DE repente todo el mundo se ha puesto a hablar de vencedores y vencidos en torno al terrorismo, como si tratase de una guerra que está a punto de acabar. Pero ni es una guerra ni tiene final previsto, por muchos tanteos y guiños que estén cruzándose el Gobierno y los terroristas, y si lo llegase a tener sería bastante probable que no se pareciera en casi nada a lo que en este momento somos capaces de imaginar. De modo que euforias las justas, por favor, que aquí no se ha rendido nadie todavía y ni siquiera se ha dejado de oír el eco de las bombas por debajo de la alharaca propagandística del optimismo antropológico.

«Vencedores y vencidos» se llamaba cierta película que dirigió Stanley Kramer en 1961. Trata del juicio de Nuremberg, el implacable punto final al Holocausto, y hay en ella una escalofriante secuencia que muestra el testimonio ante el tribunal de un judío castrado por los nazis en su siniestra orgía de experimentos con cobayas humanas. Son diez minutitos de nada. Diez minutos en los que la mirada atormentada del gran Monty Clift dibuja con estremecedora emoción el paisaje devastado del dolor de las víctimas. Un rato de conmovedora congoja en la que el espectador recibe el más pesimista de los mensajes: que ni siquiera la justicia en su grado más estricto puede reparar el sufrimiento irremediable de quienes ya han padecido la degradación de su dignidad.

Conviene por tanto recordar que lo importante de estas horas presuntamente cruciales no es la posición de dominancia política de cada cual, sino el horizonte moral de una sociedad amenazada que lleva años afligida por una agresión unilateral y por una violencia desatada con la intención de someter al Estado al dicterio de la sinrazón. Que no estamos ante un debate sobre los impuestos o la educación, ni ante una confrontación electoral, sino ante las encrucijadas esenciales de la vida y de la muerte, de la justicia y la injusticia. Y que más allá de cualquier horizonte de conveniencia quedan las heridas causadas por el horror, las secuelas de una verdadera mutilación civil que ha amputado órganos esenciales para el funcionamiento de la convivencia colectiva.

Vayamos con tiento, pues. Tan legítimo es el deseo de paz como el anhelo de firmeza. Tan loable resulta la voluntad de acabar con la angustia como lícito el resentimiento ante la posibilidad de un premio para quienes la han causado. Tan cabal la disposición a ceder un poco para obtener mucho como razonable la aspiración de conservar el honor después de haber perdido la vida. Tan generoso perdonar como necesario merecer el perdón. Lo único que no se puede hacer es olvidar. Olvidar por qué hemos llegado hasta aquí, cuánto ha costado, cómo hemos sufrido y, sobre todo, para qué ha sido derramada una sangre que ya no se puede recoger más que en el depósito de la memoria. Cualquier cosa vale menos pisotearla.