LA situación creada por la opa hostil de Mittal Steel sobre Arcelor está provocando ríos de tinta, de opiniones de diferentes colectivos afectados por ella y de cálculos sobre las más variadas consecuencias que, de prosperar, crearía la operación. Hay varios puntos de vista que se pueden adoptar: el de la empresas en sí, el de los gobiernos de los países donde están asentadas las fábricas, el de los trabajadores y sus sindicatos y, sin ánimo de ser exhaustivo, el de las regiones más directamente afectadas. Seguramente a los lectores de EL COMERCIO lo que más les interesa son estos dos últimos puntos de vista.
Pero antes de entrar en la situación actual conviene recordar el proceso que siguió la siderurgia española hasta 1997, año de su privatización. Los aspectos más relevantes de aquel trayecto fueron los siguientes:
En Asturias se cometió un primer gran error, al considerar la crisis de la siderurgia igual que la de la minería, porque mientras que ésta no podía seguir otro proceso que el que está siguiendo ahora, con más de veinte años de retraso, y mientras que sobre la minería no se podía fundar el futuro industrial de la región, la siderurgia sí era un motor muy importante para hacerlo.
Ensidesa, segundo gran error, era una empresa que perdía dinero, pero no por razones operativas, sino por su falta de capitalización. Como hemos demostrado sin lugar a dudas, el resultado operativo de la compañía eran números negros, los números rojos aparecían como consecuencia de los carísimos créditos que tenía que contraer la compañía para su quehacer cotidiano. Ello era aún más doloroso porque el Estado estaba financiando simultáneamente a una empresa en quiebra desde 1964, como era Altos Hornos de Vizcaya (AHV).
El tercer gran error fue no diseñar la compañía para proveer, al menos, al mercado nacional. Primero fue consecuencia de unos decretos de reparto del mismo entre Ensidesa y AHV y, después, de los errores cometidos en los procesos de reestructuración.
La reestructuración de la siderurgia española empezó en 1984 y las decisiones que se tomaron contuvieron al menos los siguientes errores:
- Se intentó repartir los dineros de la reestructuración entre Ensidesa y AHV, es decir, entre una empresa cuya adecuación le permitiría un futuro y otra que estaba condenada de antemano. Ese reparto de los fondos fue tan escandaloso que el coste de la reestructuración por tonelada fue en AHV de 149.000 pesetas, mientras que en Ensidesa fue de 98.000 pesetas por tonelada.
- Lo más grave fue que ese gasto hecho en AHV, en un período que fue de 1984 a 1989, era tan inservible que las instalaciones reestructuradas allí hubo que decidir cerrarlas en 1991, con un despilfarro de cerca de 100.000 millones de pesetas.
- Además, ese gasto dejó corta la reestructuración de Ensidesa porque la acería nueva de Avilés debió diseñarse con tres convertidores, dos en trabajo y uno en espera, y el tren de bandas en caliente debió hacerse nuevo para garantizar el ancho y la calidad que permiten ir a los mejores mercados. En lugar de eso se aceptó la construcción de una acería compacta en Vizcaya, que ya dijimos entonces que sólo era viable a precios bajos de la chatarra y con salarios bajos. La situación del mercado mundial de la chatarra la está dejando fuera de juego, pues no trabaja a más de un 25% ó un 30% de su capacidad. Ahora el Gobierno vasco mantiene una posición ambigua frente a la opa, porque acusa a Arcelor de esta situación, que nosotros ya advertimos que era inevitable en 1996, en un escenario como el actual.
- El siguiente error fue la venta de la siderúrgica española, ahora bajo el nombre de Aceralia. En efecto, la inyección de 12.000 millones de euros, en el conjunto del proceso de reestructuración, si bien no había producido la mejor adecuación del útil industrial a las exigencias de la mejor práctica productiva, sin embargo, sí había capitalizado la empresa y ésta se presentaba saneada desde el punto de vista financiero. La decisión de vender una empresa libre de deudas y rindiendo beneficios significativos a un grupo siderúrgico extranjero con graves problemas financieros y productivos fue tan escandalosa que el consultor del Gobierno en la operación aconsejó la operación contraria, es decir, que Aceralia comprara Arbed.
- Además, y finalmente, los gobiernos de España y de Asturias no guardaron ninguna participación en la compañía porque seguían pensando, seguramente, que la del acero es una rama industrial como la minería, que hacíamos muy bien en deshacernos de ella. La falta de una estrategia para el futuro volvió a manifestarse cuando las acciones de Arcelor bajaron a seis euros y nadie se planteó corregir el error de 1997.
Ahora resulta que Asturias y España no tienen nada que decir, en una situación como la que estamos viviendo, y deben esperar a que otros gobiernos más precavidos se ocupen de establecer la línea de demarcación de sus intereses. Línea que, por otra parte, tiene una gran vulnerabilidad dada el alto porcentaje de la propiedad que está en Bolsa.
JOSÉ MANUEL AGÜERA SIRGO/CATEDRÁTICO DE ECONOMÍA APLICADA Y HUMBERTO VALLINA MIRANDA PERITO INDUSTRIAL

No había leído este artículo en el momento de su aparición pero tiene la atracción y la precisión de estos dos viejos conocidos.
Me permito hacer un enlace a este trabajo desde mi blog ,
Salud