Queridísisisima Raica... Oliveira de Sousa, más conocida por el populacho como «la mujer de Ronaldo». Me he puesto muy contento al comprobar cuánta calidad has aportado para obtener el éxito mediático de la Pasarela Cibeles. Qué quieres que te diga, cada día aparecen modistas y modistos llenos de carácter por todas partes salvo en la voz, y oyes hablar de propuestas, esencias y atrevimientos para al final quedarte exactamente igual: con la sensación de que estás ante los aspavientos coloristas de un puñado de extravagantes que se dedican a eso para satisfacción de otros seres más extravagantes aún que ellos.
Tu imagen, sin embargo, es la reconciliación con este mundillo extraño y fugaz. Tu hermoso y bruñido busto es la piedra filosofal, el santo Grial que justifica cualquier idea. Es en esa tenue curva, en esa suave orla que dejaste entrever en el desfile donde se halla la razón fundamental de que estas exhibiciones de lujo y color sigan existiendo. Date cuenta, queridisísisima Raica: el simple atisbo de uno de tus pechos revitaliza algo más que un festival, aumenta las ganas de vivir de toda una sociedad.«Reacción contra la doble moral», dice este periódico de la colección que luciste. Pues será así. En el fondo a nosotros qué más nos da.

De un machista subido me está saliendo la columna, soy consciente, pero no creo que las mujeres vayan a tomárselo a mal, ya que no es más que otra rendición ante la belleza y a los que humildemente se inclinan hay que perdonarlos. Por otra parte, además, qué son estas pasarelas sino un canto y una alabanza hacia los cánones estéticos en boga. Por cierto, que lo único que no me acaba de convencer son las gafas, que te dejan cara de saltamontes, pero esto lo digo tras haber tardado 15 minutos de reloj en fijarme en ellas (en las gafas, por supuesto). Son el muro que impide saltar a la fama, el parapeto donde escudarse de los asaltos imprevistos; lo sé, pero no por eso deja de atormentarme tanto desapego. Esa aura de sensual divinidad que te aleja de los mortales.Más que el reposo, queridísisisima Raica, tú debes ser la taquicardia del guerrero. Imagino a tu célebre esposo derrengándose sobre el sofá del salón, convirtiéndote en el eco de sus cuitas y frustraciones, apoyando su calva cabezota sobre tu vientre acogedor, recordando que si aquel pase, que si la dio con el exterior, que si el árbitro, que si en la ida ya se lo habían puesto muy difícil. Y sigo entonces imaginando, Raica, y te veo a ti, tal vez en bata o camisón, musitándole al oído: «Tranquilo Roni, que no hay quinto malo».Y es justo entonces cuando me llevan los demonios. Qué se le va a hacer.