El día de San Valentín debería haber servido este año de recordatorio de lo que se halla en juego en las disputas entre Occidente y dirigentes del mundo musulmán en materia de blasfemia. En efecto, el 14 de febrero de 1989, el ayatolá Jomeiny lanzó su famosa condena del escritor Salman Rushdie por su libro Versos satánicos bajo acusación de blasfemia, acontecimiento que obligó al escritor a ocultarse durante varios años y que se acompañó de manifestaciones y protestas de militantes en Oriente Medio y el Sudeste Asiático. En estos momentos, la reacción de un líder islamista, el jeque Fallulah -dirigente de Hezbollah en Líbano- a las caricaturas publicadas por un periódico danés ha consistido en afirmar que si se hubiera asesinado entonces a Rushdie el problema no se habría reproducido. En el corazón de las discusiones sobre lo que se define como blasfemia asoman no sólo las relativas a los sentimientos y las ofensas, sino la cuestión del poder y la autoridad. No es en absoluto gratuito que la historia occidental abunde en juicios y procesos históricos en torno a este tipo de acusaciones: recuérdense entre otros los casos de Sócrates, Cristo, Galileo y Spinoza. Quien habla de blasfemia está hablando del poder: así fue en el pasado y así es en el caso de las viñetas danesas.
El debate sobre las caricaturas danesas es, de hecho, la tercera de las principales crisis internacionales que han estallado en los últimos decenios en materia de sacrilegio o profanación en medio del escándalo en el islam: antes del caso Rushdie hubo protestas en 1969 tras el conato de atentado de un australiano contra la mezquita de Al Aqsa en Jerusalén. Los tres casos ejemplifican lo que cabría calificar de dinámica transnacional, por la que se producen distintos sucesos en varios puntos a consecuencia de otro hecho inicialmente de escala limitada.
Sin embargo, el caso danés muestra las limitaciones e insuficiencias de la noción de transnacional o global. Ante todo, toda esa literatura relativa a la sociedad civil global traduce en realidad un talante optimista y progresista al augurar la disminución de las barreras entre los pueblos y la menor intromisión de los estados en las relaciones propias de las distintas sociedades y las ONG en todo el planeta: tal vez sea así, pero la difusión del pensamiento progresista y de las ONG en materia de medio ambiente, derechos de la mujer o emigración se ve superada con creces por la propagación de ideas y grupos antiprogresistas tanto en el caso de grupos religiosos (Opus Dei, hindúes chovinistas, judíos ortodoxos, islamistas conservadores...), activistas antifeministas o movimientos asociados a tendencias nacionalistas militaristas. La sociedad civil global no es garantía de progreso, libertad o defensa de los derechos humanos.
La realidad transnacional se ve igualmente limitada por otro factor, común a los tres casos antes mencionados de ira islámica: tales protestas pueden originarse como propias de grupos independientes y autónomos de los estados, pero en realidad tal consideración no puede perpetuarse; los estados no son necios ni holgazanes, enfocan y asumen las nuevas situaciones y problemas, reaccionan y tratan de controlar. Así es como, tras una inicial y espontánea reacción de protesta musulmana, diversos países de Oriente Medio y otras partes del mundo se han sumado a la refriega denunciando a Dinamarca, a la UE, a Occidente y a todos cuantos han podido abarcar. Retirada de embajadores, amenazas de boicot, retirada de protección de embajadas... Del lado occidental - entre gran confusión-, los gobiernos europeos y Estados Unidos han intentado limitar los daños y contener la crisis.
Se alude estos días, tanto en Oriente Medio como Europa y a raíz del incidente de las caricaturas danesas, a una confirmación de la tesis del choque de civilizaciones o, al menos, un compendio y encarnación del conflicto entre dos sistemas de valores, entre la prohibición de representar icónicamente al profeta Mahoma y la tradición occidental de libre expresión, la sátira y la crítica. En la medida en que este incidente resulte en un empeoramiento de las relaciones entre los musulmanes y otros ciudadanos en algunas sociedades de Europa occidental -sobre todo en Dinamarca-, atizando el fuego de las reacciones musulmanas frente a la hostilidad occidental contra el islam, ésa será casi seguro la cuestión. Pero las cosas no son tan sencillas.
El debate no se produce entre un ideal de absoluta libertad de expresión en Occidente y el rechazo de tal libertad en el mundo musulmán. Salvo una minoría de adeptos a ultranza de la total ausencia de coerción, nadie cree en Occidente en la total libertad, al cien por cien, de la libertad de expresión. Existen, plenamente fundadas, leyes contra el odio racial y la difamación, como también principios generales de respeto relativos al ejercicio de derechos legales. El debate se produce, en consecuencia, no entre dos absolutos, sino sobre el grado y punto con respecto al que debería trazarse una línea en el marco de las aspiraciones comunes a la verdad, la decencia, el respeto y la prudencia.
La confusión sobre el choque de civilizaciones, no obstante, puede ser instrumento útil para enturbiar y oscurecer otras cuestiones en las que efectivamente existe una diferencia cultural, y la fisonomía de los valores compartidos puede revestir rasgos engañosos. Porque la verdadera línea divisoria no se traza en absoluto entre el islam y Occidente, sino entre las declaraciones de las autoridades religiosas por un lado y la apertura laica de miras por otro, extremo que cabe ejemplificar a propósito de afirmaciones blasfemas de acuerdo con los textos sagrados... Los cristianos creen que Jesucristo era Hijo de Dios y que fue crucificado y murió en la cruz para resucitar al cabo de tres días entre los muertos. Negarlo es blasfemo; sin embargo, es exactamente lo que hace el Corán. Nadie se propone habitualmente llamar la atención sobre ello, pero si consentimos en penetrar en el ámbito de la legitimación de la censura sobre la base de la blasfemia, pueden surgir dificultades.
Ahora bien, tal vez la mayor confusión sobre las diferencias culturales entraña el propio concepto de blasfemia, derivado del griego blaptein (injuriar) y pheme y únicamente un ser humano-, sino que además y, de hecho, está prohibido -es, en realidad, blasfemo- afirmar su naturaleza divina o semidivina (haciendo una falsa analogía con las afirmaciones cristianas sobre Jesús). El islam, de hecho, no posee un concepto de blasfemia en este sentido. Posee una serie de otros términos que de forma indiscriminada -e incorrectamente- se traducen por el término occidental. Salman Rushdie fue condenado por Jomeiny por kafir, término indicativo de descreimiento o impiedad.
En toda esta cuestión es esencial retener en cualquier caso una medida de sentido común. Podemos -y debemos- preocuparnos por los sentimientos y la humillación que han sentido más de mil millones de seres humanos de este planeta, víctimas de insultos y dobles raseros y para quienes las caricaturas danesas han llegado como oportuno y transnacional pararrayos. Sin embargo, quienes cuentan en esta historia son los seres humanos de carne y hueso del mundo de hoy. No es posible insultar, o difamar, a alguien que está muerto desde hace catorce siglos, y es un insulto al profeta Mahoma y a sus seguidores hacerlo cargando sobre la tradición islámica un concepto, el de la blasfemia o insulto a seres divinos, extraño a ella. El hecho de que tal abusiva imposición se produzca efectivamente - en el marco de nuestra activa aunque contradictoria nueva sociedad civil global- no hace más que poner de relieve el grado de modernidad y solidez que han alcanzado nuestras políticas y discursos contemporáneos.
F. HALLIDAY, profesor de la London School of Economics y profesor visitante del Cidob (Barcelona). Autor de ´El islam y el mito del enfrentamiento´
Traducción: José María Puig de la Bellacasa

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