Podemos convenir en que estamos, como dice Zapatero, en el «inicio del principio del fin» (en realidad, siempre estamos en el «inicio del principio del fin» de algo), pero el problema es si estamos ante el fin que conviene a una sociedad de ciudadanos libres e iguales en derechos, necesitados de una justicia recta, o si estamos ante otro fin.
Han cambiado muchas cosas en casi dos años, desde cuando ETA estaba acorralada preparando su bandera blanca y los independentistas de Esquerra tanteaban todavía tímida-mente al presidente del Gobierno. Hoy, ETA vuelve a estar crecida, alardea de sus atentados y exige al Estado que cambie él; la etarra Batasuna vuelve a protagonizar la vida política desde su ilegalidad y ante la inhibición del fiscal del Estado; asesinos terroristas en serie que nunca se han arrepentido ven entreabierta la puerta de la calle; la anexión de Navarra al País Vasco -una de las totalitarias exigencias de ETA- empieza a cosechar adhesiones en el campo socialista; las víctimas del terrorismo, imagen más dramática de la inmensa sociedad agredida por los nazis etarras, proclaman su desconsuelo y su abandono; el inconstitucional derecho de autodeterminación se erige como una posibilidad compensatoria.
En el otro foco de la tensión, ya se admiten inconstitucionalidades con rutina parlamentaria para agraciar a los nacionalistas catalanes; los socios independentistas de Zapatero protestan porque eso les parece poco (por cierto, con la colaboración del club de fútbol Barcelona que, presidido por un «patriota» -así se define él-, cambia la hora de su espectáculo para facilitar la campaña secesionista de los que desprecian a España); la marginación del castellano en escuelas y universidades de Cataluña se consagra con la complicidad de La Moncloa; caen favores políticos sobre instituciones y empresas afines; y al disidente del programa nacionalista se le descalifica con el fondo de una sonrisa seráfica y absorta, que es lo único que nunca cambia.
Si el fin está próximo, no es el que nos habían anunciado. Fijémonos en lo último tocante al terrorismo. Lo que la lógica impone es que los asesinos no se salgan con la suya, pero ellos no ceden, sino que se reafirman en la violencia y en su reto fascista al Estado; ¿y qué es lo que vemos que hace el Gobierno? Nada menos que esto: la vicepresidenta proclama que «no habrá vencedores ni vencidos». No se vislumbra el fin que la libertad, la paz y la razón demandan. Lo que se otea es que la ruta que sigue Zapatero conduce a un fin, sí, que parece catastrófico.

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