Quien se empeñe en contar o enumerar los vectores reales de fuerza que conforman el panorama político catalán tendrá suficiente con dos dedos de una mano. Con uno señalará el catalanismo, con el otro el poder de Madrid. Si no sabe qué hacer con los tres restantes, que se rasque la cabeza antes de apuntar en dirección al vacío.

No hay más. Por mucho que se esfuercen, que intenten aupar, qué se yo, el ecologismo o la gran patronal a la categoría de vector determinante de fuerza, se acabarán rindiendo a la evidencia de que no lo son, que como mucho se balancean entre los dos o se enroscan en uno de ellos. Catalanismo, pues, y Madrid como centro del poder. Se trata de dos fuerzas enfrentadas y entrelazadas, cómplices y opuestas, rivales condenados a cooperar sin dejar de competir o de pelearse, sin aceptar cada cual, en el fondo, la legitimidad del otro.

¿Cuándo acabará todo eso? A primera vista, parece que se irá diluyendo a medida que Catalunya adquiera cotas de autogobierno que permitan tomar decisiones principales. Pero al fijarnos con mayor atención, observaremos que es asimismo conveniente que el catalanismo tenga menos peso en Madrid. No que lo ejerza mejor o peor, sino que no se sienta tan implicado, que pierda la obsesión por estar en la cabina de mando de España. En este sentido y en las actuales circunstancias históricas, el protagonismo del catalanismo en el Congreso es más bien un señuelo que una oportunidad, como bien acaba de demostrarse. La idea clave para cambiar de ciclo histórico, dentro de un posibilismo que no la confunda con el puro y llano inmovilismo, es la bilateralidad. La bilateralidad en cuanto a lo que a Madrid y Catalunya nos concierne en común, que no es poco, pero cada cual en su casa y cuidándose de lo suyo, o sea, España en el caso de Madrid. Eso sería interdependencia, el resto parece condenado a seguir por los mismos derroteros, a quedar encallados en las poco útiles tensiones y convulsiones que estamos viviendo. Mientras el independentismo, demasiado drástico para la mayoría de los catalanes, y nada creíble para Madrid, sea la única alternativa a la situación actual, seguiremos con la epilepsia y el temblequeo. Es más imaginable la formación de grandes consensos alrededor del la bilateralidad que del independentismo. Pero mientras no nos vayamos quitando de la cabeza la absurda idea de que la política española no tiene que pintar nada en la catalana pero la catalana sí en España, la conclusión es que així ho hem trobat i així ho deixarem.

Tras las especulaciones, volvamos a suelo firme. Podemos ya dar por acabada la partida del Estatut, por lo menos en cuanto a su balance final: el catalanismo se ha puesto el listón muy alto y lo ha pasado por debajo. Podía haberlo hecho mejor, o todavía peor, si bien no se me antoja cómo. Pero eso es lo ocurrido. En otras palabras, el catalanismo ha lanzado un tremendo desafío, y se ha estrellado ante el poder y la maniobrabilidad de Madrid. Inútil darle más vueltas. Aun así, el catalanismo no sólo ha hecho el ridículo, sino que, al ponerse a prueba, ha aprendido bastante de sí mismo que no sabía, se ha tomado las medidas, ha verificado que es uno de los dos únicos vectores en juego. A fin de profundizar en el autoconocimiento que el fracaso propicia, falta por esclarecer en qué medida es incapacidad y en qué medida se debe a que se ha mandado a un adelantado que, por error o impericia, saltó con el pie cambiado. En consecuencia y sea como sea el futuro, la confianza en el concepto de hombre providencial ha quedado felizmente desterrada. Incluso está tocada, y es muy bueno que así sea, la idea de que nuestros políticos son los encargados de arreglar las cosas, de sacar el país adelante. En contrapartida, se ha afianzado el convencimiento de que los catalanes contamos, antes que nada y a fin de cuentas, con nuestras propias energías y capacidades. Si alguien cree que Catalunya, no lo único importante pero ya para todos lo primero, habrá salido perdiendo, no sólo es un derrotista poco deseable, sino que anda equivocado de medio a medio, como pronto se verá.

Con la transición, los líderes políticos catalanes conminaron a los demás a apartarse y a fiarlo todo en ellos. Ahora, gracias al fiasco de sus sucesores en tanto que promotores de una nueva transición, la sociedad, sus diferentes estamentos, la cultura - también la cultura- tienen la oportunidad, y la inminente necesidad, de no someterse por más tiempo, cuando de orientar el rumbo del país se trata, al abuso de primacía de la política y los partidos. En la secuencia que va del Carmel a la entrega (que no pacto) de la Moncloa, los líderes políticos, que han marcado el paso, bailan claqué. Y no precisamente con maestría. En vez de fascinarnos con el espectáculo, es momento de promover y consensuar rumbos y metas desde la propia sociedad. Y entonces juzgar a nuestros políticos en la medida en la que vayan por donde se les marca. O eso, o dejar de ser nación.