No sé si lo que voy a contar provocará un incidente seudodiplomático con el embrionario Estado asociado que ayer por la tarde trepidaba en la manifestación unitaria del Bilbao abertzale y sabiniano o si Erkoreka and Lasagabaster se contentarán con hacerle una pregunta parlamentaria a Carmen Calvo. Por otra parte supongo que muchos lectores verán en lo ocurrido un inesperado acto de justicia poética. O para ser más exactos, operística.
Pongo por testigos a dos melómanos de pro como mi colega Zarzalejos y el alcalde Gallardón que, instalados a tres palcos de distancia del mío, recibieron el domingo pasado el mismo programa oficial de la primera representación de L'Elisir d'Amore dentro de la temporada de abono del Teatro Real. Tras las páginas con los créditos y los consabidos anuncios de artículos de lujo, inmediatamente después de la presentación de los principales personajes, figuraba el siguiente texto a modo de introducción del primer acto: «Aldeanos y aldeanas, soldados y músicos del regimiento, un notario, dos criados, un moro. La acción tiene lugar en una aldea del País Vasco».

«¡Qué 'aldea vasca' tan rara, en la que los vetustos rótulos de madera de los comercios de la plaza están escritos en italiano!», debieron de pensar los menos avisados en el momento de levantarse el telón. Pero enseguida la música juguetona y bulliciosa de Donizetti vino a apartarles de esas cavilaciones para centrar toda su atención en el primer dúo de los protagonistas. De repente, resolviendo al redoble del tambor tanta ingenuidad y dulzura, la fanfarria del desfile militar que progresaba hacia el escenario a través del patio de butacas disipó cualquier duda: llegaban los fascistas, los camisas negras, con sus botas altas, sus correajes, su saludo a la romana y sus penachos de plumas. En un abrir y cerrar de ojos eran dueños y señores de la «aldea vasca».

Cuando Calixto Bieito se permite iniciar su Don Giovanni con Leporello caracterizado como un miembro de la peña boixos nois que escupe y pisotea una camiseta del Real Madrid, enfundado en la blaugrana, nadie que no sea diputado del PNV o EA podrá reprocharle a Mario Gas que en esta era de montajes transgresores haya movido un poco en el tiempo y el espacio el escenario de la acción de Donizetti, hasta transformar el País Vasco en parte de los dominios de Benito Mussolini. Ahora bien, lo lógico habría sido especificarlo en el programa. O, ya puestos, llevar la actualización hasta sus últimas consecuencias y situar El Elixir en algún lugar del actual Gohierri, convirtiendo a los hombres de uniforme en miembros de una compañía antidisturbios de la Ertzaintza que fastidiosamente interrumpe la paz de los cementerios de la herriko taberna.

De hecho cualquier curioso que bucee en la historia de cómo el gran músico romántico y su libretista Felice Romani compusieron por encargo y en 15 días esa ópera, inspirándose en otra anterior -Le Philtre-, no podrá encontrar otra explicación a que ubicaran la trama en el País Vasco -cuando los personajes no se llaman Aitor y Edurne, sino Nemorino y Adina- más que la asunción, ya común en el XIX, de que en ese espacio, física y mentalmente cerrado, vivían gentes con una especial predisposición a ser embaucadas.

De eso trata el sencillísimo relato que el domingo pasado volvió a triunfar sobre la escena: de la facilidad con que los seres humanos nos dejamos engañar, cuando disponiendo de un bajo nivel de anticuerpos racionalistas, somos víctimas de nuestro propio deseo de que nos engañen. Y así es como entra en escena el sin par, el inigualable, el inconmensurable Dulcamara: ese «gran médico, doctor enciclopédico» que, magistralmente interpretado por mi vecino y amigo Ruggero Raimondi -sólo por verle y escucharle ya merecía la pena la función-, llega ofreciendo un «mágico y balsámico elixir» que «mueve a los paralíticos, es eficaz con los apopléjicos, los asmáticos, los asfícticos, los histéricos, los diabéticos y cura a los timpaníticos, a los escrofulosos y raquíticos e incluso el dolor de hígado que tan de moda está».

Si Raimondi recordaba en una reciente entrevista periodística haber visto a tipos como ése, vendiendo a la vez crecepelos y peines, en la Italia de los años 40, yo puedo decir lo mismo de la España de los 50. «¡Ha llegado el Charlatán, ha llegado el Charlatán !». La noticia se extendía como la pólvora y grandes y pequeños acudíamos a la plaza a escuchar aquello de «ni uno, ni dos, ni tres, ni cuatro, ni cinco; yo le doy, señora, seis pañuelos por un duro y a las que primero se acerquen aquí voy y les entrego otras tantas corbatas a juego, como esta que llevo yo, para que pongan guapos a sus padres, a sus hijos, a sus novios o a sus maridos».

El número estelar de la sesión era, naturalmente, la exhibición y venta del elixir curalotodo -«tónico reconstituyente», le llamaban entonces- embotellado en fascinantes frasquitos de colores. La mayoría sabíamos que aquello era una engañifa, pero exonerábamos con benevolencia al Charlatán porque hablaba bien y salía muy barato. ¡Cuántas veces no hemos tenido ya la sensación de estar asistiendo a la misma consentida farsa durante las campañas electorales, los debates parlamentarios o las comparecencias televisivas de nuestros líderes políticos a lo largo de todos estos años!

Hay gobernantes que, como el Charlatán, se comprometen a curar las dolencias sencillas al instante y sanar a los desahuciados en un poco más de tiempo. Si grandes son los males, iguales han de serlo los remedios. Cuando a Dulcamara le piden un nuevo elixir que haga caer a todas las chicas rendidamente enamoradas a los pies de quien lo ingiera, no lo duda ni un instante: se limita a sustituir el agua coloreada de sus habituales recipientes por un chorrito de tintorro. Así ha pasado Zapatero de vendernos «talante», «republicanismo cívico» y «alianza de civilizaciones» -placebos genéricos que sirven igual para un roto que para un descosido- a ofrecernos, con el máximo despliegue de sus dotes persuasivas, el elixir del proceso de paz. Y ahí está, congregándose ya a su alrededor, una inmensa multitud de españoles ansiosa por dejarse engañar. ¿Quién no siente amor hacia la paz?

Cuando Dulcamara describe las propiedades taumatúrgicas de su nueva pócima, cualquiera diría que se está refiriendo a la forma en que Zapatero y sus fiscales quieren hacernos mirar a Otegi, Permach, las dirigentes del Partido Comunista de las Tierras Vascas e incluso alguno de los monstruos que regurgitan su odio entre barrotes: «Corrige todo defecto, todo vicio de natura, embadurna de afeites a la más fea criatura, caminar hace al tullido, hunde jorobas, aplasta chichones y todo incómodo tumor oculta hasta que desaparece».

Eso es lo que se anhela a conseguir de ETA: que su violencia quede oculta de modo que vaya desapareciendo de la vista. A tal efecto se subraya que lleva tres años sin matar, pero por el mismo precio se soslaya que sigue poniendo bombas, extorsionando a empresarios y coaccionando a todo el que no se le someta. Y es que el tumor, más o menos activo, más o menos latente, continuará estando ahí, porque -quebrando más de un cuarto de siglo de combate por los valores constitucionales- el proyecto del presidente ya no es extirparlo, sino diluirlo por ósmosis en nuestro propio ser.

Si no puedes derrotar a tu enemigo, únete a él pero es patético unirte a él cuando puedes derrotarlo. Por inaudito que parezca, al estar hablando de un poderoso Estado con cientos de miles de policías y soldados a su servicio, de un Estado que hace sólo dos años tenía contra las cuerdas a una banda con sólo unas docenas de activistas y apoyo social más que menguante, Zapatero lleva 15 meses sacándole una especie de bandera blanca de diseño a ETA. Y todo sugiere que, a fuer de tanta insistencia, cualquiera de estos días ETA tendrá la deferencia de aceptar su ofrecimiento y admitirle como provisional compañero de viaje en el penúltimo tramo de su trayecto hacia el control de una Euskadi independiente.Anoche ya le dijo con su brutal claridad de siempre cuál es el precio del billete.

La receta que nos ofrece el presidente no sólo tiende a blanquear ante nuestros ojos la apariencia de aquellos a los que, en definitiva, se nos insta a aceptar tal y como infamemente son, sino que va dirigida a corazones y bolsillos para vencer resistencias y diluir recelos, ora sea con el estímulo bien remunerado, ora sea con la adormidera de la comodidad y el conformismo. «Es un soborno convincente para guardianes escrupulosos; es un somnífero excelente para viejas y celosos», alardea Dulcamara, describiendo su recién inventado fármaco del enamoramiento. ¿Cabe mejor descripción de las pautas de conducta de la mayoría de nuestros grandes medios de comunicación?

A los que no nos dejaremos sobornar ni narcotizar, La Moncloa nos tiene preparada la hemeroteca. ¿Cómo es posible que fulanito y zutanito, que el día tantos de tantos de mil novecientos no sé cuántos escribieron o declararon que estaban a favor del diálogo con ETA porque patatín y patatán, ahora no hagan más que poner obstáculos al proceso de paz? ¿Qué pasa, que temen que Zapatero sea capaz de conseguir lo que no lograron ni Suárez, ni Calvo-Sotelo, ni González, ni Aznar y prefieren que continúe el dolor y el derramamiento de sangre con tal de que el líder del PSOE no obtenga este gran éxito político?

Bien, como todo es así de predecible, pongamos ya la venda antes de que se produzca la herida y a lo mejor nos ahorramos ese trámite.Aunque un amplio puñado de lectores me lo reprochara, lo que escribí la semana pasada es lo que hemos sostenido siempre: que en aras de un buen fin, a través de medios legales y preservando siempre su propia dignidad, al Gobierno no tienen que caérsele los anillos por mirarles a los ojos a los peores delincuentes.Si como periodista yo me he sentado con Antxon, con Txelis o con alguno peor -y con Vera y con Amedo-, no veo razón para que, una vez acalladas las armas, quienes representen al presidente del Gobierno no se encuentren con los nuevos plenipotenciarios de ETA-Batasuna, Otegi incluido.

La cuestión no es con quién se habla, sino de qué se habla. El mismo día que los terroristas realicen su anuncio, Rajoy debería ofrecer su respaldo a las gestiones que emprenda el Gobierno a cambio de que Zapatero le mantenga informado de cada paso significativo y, sobre todo, de que el presidente asuma el compromiso público de no mezclar cuestión política alguna -y menos aún esa modificación del actual marco legal en el País Vasco que exige la banda- con las conversaciones relativas a la entrega de arsenales, el regreso de los huidos al extranjero o la reinserción de los arrepentidos.

El problema es que la callada por respuesta del presidente cuando el líder del PP le instó en el Parlamento a proclamar ese límite, las filtraciones a la prensa adicta de un supuesto «plan de paz», con mesa de partidos incluida, para «normalizar» -¡¡- la situación en el País Vasco y los derrapes rayanos en la más bochornosa rendición de dirigentes del PSE como Gemma Zabaleta, José Antonio Pastor y el propio Patxi López, permiten augurar lo peor. Es decir que habrá «vencedores y vencidos» como reclaman el Defensor del Pueblo y las asociaciones de víctimas, pero -aunque los más incautos al horror le llamarán empate- los vencedores serán los terroristas y los vencidos, todos nosotros.

Es cierto que la satisfacción de sus demandas llegará camuflada en el seno de un rimbombante «proceso» que, según Zapatero, puede durar varias legislaturas y que lo que reclaman de golpe se les irá entregando poco a poco mediante un itinerario que se intentará estirar al máximo en el tiempo. Entre otras razones porque -volviendo al argumento de la semana pasada- no en vano decía Churchill, cada vez que Hitler se comía un país de Centroeuropa, que «cuando una boa constrictor engulle a una de sus presas necesita de un cierto tiempo para hacer la digestión».

Con eso parece contar el presidente cuando sueña en voz alta con el día en que se apruebe el nuevo Estatuto de Cataluña y esté en marcha su hoja de ruta en el País Vasco sin que se rompa la unidad de España, ni al cabo de seis meses suceda nada dramático que altere la convivencia. Los agoreros de ahora quedarán entonces al descubierto y él saldrá reivindicado hacia lo que pronostica como una gran victoria «por ocho o diez puntos de margen» en las próximas elecciones generales. Nadie le ha oído en cambio analizar nunca lo que sucederá a partir de ese momento. El a lo máximo que llega es a hablar de «paz para una generación», de igual manera que Chamberlain ofrecía «paz para nuestro tiempo», sin tan siquiera especificar su alcance.

Se trata, en definitiva, de la misma estratagema del avispado Dulcamara cuando receta una ración doble del Elixir del Amor, coincidiendo con el momento en que le tocará exhibirse por la plaza de la fascista «aldea vasca». Sabe que la euforia, por él mismo inducida, disparará durante esas horas su prestigio y popularidad. ¿Y después? Pues si no se produce un milagro -cosa que sucede a menudo en el escenario, pero raras veces en la vida real-, cuando se descubra el engaño en toda su dimensión, él ya habrá hecho mutis por el foro y no tendrá que pagar las consecuencias.

De ahí que el día en que Zapatero comparezca para anunciarnos las grandes expectativas y esperanzas que se abrirán para la paz en una perspectiva de medio y largo plazo, como consecuencia del anuncio que realice no una ETA derrotada sino una ETA suicidamente revigorizada desde el propio poder del Estado, yo no podré dejar de acordarme de uno de los momentos estelares de la interpretación de Ruggero Raimondi. Concretamente del instante en que después de pregonar las excelencias de su «balsámico elixir», se dirige al público envolviendo su voz cavernosa en la ductilidad de la confidencia, para repetir una y otra vez: «Ma doman di buon mattino ben lontan saro di qua ma doman di buon mattino ben lontan saro di qua ». O sea que «mañana muy temprano bien lejos estaré yo ya de aquí», pero a ver quién le quita lo bailado y recaudado.¿Y después? «Después de mí, el diluvio».

pedroj.ramirez@el-mundo.es