ETA se muere por falta de enemigo. Los que un día fueron vistos como gudaris , contra la dictadura de Franco, se volvieron pistoleros. Y los que antes encandilaban a los jóvenes vascos, que estaban dispuestos a reponer las cuantiosas pérdidas causadas por el cerco policial y judicial, se comparan ahora con los terroristas fanáticos e iluminados que quieren gobernar la tierra con decretos firmados en el cielo.

En casi cuatro décadas de lucha contra ETA, el Estado español lo probó casi todo, desde los juicios sumarísimos de la dictadura hasta las amnistías de la transición; desde la negociación de Juan José Rosón a la guerra criminal de Barrionuevo; desde el solitario y épico aguante de Martín Villa hasta los baños de masas y el populismo lastimero de Mayor Oreja; desde los pactos unitarios de Ajuria Enea y Madrid hasta el club de los escogidos del pacto antiterrorista; y desde el bálsamo policial recetado por Acebes hasta la lenta absorción de la banda auspiciada por Ibarretxe. Pero, aunque es evidente que cada modelo tuvo sus hinchas y sus detractores, y que todos reclaman para sí el mérito de haber marcado un antes y un después en la lucha contra el terror, ninguno logró cerrar el círculo de tiza que va a completar Rodríguez Zapatero.

¿Y qué meritos tiene Zapatero para pasar a la historia como el pacificador de nuestra democracia? Primero, el de su indescriptible fortuna, que le hizo llegar a presidente en el justo momento de hacerse la foto, cuando el conflicto está agotado y cuando ya suenan a hueros todos los dogmas y discursos. Después, el de haber sabido interpretar la carga de cambio y nuevos horizontes que trajo consigo el 11-M, que, a fuerza de escribir derecho con líneas torcidas, dejó a ETA sin ninguna posibilidad estratégica de sobrevivir. Y tercero -también el más personal-, el de haber tenido la suficiente habilidad y humildad para dejar que ETA se derrumbe sola y se disuelva por las alcantarillas, sin reclamar para sí el arrogante papel de ángel exterminador que venía actuando como un catalizador in extremis de los rescoldos de la banda.

Que Zapatero sea o no sea un genio de la política me parece discutible. Pero lo que nadie le puede negar es su impresionante habilidad para aflojar las cuerdas que están a punto de romperse, para borrar del mapa los conflictos artificiales y para limpiar de dramatismo superfluo sus decisiones más trascendentales. A eso le hemos llamado, no lo olviden, el efecto Zapatero . Y de eso depende, no lo duden, el éxito final de una batalla que está ganando, en palabras de Richelieu, «el general agotamiento», el mismo estratega que ganó para Francia -¡que curioso!- la Guerra de los 30 años.