Tomar el aire, de Rafael Torres en El Mundo de Madrid
Antes de la modernidad se estilaba mucho en Madrid, singularmente entre los pobres, salir a tomar el aire. Aquella extraña práctica, extinguida a consecuencia de que ya no hay pobres ni aire, incorporaba, empero, otra rareza añadida, la de que salía enteramente gratis, circunstancia que por sí sola, incluso siquiera habiendo pobres y aire, la hubiera condenado a la extinción en la modernidad, que es esta cosa anticuada, polvorienta, pseudodemocrática y banal, pero sobre todo dineraria, que vivimos ahora.
Bien es cierto que los que salíamos a tomar el aire apenas sí podíamos permitirnos tomar ninguna otra cosa, pero no lo es menos que la aspiración del aire, con su oxígeno y sus cosas, era un lujo de salubridad y de esparcimiento. En vez de este veneno en suspensión que los verdugos de la atmósfera quieren atribuir a las añagazas anticristianas de los musulmanes, de los del Sahara que nos soplan su arena del desierto para ser más exactos, lo que había antes era un aire transparente, descarnado, serrano, puro, que si bien no endulzaba nada la realidad durísima de Madrid, le permitía a Velázquez, por ejemplo, reproducir con fidelidad absoluta su apabullante cielo. El aire que yo tomaba de chico cuando mi padre me llevaba a tomar el aire, nada más que el aire, nada menos que el aire, era, aunque ya figuraba en el catálogo del botín de Franco, el mismo que no nublaba a Velázquez la visión del cielo, que, como se sabe, no es más que un efecto óptico de la nada en su aspecto intrínseco, y en el figurado, en el de las religiones, otro espejismo dibujado por el miedo, también, a la misma nada.
Desde un punto de vista práctico, la verdad es que no tenía mucho sentido que los pobres tuviéramos tantas ganas de salir a tomar el aire: en casa había rendijas por todas partes. Claro que el resultado de las rendijas, y no digamos de una desconcertada apertura de puertas, montantes, ventanucos y ventanas, eran las corrientes, mucho más lesivas para la salud que el aire. Además, cuando uno salía a tomar el aire iba uno mentalizado, esto es, imbuido de la idea del aire, mientras que en casa uno no quería saber nada del aire si hacía frío, ni el aire de uno si hacía calor, pues el aire ha evitado escrupulosamente desde el principio de los tiempos entrar en las tórridas casas de los pobres en forma de aire, prefiriendo hacerlo en la de corriente. Por eso, tal vez, había que salir para tomar el aire.
Lo cierto, en todo caso, es que según se salía de casa se encontraba uno con el aire, bien que cuanto más se alejaba uno, el aire iba siendo más tónico, más misterioso y más refrescante, las tres cosas.
Naturalmente, convenía ser pobre para disfrutar en toda su magnificencia del aire; era para lo único que convenía. Los pobres de hoy, que han perdido el angelismo inherente a esa condición porque no se reconocen como tales, sino como poseedores de una heteróclita porción de bienes y artefactos, no podrían salir a tomar el aire, caso de que quedara algo, porque tienen que dejarse explotar muchísimo para mantener el espejismo de su prosperidad y no tienen tiempo para nada que no sea drogarse con cualquiera de las pócimas, alcohol o televisión, compras o cocaína, que los amos expenden como soma a la negrada del algodonal. Sólo los que siguen siendo y se siguen sabiendo pobres, algunos inmigrantes, salen aún a los parques y a los descampados a tomar el aire aunque ya no hay aire, pero ellos lo crean porque de ellos es la república del cielo y tienen ese mágico poder. La gente es tan desgraciada hoy, en parte, porque no puede salir a tomar el aire con los bronquios abiertos, la ensoñación presta, los bolsillos vacíos y la paz en su corazón. No hay aire. Ni cielo.
