POCOS temas van a resultar más polémicos, en este ya de por sí polémico 2006, que la famosa opa de Mittal a Arcelor. Si hay un sector en el que la Unión Europea debe luchar por mantener un perfil propio es el de la siderurgia, clave en cualquier proceso industrial y termómetro de la salud económica de un continente. Por supuesto, el tema se va a complicar conforme pasen los días y, posiblemente, la solución final no pase tanto por los intereses y las preocupaciones de los gobiernos y los trabajadores, sino por los accionistas de Arcelor, a quienes la opa va dirigida.

Hablando esta semana en el Pleno del Parlamento Europeo con un profundo conocedor de la realidad económica y social de Luxemburgo, cuna y sede de Arbed, compañía que con la francesa Usinor constituye el entramado de Arcelor, me contaba la poca identificación que existía entre la burguesía financiera luxemburguesa y las grandes familias industriales ligadas hoy en día al sector del acero. Un complicado nudo de sociedades tenedoras de acciones y un gran número de fondos de inversión internacionales acogen un elevado porcentaje de las acciones de Arbed y, por ende, de Arcelor. Así, el negocio bancario, clave de la economía luxemburguesa, maneja las riendas de la siderurgia, y los grandes bancos suelen tener en un lugar muy bajo de sus prioridades la localización de las industrias, más aún si se les garantiza una interesante remuneración del capital. Así es y así funciona la economía internacional.

Existe la creciente certeza de que Mittal ha adquirido ya, por vía indirecta, un importante volumen de acciones de la siderúrgica Arcelor, lo que convertiría la opa más bien en una cuestión de correcta explicación a la opinión pública que en una operación real de captación de accionistas concretos. Sin embargo, la opinión pública europea cuenta en esta operación. ¿Y de qué manera! La opa puede ser analizada por los Servicios de la Competencia de la Comisión Europea como potencialmente dañina para los intereses de los consumidores europeos. No obstante, todos los indicios apuntan hacia que Bruselas no encontraría motivos suficientes para dar una opinión negativa. La competencia en el sector del acero parece suficientemente garantizada por la movilidad de precios y productores, incluso aunque el monstruo resultante de la absorción acaparase un porcentaje de la producción mundial superior al 10%. Es decir, que la Comisión Europea podría no ser de ayuda para frenar la opa. Conociendo su debilidad política, difícilmente tomará un partido claro por cualquiera de las dos opciones.

Esto nos lleva al terreno de la política europea y a su expresión más representativa, que es el Parlamento Europeo. No conozco un solo eurodiputado que preguntado sobre la materia prefiera pronunciarse a favor de Mittal. Ni siquiera una simpática laborista británica de origen hindú que ante la pregunta prefiere esconderse tras un elegante «que el mercado decida».

En el fondo, todos en el Parlamento Europeo sabemos que si Mittal absorbe Arcelor sobrarán 175.000 empleos en el sector, a saber cuántos en Europa, y se perderá la capacidad de decidir empresarialmente desde un interés estrictamente europeo. Es decir, que la siderurgia acompañará a otros tantos sectores industriales en el camino amargo de la deslocalización a la búsqueda del menor coste laboral, basado casi siempre en la inexistencia de derechos sociales.

Y ese es el debate que los grupos políticos, al menos el Partido Popular Europeo, está esperando, una vez que el socialista Borrell, presidente de nuestra institución, dé luz verde para su celebración, cosa que hará cuando Mittal presente su famoso plan industrial y no antes. Buen sentido de Josep Borrell, que contrasta una vez más con la precipitación de algunos de sus propios colegas socialistas.

Por otra parte, resulta de todo punto chocante, salvo que se analice desde el más puro interés partidista, que se pida a la Comisión Europea y al Parlamento que se pronuncie sobre esta opa mientras se ha negado repetidamente la posibilidad de que Bruselas opinase sobre otra opa que sí tiene efectos monopolísticos claros, como es la de Gas Natural sobre Endesa.

El debate se producirá y lo hará en un contexto confuso. Todas las directivas comunitarias que buscan la liberalización de los mercados han sido rechazadas por el Grupo Socialista Europeo, que no parece entender que el problema del declinar económico de Europa reside en la falta de competitividad de nuestro sistema productivo. Sin ir más lejos, la famosa directiva de Liberalización de Servicios, imprescindible en una Unión Europea cada vez menos industrial y más terciarizada, ha sido rebajada por los socialistas hasta unos límites que la hacen prácticamente inútil para mejorar nuestra competitividad y nuestro empleo.

Y, sin embargo, defenderemos la necesidad europea de mantener una siderurgia fuerte. No sólo porque haya 7.500 empleos asturianos en juego ni porque el llegar hasta aquí supuso años de fuertes reconversiones ni porque fuese bajo el Gobierno del PP cuando se garantizó la pervivencia de nuestras acerías en el seno de Arbed. Defenderemos Arcelor también porque el carbón y el acero fueron la base del tratado fundacional del Mercado Común y porque creemos que en la era de la globalización cabe aún tener sectores industriales europeos fuertes y competitivos. Europa ya derribó un telón de acero que impedía a muchos europeos vivir en democracia y libertad. No dejaremos que otro telón caiga sobre nuestro acero. Veamos ahora el temple de nuestros gobernantes.

SALVADOR GARRIGA POLLEDO/EURODIPUTADO DEL PARTIDO POPULAR.