SIGUIENDO la regla general del los neocons, bajo la inspiración teórica de Kristol y las consignas de Gingrich, los estrategas del PP están realizando una oposición radicalizada que cobra expresión en tres líneas fundamentales: resumir su programa en un solo objetivo (los nacionalistas y los terroristas coinciden en sus objetivos y quieren destruir España), simplificar al máximo los mensajes dirigidos a la ciudadanía (los catalanes son insolidarios con las autonomías menos desarrolladas y reducen el castellano al ámbito de la privacidad), y provocar el inmediato colapso de la alternativa socialista (Zapatero tiende la mano a ETA, es un indocumentado político y está internacionalmente aislado).

Los inspiradores de esta estrategia son Acebes y Zaplana, que, aparte de alimentar su ideario en las páginas de Internet, reciben las consignas e instrucciones emanadas de la FAES y de Aznar, que constituyen la más genuina representación de los neocons americanos en el seno de la UE. Pero la víctima más directa de esta arriesgada transposición a España de la cultura política americana es Mariano Rajoy, cuyo liderazgo empieza a extinguirse en el fragor de una oposición intelectualmente estéril, ideológicamente reduccionista, políticamente ineficiente y estratégicamente bloqueada.

Si Rajoy hablase de algo más que del derrumbe y la desaparición de España, y si nos dijese qué piensa sobre la economía, sobre Europa, sobre Oriente Medio, sobre los cambios de América del Sur o sobre la poesía mística del Siglo de Oro, podría equilibrar los efectos del radicalismo verbal e ideológico al que le llevó la derrota del 11-M. Si renunciase a simplificar los mensajes, y si aceptase que los españoles tenemos la inteligencia suficiente para procesar argumentos complejos, no tendría que insultar a diario a los electorados vasco y catalán, ni ponerse en riesgo de ser duramente castigado por dos autonomías que son imprescindibles para gobernar España. Y si le diese tiempo al tiempo, renunciando a cobrarse con rabia la derrota electoral, también podría dedicar algunas horas a renovar su partido, reconstruir un mensaje democrático avanzado y aspirar a ser la alternativa oportuna al denostado Zapatero.

Pero, por propia ceguera o mal aconsejado, Mariano Rajoy eligió la estrategia del guepardo, y puso todas sus esperanzas en una sola y extenuante carrera. Por eso está en una encrucijada terrible: si no da el zarpazo letal antes del verano, quedará políticamente exhausto y yacerá abatido sobre el campo de batalla. Así lo espera Zapatero. Y así lo ve venir cualquiera que no esté cegado por el sectarismo político de la FAES y por sus acólitos mediáticos.