Le comentaba a Artur Mas en el Foro organizado por EL MUNDO el pasado miércoles en Madrid que había actuado con trampa. Con trampa política, que es lícita. Y lo razonaba explicando que la exitosa reunión del 21 de enero no fue producto de la improvisación, sino de algo más pausado. Su respuesta me daba la razón. En definitiva, Rodríguez Zapatero y Artur Mas se han hecho amigos. O compañeros políticos de una generación.
Ocurrió entre Felipe González y Jordi Pujol. Y ha vuelto a ocurrir.Sin ir más lejos, es una de las principales razones del distanciamiento del presidente del gobierno con Maragall y con Carod-Rovira.Uno de los motivos por los que Maragall se ha sentido huérfano y Carod abandonado. Pero el amor no llamó a sus puertas sin la ayuda de dos celestinas.

Durante el verano pasado, y en un momento en que la negociación del Estatut estaba al rojo vivo, la erosión del PSOE se incrementaba en la mayoría de España. Se consolidaba la crítica más fea, por intencionada. Observadores de la política estatal (dejémoslo así) consideraron entonces que era prudente e interesante un acercamiento entre los dos líderes que, por igualdad generacional, estaban llamados a entenderse.

Así, Javier de Paz, íntimo de los Zapatero -amigos de la época leonesa y unidos por la amistad de sus respectivas mujeres, sellada en multitud de visitas al supermercado- ex directivo de Panrico, además de ex secretario de las Juventudes Socialistas y ahora en Mercasa, junto con Albert Costafreda, presidente de Panrico, íntimo de la familia de Artur Mas, decidieron, a saber a iniciativa de quién, unir a los dos líderes políticos por, lo que entendieron, el bien de la política estatal.

A través de ellos, Zapatero y Mas se reunieron y hablaron por teléfono en más de una ocasión durante el verano pasado para rebajar tensiones y simplificar complicidades. Tanto funcionó la amistad, que el presidente se llevó a su retiro estival en Canarias un redactado de los acuerdos que se habían alcanzado en la comisión que trabajó en la última semana de julio.

Zapatero devolvió la propuesta del Estatut subrayando en rojo todo aquello que el PSOE no aceptaría de ninguna forma. De esa manera, Artur Mas ya tenía un techo de referencia en donde situarse para marcar distancias, no sólo con los socios socialistas de Zapatero. Además, un espacio limitado, o sea con reglas claras, para poder jugar con su enemigo político más peligroso: ERC.Todo ello, un mes y medio antes de ser aprobado el texto de reforma del Estatut en el Parlament de Catalunya.

Es evidente que la presencia de Javier de Paz y Albert Costafreda ha sido fundamental en la construcción del acuerdo del 21 de enero. Pero también, y a la misma altura, lo ha sido la buena sintonía de los dos políticos. Porque los dos han jugado desde el primer momento a guardarse las espaldas. Artur Mas sabe que la prioridad del PSOE es ganar las elecciones generales. Rodríguez Zapatero conoce el interés de CiU por gobernar Catalunya. Uno por otro. Los nacionalistas prefieren al PSOE gobernando en Madrid, ya que su imagen sale erosionada en menor grado. Los socialistas prefieren a los nacionalistas en el Palau de la plaza Sant Jaume porque les dejan más libertad de movimiento. De Paz y Costafreda hicieron bien el trabajo.

Con los límites bien diferenciados en los mínimos, Zapatero y Mas se dedicaron a establecer qué movimientos políticos les interesaban.Uno de ellos, pero abortado por los socialistas catalanes, fue aprobar el Estatut en Cataluña para dejarlo morir en Madrid.Esa estrategia, en principio aceptada por Zapatero, se encontró con el rechazo del propio Maragall y del conseller Antoni Castells.

En ese momento, las tensiones en la comisión estatutaria entre socialistas y convergentes eran muy fuertes. Desde algunos grupos políticos se anunciaba la ruptura en la negociación y hasta el ministro Montilla había avanzado a algunos empresarios que, casi con toda seguridad, no habría Estatut. Visto lo visto y analizándolo en la distancia de pocos meses, puede que hayan sido Zapatero y Mas quienes hayan salvado el Estatut, con la tranquilidad de que cuando llegara el momento de los escollos serían solventados, no con facilidad, pero sí con seguridad política, como así ha sido.

El entente les ha dado sus réditos. A los nacionalistas les ha resituado en el centro de la escena política, tanto en España como en Cataluña. A los socialistas les ha alejado de ERC, que era el peor compañero que Zapatero podía esperar para la construcción de su España plural. Su sintonía también ha complicado la modulación del mensaje que antes estaba utilizando el PP. Se puede decir en España que el señor Carod es un tipo peligroso, pero lo mismo sobre Mas no cuela. Los sectores más centralistas de la familia del PSOE respiran con más tranquilidad. El partido de Zapatero piensa que CiU puede ser un gran aliado, como puede no serlo.Pero lo tachado está tachado. Y con rotulador rojo, como el de un viejo profesor.

Nació una amistad hasta que se acabe. Porque en la política la lealtad es frágil.

alex.salmon@elmundo.es