se negaba a comparecer por provincia alguna que no fuera Madrid.
Las ambiciones del juez estaban, sin embargo, puestas en la percha del PSOE. El Gobierno González necesitaba desesperadamente lavar su imagen de corrupto, para lo cual nada mejor que un juez ya instalado en el estrellato de la carrera judicial. Con él se iban a enterar los ciudadanos de que los socialistas no tenían nada que ocultar, decididos a llegar hasta el fondo con tal de proclamar su inocencia y, sobre todo, la de González. El marrón de la corrupción debía quedar aparcado en Interior (fondos reservados) y en el caso Filesa, que ya tenía culpables con nombres y apellidos. Se trataba, en suma, de recuperar la imagen del PSOE de cara a la campaña electoral de 1993.
Por su parte, los gurús del PP habían convencido a Aznar de que precisamente esa corrupción iba a acabar con el crédito electoral del PSOE, sirviendo en bandeja el Gobierno al PP. El optimismo en la cúpula de Génova les llevó a contraer compromisos con numerosas personas dispuestas a comparecer en sus listas y aceptar puestos de responsabilidad en un posterior Gobierno popular. La inesperada derrota, además de la consiguiente frustración, llevó a la derecha a iniciar una serie de contactos destinados a buscar alianzas hasta con el diablo si menester fuere, con tal de poner punto final a la era González.
A ello iba a contribuir decisivamente el fichaje de Garzón, un hombre clave en la historia política española de los noventa, como número dos del PSOE por Madrid. González, encantador como nadie, lo atrajo sin necesidad de ofrecerle nada concreto, aunque Campeador, muy consciente de su papel de quitamanchas llamado a dar brillo a la honestidad mancillada del socialismo, pensó que qué menos que Justicia o, en su defecto, Interior. Ministro, se entiende. Lo que nunca imaginó es que, como consecuencia de las presiones de la línea dura del PSOE, sería relegado al Comisionado del Plan contra la Droga.
Aquella batalla la ganaron los Corcuera, Barrionuevo, Vera y Belloch, porque Interior era el pozo negro que había que seguir tapando. El juez magnífico ni entendió ni perdonó el feo que para su orgullo supuso verse relegado a la simple condición de carguete. El tremendo desgaste que para su carrera judicial había supuesto el salto a la política devino en apuesta fallida. Decidido a no olvidar la afrenta, Garzón comenzó la guerra de la investigación judicial de los escándalos socialistas por su cuenta. Todas las alarmas se encendieron en las filas del PSOE.
Se puso entonces en marcha la noria de las filtraciones interesadas de información. Los cadáveres políticos que González había ido dejando en la cuneta tras casi 13 años de Gobierno y la persecución de lo ocurrido en las sentinas de Interior, fueron creando tal inseguridad en el PSOE que el proceso devino en una caza de brujas que condujo a la delación mutua, porque nadie se fiaba de nadie y todo quisque aspiraba a salvar su culo.
La documentación que se hacía desaparecer había sido ya fotocopiada y entregada a quienes la podían filtrar y hacer llegar a la opinión pública. “Esos papeles te los comes hoy mismo”, urgía Vera a alguno de sus subordinados en relación con los fondos reservados. Pero, en lugar de comérselos, el aludido se los guardaba, esperando con ello cubrir sus espaldas y salvar su responsabilidad.
Gran parte, si no toda, de esa documentación arribó a los muelles del PP en la calle Génova, gracias a la red de informadores y confidentes que habían ido tejiendo los populares, y a quienes, al menos en un primer momento, se exigía prueba documental de los mensajes que transmitían, para verificar la certeza de los mismos. Por lo general, esa documentación llegaba a la Secretaría General de Álvarez Cascos. Eran los tiempos del “váyase, señor González”.
El síndrome del miedo llegó a ser tan agudo que, algunas de las personas que filtraban esa información, suficientemente conocidas, llegaron a temer que en la calle Génova se hubieran instalado cámaras para identificar a los “delatores” del PSOE que llegaban a la sede del PP, por lo que, para evitar el riesgo de ser descubiertos, en muchos casos esa información se hacía llegar a través de familiares.
El destape de la corrupción felipista contó, pues, con muchos traidores dentro del PSOE y no menos deseos de ambición y de poder político. Muchos de los delatores fueron incorporados por el PP a partir del año 2006 en la estructura del partido, o premiados con altos cargos en las distintas administraciones, lo cual explica los muchos nombres de fieles socialistas que Aznar mantuvo y que luego terminaron, porque está en su condición de traidores, traicionando también al Gobierno Aznar.
¿De verdad piensa Zapatero recuperar al juez Garzón para las listas del PSOE? Por uno de esos misterios que anidan en el Imperio de don Jesús Polanco –puesto que don Baltasar es un ídolo de la casa desde que arruinó la carrera de Javier Gómez de Liaño- El País se encargó el pasado 10 de febrero (“La Conspiración de 1994”) de recordar al osado Presidente el decisivo y letal papel que nuestro juez Campeador jugó en la caída de Felipe González. Todo un aviso a navegantes.
jcacho@elconfidencial.com

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