Lo que el presidente Zapatero nos venía anunciando desde hace un año, ni ha llegado ni va a llegar - Los terroristas dejan claro que exigen la autodeterminación y un nuevo estatus para el País Vasco - Su negativa a dar pasos unilaterales demuestra que pretenden negociar de tú a tú con el Estado.

Pues ya lo han dicho los terroristas. De, tregua nada. Ayer, después de la manifestación en la que los dirigentes de los partidos vascos en el Gobierno de Vitoria marcharon tras una pancarta que decía nada menos que Parar todos los juicios. A favor de los derechos civiles y políticos, la banda habló. Y el recado no pudo ser más exigente. Lo que el presidente del Gobierno y el entorno socialista venían alentando como especulación creciente, ni ha llegado ni parece que haya que esperarlo ya.
Porque lo que han dicho los terroristas es que las soluciones no vienen porque alguien dé pasos unilateralmente. Eso significa que lo que todo demócrata esperaba ahora, esto es, que una banda que ha segado la vida de casi 900 ciudadanos inocentes y ha causado heridas irreparables a muchos miles de ellos, comprenda que ha llegado el momento de renunciar a la sangre, está muy lejos de hacerse realidad.

Y algo peor que deja perfectamente al desnudo en qué quieren los terroristas que consistan esas famosas mesas de negociación política que los partidos vascos, salvo el PP, están dispuestos a formar para establecer «un nuevo marco jurídico y político para Euskadi». Lo que la banda acaba de decir es que «la imposición de un nuevo ciclo autonómico solo traerá la prolongación del conflicto» y que hay que pasar de las palabras a los hechos «mostrando audacia». Para entendernos, que si no hay modificación profunda de la realidad política del País Vasco, que si esa comunidad autónoma sigue siendo una comunidad, que si no se camina decididamente hacia la independencia o hacia la autodeterminación, el «conflicto» está servido. Y lo que la banda entiende por conflicto se traduce siempre, inexorablemente, en extorsión o en sangre.

En esto no engañan los terroristas. Los vascos, y sólo los vascos, tienen que decidir, pero ya dejan claro que es indispensable que se produzca un cambio en el actual estatus político. Primero, que se negocie lo que a la banda le conviene y luego, si le parece que se cumplen sus exigencias, a lo mejor renuncian a las armas.Pero de tregua, nada.

Esto es lo que se deduce, a primera vista, de la primera entrega del comunicado de la banda hecho público ayer noche. Y esto no es lo que el presidente del Gobierno nos viene anunciando desde hace un año. Ni es tampoco lo que el propio Zapatero sometió a la consideración del Congreso de los Diputados cuando pidió autorización para negociar con la organización terrorista una vez que ésta hubiera dado «signos inequívocos» de abandonar la violencia. Por signos inequívocos habría que entender, creo yo, la renuncia a los asesinatos y la entrega de las armas.

Pero habría que ser muy optimistas para entresacar de ese puñado de párrafos lanzados ayer noche por la radio algo que nos moviera a suponer que «el inicio del principio del fin» está cercano.A menos que se nos pida ahora que cambiemos de registro y nos conformemos con una cosa así, que no es más que la formulación de unas cuantas exigencias políticas, ya muy conocidas porque son las de siempre por parte de ETA.

Da la impresión de que lo que la banda pretende ahora es precisamente gestionar de forma directa el proceso de negociación política a cambio de no matar. Pero es que eso es lo que los demócratas entendemos por precio político. Un precio político que no queremos pagar a quienes tanto daño han causado durante décadas a los españoles.

Sin embargo, y en algún otro aspecto, lo que dijo ayer la dirección de ETA a través de la radio corresponde perfectamente a la doctrina que últimamente parece que quiere abrazar el Gobierno y que dice que en este proceso desgarrador, en el que ha habido nada más que víctimas y verdugos, no tiene que haber ni vencedores ni vencidos.

Eso es exactamente lo que se deduce de la actitud que está detrás del tono del comunicado etarra: quieren negociar de igual a igual.Ni un atisbo de renuncia, ni una sombra de arrepentimiento, ni un ofrecimiento de algo que pueda tranquilizar a los ciudadanos y a sus representantes políticos. Nada. Para renunciar a seguir matando quieren más. No les basta con que Batasuna campe por sus respetos por las calles del País Vasco; ni que sea la organización ilegalizada y proetarra la que esté marcando el calendario político en aquella comunidad; ni que el Partido Socialista de Euskadi, que es también Zapatero, en la medida en que es su propio partido en el País Vasco, no se haya opuesto a una resolución del Parlamento de Vitoria que ha ratificado esta nueva tesis que dice que, al final de todo este calvario, no tiene que haber ni vencedores ni vencidos. Ni que haya sido el propio Gobierno quien haya respaldado semejante propuesta.

Que eso lo diga y lo pretenda ETA es esclarecedor, aunque resulte irritante. Pero que sean el PSE y el Gobierno quienes lo sostengan, es muy difícil de entender. Porque eso se lo dicen el PSE y el Gobierno a una sociedad de ciudadanos pacíficos que, habiendo sido asesinados cientos de ellos, y decenas de miles heridos, por no someterse a la tiranía del terror, nunca jamás ha respondido con violencia a la violencia.

Se lo dicen a una sociedad que, a diferencia de la irlandesa, nunca ha traducido el conflicto en un choque entre dos comunidades enfrentadas a tiros. Aquí no ha ocurrido nunca eso. Aquí, con excepción del GAL, que fue terrorismo de Estado, perseguido y castigado por los tribunales, no ha habido más que víctimas y verdugos. Sólo víctimas y sólo verdugos. Y así durante 30 años.

Por eso el razonamiento es inexorable: como el final salomónico para un calvario de la naturaleza del padecido por los españoles todo este tiempo no es ontológicamente posible, para que no hubiera vencedores ni vencidos tendría que producirse una cesión política a ETA por parte del Estado. Que es exactamente lo que la banda está reclamando desde las líneas de este comunicado de ayer.Si no hubiera esa cesión como el Gobierno ha prometido a la sociedad española, si sólo hubiera flexibilidad penitenciaria una vez que el abandono de las armas fuera constatado, los vencidos serían los terroristas.

Como debe ser, porque ésta no es una guerra, sino un estado de terror aplicado a una sociedad democrática a la que se viene chantajeando durante décadas. Decirle otra cosa a una comunidad como la nuestra, herida y maltrecha, que aún no ha escuchado ni el más remoto eco de la palabra perdón, y que, a tenor de lo leído ayer noche, está muy lejos de escucharlo, es, además de un sarcasmo y una crueldad, una torpeza política de primera magnitud.

El Partido Socialista, que es un partido democrático y constitucional, que cuenta entre sus filas con decenas de víctimas de los terroristas, asistió el viernes en escandaloso silencio a la obscena declaración en sede parlamentaria del dirigente del PNV Joseba Egibar, según la cual lo que hacen estos asesinos es «usar las técnicas modernas de lucha de minorías contra mayorías».

Esta es la respuesta obtenida por la banda etarra. No habrá tregua y a partir de ahora se nos darán a conocer los criterios a seguir.Los criterios de los terroristas, claro. Y uno de esos criterios es que no tiene sentido que uno sea el que dé el paso «unilateralmente».Esperan, sin duda, que el Gobierno haga algo más.

¿Qué más? ¿Parar todos los juicios, como tan desvergonzadamente reclamaron ayer los dirigentes vascos en aras de una delirante defensa de los derechos civiles y políticos que nos llevaría al descoyuntamiento definitivo del Estado de Derecho? ¿Entrar a aplicar sus viejas exigencias políticas, con lo que el precio estaría ya abonado de antemano?

A partir de hoy no puede el Gobierno acusar a los críticos y a los escépticos, que son legión ahora mismo, de estar al servicio de unas determinadas siglas partidarias. El último sondeo del CIS demuestra hasta qué punto el Gobierno está jugando un juego muy peligroso mientras otros recogen el estupor y la desconfianza de cientos de miles de españoles que estarían dispuestos a ser generosos, pero no a comulgar con ruedas de molino.

victoria.prego@elmundo.es