En determinados países musulmanes las manifestaciones multitudinarias, que empezaron quemando embajadas, han remitido. Hubo excusas del presidente danés, condena de las caricaturas por parte del presidente Chirac o lamentaciones de presidentes europeos, como el mismo José Luis Rodríguez Zapatero.
Aparte de algún coletazo, se mantiene viva, sin embargo, la polémica en los medios de comunicación. Hace unos días vi en una aparición televisiva a un periodista árabe. Sin enterarme del país donde estaba, oí perfectamente su propósito: publicar en su periódico caricaturas del holocausto para ver qué reacción en Europa se produciría. El presidente de Irán en sus discursos, amenazantes para Israel, niega el mito del holocausto. Hay que preguntarse por qué en el asunto de las caricaturas danesas el holocausto también sale a colación.
Para Europa en general y para Dinamarca en particular -el implicado periódico danés es muy derechista-, el holocausto puede ser un remordimiento por falta de movilización, sobre todo al principio de la persecución nazi contra los judíos. La pregunta del aludido periodista tiene una respuesta: en Europa no pasará nada, entre otras razones porque ya se produjeron muchos ataques contra el holocausto. Tanto es así que en Francia -y pienso que también en Alemania- existe una ley que prohíbe negar la existencia del holocausto, como también hacer burla o escarnio de él. Poco después de la guerra, en París, un chansonnier, cuyo nombre no recuerdo, dijo en su intervención en una boîte o cabaret: "A la vista de los muchos judíos que me encuentro, pienso que en los campos alemanes en lugar de crematorios había incubadoras". Semejante barbaridad fue percibida por el silencio de unos y las risas de otros. Fue por el uso reiterado de parecidos sarcasmos por lo que el Gobierno francés decidió legislar contra ello. Para la polémica es útil señalar que los partidarios de una libertad de expresión sin límites -libertad de ofender- se olvidan de que en Europa también hay límites. Por otra parte, una cosa es el humor que llamaríamos de buena ley y otra el malévolo. Los italianos rodaron una película en clave de humor sobre el holocausto y nadie, en Italia o fuera de ella, se escandalizó.
Había poesía, humor y tragicomedia en el filme La vida es bella, de Roberto Begnini, director e intérprete.
Personalmente el negativismo -que incluso así se llama- del holocausto me duele. De alguna manera se me escogió como testigo para que contase en nuestra prensa cómo era un campo de concentración al ser descubierto y liberado, antes de que empezara su desalojo. Faltaban pocos días para el final de la guerra mundial cuando el consejero de prensa de la embajada inglesa en Madrid, Tom Burns, aprovechando que yo tenía las credenciales de corresponsal de guerra, dadas por el ejército de la Francia Libre, se propuso mandarme a Dachau. Desde Londres me incorporé a un pequeño grupo que un avión de las fuerzas aéreas norteamericanas depositó en Frankfurt, base en aquellos momentos. Fuimos a Dachau y no a otro campo porque era en éste, contiguo a Munich, donde había, además de judíos, muchos polacos católicos e incluso sacerdotes y seminaristas. Quiso Tom Burns que el público lector de España, inmerso en la propaganda nazi durante tanto tiempo, supiera cómo también los católicos eran víctimas en los campos de concentración nazis, cuyo descubrimiento pasó a ser más noticia que la firma de los armisticios que daban por terminada la guerra. La crónica base de mi libro - agotada en tiempos la edición- La paz vista desde Londres se ha reproducido, por lo menos en parte, en el ejemplar que los suscriptores de La Vanguardia han recibido con motivo de los 125 años de este periódico. En una crónica redactada sobre la marcha y donde había que meter tantas cosas, apenas se cita la preocupación del comandante norteamericano liberador del campo de Dachau, temeroso de que pasara inadvertida para la posteridad toda aquella situación. Ya conté que confiscó carros agrícolas de los alrededores para que pasearan por el pueblo más cercano cadáveres de prisioneros que eran casi esqueletos -piel y huesos- antes de morir. Una lúgubre procesión de carruajes se estaba organizando cuando por la mañana empezamos nuestra visita bajo la guía de un teniente que nos pidió no separarnos de él. No quería que los prisioneros, que no podían salir porque con la guerra no terminada no había medios de locomoción alguna, tuvieran la impresión de que se les visitaba como bichos raros. No querían ser espectáculo para nadie y sólo deseaban descansar y comer, cosa que algunos de ellos hacían en exceso.Pocos, pues, fueron los periodistas que pudieron contar el estado de los campos de concentración antes de ser evacuados. Pero el holocausto superó lo limitado de la prensa a base de películas que el ejército norteamericano realizó. Justamente el movimiento de bulldozers acarreando montones de cadáveres -la muerte industrial- es lo que se proyectó en pleno proceso de Nuremberg. Sin previo aviso, se apagaron las luces y sobre la pared blanca aparecieron las imágenes filmadas en los campos de concentración, al mismo tiempo que un foco iluminaba el rostro de los procesados. Fue un momento dramático, y Goering, que se había mostrado hasta entonces bastante desenvuelto, comprendió que con aquella prueba se agravaba la perspectiva de una fatal sentencia de muerte.

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