Aunque las reflexiones que siguen bien pudieran llevar por título Prohibido tener esperanza, si he elegido el sentido inverso para el título del artículo es porque, normalmente, es el Gobierno, es el partido en el poder el que primero debe estar sometido a la crítica. Lo cual no es óbice para que el o los partidos de la oposición -en el caso español sólo hay un partido de la oposición, pues los demás han claudicado de su deber de oposición aunque no formen parte del Gobierno- sean también criticados.Conviene recordarlo, pues los socialistas tenían razón cuando en la Legislatura pasada criticaban al entonces presidente Aznar, diciendo que se dedicaba a hacer oposición de la oposición, trastocando los usos democráticos. Algo de eso está ocurriendo también ahora, pero a la inversa.
Parece que la política española se ha convertido en el arte de acuñar una palabra o término que caracterice, con apariencia de dar en el clavo, al adversario político. El Partido Popular lo utilizó ampliamente cuando acuñó la frase de que el PSOE era «el partido del GAL y de la corrupción». Todo lo demás quedaba fuera: la política económica, la política internacional, la política sanitaria o la política de desarrollo autonómico: el socialismo español quedó presa de la caracterización simplificadora que de él hizo el adversario político.

Lo mismo sucedió con Aznar: terminó siendo el Aznar de «la foto de las Azores», el Aznar de «la Guerra de Irak», el Aznar de la «mentira», e incluso el Aznar de la «involución autonómica», es decir, el Aznar autosatisfecho, autoritario, derechoso e incapaz de percibir siquiera a otro político o al otro lado político.Su gestión económica, su política de desarrollo autonómico -la elevación del tramo de financiación, la finalización de la transferencia de las políticas sanitarias y educativas, la renovación por tiempo indefinido y en las mejores condiciones técnicas posibles de la Ley de Concierto Económico-..., todo lo demás quedó eclipsado.

Ahora, el partido en el poder practica la misma técnica con el de la oposición: el PP es «el partido de la crispación y de la soledad». Todo lo que hace el Partido Popular es, para los socialistas españoles, crispar. Nada hay de crítica objetiva en sus manifestaciones.Nada de lo que dicen los populares hay que tenerlo en cuenta.Todo es pura crispación, intento de desgastar al partido en el poder, intento de desgastar al presidente del Gobierno.

Esta circunstancia es preocupante en cualquier democracia. Lo normal es que sea la oposición la que diga lo que le parece que el Gobierno, quien ejerce el poder, está haciendo mal. Lo normal es que el partido en el Gobierno se preocupe por la crítica de la oposición. Lo normal es que el partido en el poder escuche lo que dice la oposición. Y lo normal es que sea el Gobierno quien asuma la responsabilidad de buscar el consenso con la oposición en las cuestiones de Estado. Es el reparto de papeles previsto en las democracias.

Pero en el caso español es a la inversa: la responsabilidad de buscar el consenso en las cuestiones de Estado se la pasa el Gobierno a la oposición, es la oposición la que debe escuchar lo que dice el Gobierno, es la oposición la que debe estar preocupada y dispuesta a corregir su comportamiento, es la oposición la que es objeto de crítica permanente por parte del Gobierno.

Y es cierto que no pocas cosas se pueden y se deben criticar de la actuación de la oposición. Pero no es precisamente el Gobierno el más adecuado para decirlo. Es cierto que el Partido Popular está solo, y no basta con que recuerde que está solo con 10 millones de votos, pues sabe, o debiera saber, que en España la mayoría absoluta está muy cara, y que para poder gobernar se necesita casi siempre romper la soledad. Es cierto también que el Partido Popular tiende a la sal gorda, al tremendismo, a las palabras redondas, que huye de la matización y de la crítica diferenciada.

Pero el Gobierno no puede prohibir, ni a la oposición -ni a ningún ciudadano-, que se preocupe por las políticas que practica y por las consecuencias que dichas políticas puedan tener. El Gobierno no puede obligar a nadie a pensar que, se haga lo que se haga, nunca pasa nada, que da igual aquello que se haga pues las consecuencias no tienen importancia alguna -una forma perfecta de devaluar su propia actuación-.

Se puede estar preocupado por la política autonómica del Gobierno de Zapatero: por no haber acometido la reforma constitucional primero, y dentro de ella, la reforma a fondo del Senado, para después emprender las reformas estatutarias. Algunos están preocupados, con razón, por la bilateralidad que se va creando y que sólo se puede superar con una reforma profunda de la Cámara Alta.Algunos están preocupados por lo que para la libertad de los ciudadanos significa el deber de conocer el catalán elevado a la categoría estatutaria, cuando poniéndose a reformar, se podía haber optado por modificar la Constitución en ese apartado y dejar el deber de conocer el español en una constatación de su valor como lengua franca para todos los ciudadanos -y muchos otros que no lo son-.

Y ninguna de todas estas preocupaciones implican anticatalanismo, ni voluntad de inmovilismo, ni crispación. Son manifestaciones propias de la crítica política sin que por ello la democracia desaparezca. Y lo mismo, pero con más gravedad aún, vale para la política antiterrorista: si se puede pensar hoy en la desaparición definitiva de ETA es gracias a la política que todos los poderes del Estado han llevado a cabo en los últimos años, especialmente durante el segundo gobierno Aznar; política sustentada en el pacto por las libertades y que tuvo como consecuencia directa la ilegalización de Batasuna. Y no son pocos los que perciben con preocupación la tendencia del Gobierno a creer que ha llegado el momento de recoger los frutos y ceñirse la aureola de la paz, dejando como si fuera de otros tiempos la misma política cuya eficacia les permite hablar en los términos que utilizan.

Es posible y necesario preocuparse por todo lo que en el contexto de la pacificación se dice y se hace, empezando por la palabra misma: quien tiene la llave de la paz no es otra que ETA, para lo cual tiene que dejar de usar la violencia para aterrorizar a personas concretas, a grupos concretos, y no el Gobierno, no el Estado, a no ser que esté dispuesto a conceder a ETA algo que siempre ha querido. Como no es así, y ateniéndonos a lo que afirman permanentemente, aunque varíen de fórmula, es decir, que el Estado no va a pagar precio político alguno, es preciso llamar a las cosas por su nombre: paz es que ETA desaparezca como organización terrorista, que sea derrotada políticamente.Y una vez que esto suceda, cuando esté claro que no hay nada político que hablar con ETA, pues ya ha dejado de existir como tal, se acometerá la cuestión de los presos. Una vez que la banda terrorista sea derrotada políticamente. Una vez constatada dicha derrota.

Ruidos, rumores, conversaciones que no son negociaciones; cocinas previas, contactos, disposición a asumir la fórmula catalana para Euskadi, fórmulas para una dieta vasconavarra, mesas de normalización, discurso de plurinacionalidad, fórmulas para hablar de consulta popular sin que parezca que se habla de autodeterminación: razones, una y muchas, para estar preocupados.

El poder corrompe. Por eso la democracia no puede vivir sin la crítica. Es cierto que el ruido popular impide no pocas veces escuchar la crítica razonada. Pero no es democrático oponer al ruido la confianza ingenua en el poder: así se acaba la democracia.

Joseba Arregi es autor del ensayo La nación vasca posible y fue portavoz del Gobierno vasco con el lehendakari Ardanza.