Urge una revolución en nuestro país. Una revolución basada en el conocimiento que nos permita asegurar el bienestar de nuestros hijos. Sir John Rose, el jefe ejecutivo de Rolls Royce, dice que en el futuro hablaremos cada vez menos de países desarrollados, en vías de desarrollo y subdesarrollados, y cada vez distinguiremos más entre países con talento, con más talento y con mucho talento. El conocimiento, el talento, base de la innovación, será factor clave en el destino de los pueblos. Desgraciadamente, no parece que España vaya por el buen camino. Según un informe de la UE sobre innovación en Europa, España está en el pelotón de los torpes, acompañados de (atención a la lista de compañeros) Estonia, Bulgaria, Polonia, Eslovaquia, Rumanía y Turquía. No nos queda ni el consuelo habitual de tener por detrás a Portugal y Grecia, que en esta ocasión se sitúan, junto con Eslovenia, Hungría, República Checa, Lituania, Letonia, Chipre y Malta, por delante de nosotros en el grupo de los que "progresan adecuadamente" y pueden aspirar a aprobar. El grupo de los empollones lo forman Suiza, Finlandia, Suecia, Dinamarca y Alemania.
Mientras la mayoría de nuestros políticos y una parte de nuestra sociedad están absortas en disputas que arrancan del siglo XIX, el futuro se nos escapa de las manos por no centrarnos en lo que decidirá la prosperidad de los países en el siglo XXI. Según el estudio mencionado, la tendencia más débil en España es en educación. Es el enésimo aviso (recuerden el informe Pisa) y no somos capaces de reaccionar con decisión y valentía. Con perfecta inconsciencia, seguimos dedicando las mayores energías a discutir aspectos que no son los que van a decidir nuestro destino. Los auténticos dilemas ya no deberían ser entre educación laica o religiosa o entre enseñanza en catalán o en castellano. Lo que ahora cuenta es si la educación capacita o no para sobrevivir y competir en un mundo que se ha vuelto global mientras nosotros seguimos ensimismados con nuestros viejos fantasmas. Por descontado que los niños de Catalunya deben saber catalán y castellano y ser capaces de hablar, leer y escribir (¡sin faltas de ortografía!) en las dos lenguas. Claro que sí, pero eso ahora ya no es suficiente. Además deben aprender inglés y bien pronto, chino mandarín. Garanticemos a los padres la educación religiosa de sus hijos para aquellos que así lo desean. Dejemos este tema solucionado de una vez y centrémonos en que las niñas y los niños sepan matemáticas y sean capaces de interpretar el mundo con criterios objetivos. Aceptemos que en nuestras universidades se enseñe en catalán en los estudios de licenciatura y creemos programas prestigiosos de máster y doctorado en inglés, capaces de atraer a los mejores alumnos de todo el mundo. Reclamemos y conservemos los documentos en que está escrito nuestro pasado, pero generemos nuevos papeles científicos y técnicos en los que basar nuestro futuro. Exijamos más financiación, pero para gastarla en proyectos para enfrentarnos a los retos que nos esperan. Recojamos firmas para presionar al gobierno, pero para que éste invierta en educación y ciencia. Cerremos las cuestiones que debieron haberse resuelto el siglo pasado (o el anterior) y dediquemos nuestros esfuerzos a construir el porvenir.
Otro punto en el que España se demuestra muy débil es en innovación empresarial. Ocupamos el vigésimo segundo puesto entre los 25 miembros de la UE. La nueva economía no está basada en mano de obra barata, sino en cerebros de obra. No es sorprendente por ello que las sociedades que triunfan sean las que disponen de los científicos más creativos, los ingenieros más innovadores, las universidades y los centros de investigación mejor preparados para estudiar y resolver problemas complejos y las empresas con capacidad para generar productos de alto valor añadido. Esos países han mejorado su nivel de vida muy por encima de los que no los tienen. Buenos ejemplos son Singapur, Corea del Sur, Irlanda y, desde hace unos años, partes de India y China. Estamos viendo como la fabricación de productos puede ser trasladada de un punto a otro en muy poco tiempo. Es esencial disponer de trabajadores más eficientes, competentes e idóneos que los de otros países si queremos atraer y mantener los puestos de trabajo el mayor tiempo posible. El truco es pues preparar y educar a los ciudadanos mejor que el vecino. Y esta tendencia cada vez va a ir a más. La caída del muro de Berlín y del telón de acero y la apertura de países antes cerrados como China, todo ello apoyado en la facilidad de las comunicaciones digitales, ha creado un mundo sin fronteras donde la información viaja a la velocidad de la luz. El tiempo de difusión de los nuevos conocimientos se ha reducido de forma drástica. Cada nuevo descubrimiento requiere dominar técnicas más complejas. En este escenario es el talento el que decide quién gana. España dejó de aprovechar la revolución industrial del siglo XIX y bien caro lo hemos pagado. No podemos permitirnos ahora perder el tren de la revolución del conocimiento.
Dentro de este entorno tan descorazonador, ¿existe algún margen para el optimismo? Afortunadamente la respuesta es sí. T anto el Gobierno central como el de la Generalitat han hecho de la I+ D+ i (investigación, desarrollo e innovación) una de sus banderas. Sin embargo, el reto es tan grande y lo que nos jugamos, tan importante, que es preciso asegurar que no fracasaremos. En primer lugar es necesario incrementar de forma sostenida la inversión en educación y en I+ D+ i. En segundo lugar, blindar este proceso de los vaivenes políticos mediante un pacto de Estado por la ciencia y la educación. Finalmente, la sociedad - como un todo- debe sentirse partícipe de este desafío apoyando y reconociendo la labor de aquellos que contribuyan a llevarlo a cabo: Políticos, empresarios, maestros, científicos, filántropos... Es una cuestión de supervivencia, está en juego el futuro de prosperidad y bienestar de nuestros hijos y nietos.
JOAN J. GUINOVART, catedrático de la UB y director del Institut de Recerca Biomèdica. Presidente de la Confederación de Sociedades Científicas de España (Cosce)

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