El prestigio de las ciencias sociales exige un esfuerzo numérico.Sin base estadística, sin un cuánto previamente determinado por el sistema de pesas y medidas que emplea el sociólogo, el legislador o cualquier otro especialista, su obra amenaza ruina antes de tiempo. El producto que finalmente entrega este ingeniero social, si en él están ausentes los números, es recibido por el destinatario -sus colegas y el público culto- con indisimulado desprecio.
El hombre es un ente social y sus actos, desde su nacimiento, son actos de medida, sujetos a indagación, cuantificación y valoración por los miembros de su especie. Sin embargo, ¿podemos medir todos los hechos humanos? ¿También la muerte del hombre, el único instante que desafía todo cálculo imaginativo, quizás el único acto estrictamente individual de la vida de un hombre?

Poco se ha hablado de un pequeño libro que apareció casi al término del último año. El libro reúne, bajo la dirección del profesor García de Enterría -un «viejo emérito» en plena forma-, unos discursos, notas y artículos de Manuel Azaña sobre la autonomía política de la Cataluña republicana. Azaña, gran impulsor del Estatuto catalán de 1932, tras la experiencia de las postrimerías de la República y sus estertores durante la Guerra Civil, modificó radicalmente su opinión política sobre sus viejos amigos catalanistas y, en general, sobre todos los nacionalismos españoles.

Pero no pretendo embrollar a Azaña en el debate actual del Estatuto, aunque más de uno se sorprenderá al respecto si lee el libro, publicado por Tecnos. Porque la gran punzada sentimental es otra muy distinta. Azaña, al que tanto se acusó de histeria, de cobardía compulsiva hasta alcanzar el colapso físico del personaje en situaciones de riesgo, es autor de uno de los episodios más bellos de la literatura española del siglo XX. Conmueve hasta lo insoportable la lectura de las anotaciones de sus diarios valencianos de 1937 -el Cuaderno de la Pobleta- y, muy especialmente, la serie de Artículos sobre la guerra de España escritos en el exilio francés que -salvo uno de ellos publicado en una revista inglesa- no vieron la luz en aquel tiempo dramático.

García de Enterría edita dos textos de este periodo (1939 y 1940), el postrero de la vida de Azaña. Es imposible escribir en primera persona con mayor claridad, belleza y serenidad de juicio en relación con el desarrollo complejo de la tragedia de un país finalmente destruido y sobre el fracaso íntimo del sacerdote máximo de la República española cuando él mismo se dispone a cruzar el umbral de la oscuridad.

Azaña es hermano de muerte de March Bloch, el gran historiador francés de la escuela de los Annales, fundada por él y Lucien Febvre en 1929. Justo 10 años después, a los 53 de su edad, Bloch pide el ingreso en el Ejército de su país para enfrentarse a la inminente invasión alemana. Firmado el armisticio en junio de 1940, es desposeído por el régimen de Vichy de su condición de profesor. Como miembro activo de la Resistencia, Bloch fue detenido en el mes de marzo de 1944. La Gestapo le tortura, le rompen las muñecas y entra en coma después de que sus verdugos le hagan pedazos las costillas. Tres meses después, los alemanes le bajan de un camión en las cercanías de Montluc y le fusilan en compañía de otros presos.

Al bajar del coche, indiferente con su destino y ajeno a su intimidad, había consolado a un muchacho de 17 años que no cesaba de llorar: «No tengas miedo, esto no durará mucho». Pero Bloch dispuso de tiempo en la duradera agonía que precedió a su asesinato. De julio a septiembre de 1940, acosado sin tregua por la Policía alemana y los funcionarios colaboracionistas de la Francia humillada, escribe La extraña derrota, una impresionante narración, seca como un disparo de la conciencia del mundo, de las causas internas que llevaron a la descomposición y al derrumbe de su país en la primavera de 1940. Una extraña derrota contada por un intelectual comprometido con sus semejantes y con su tiempo, que escribe, entre la penuria y el terror que le espera, con una frialdad divina, inefable. La extraña derrota es un libro de historia sagrada.

Azaña y Bloch escribieron su muerte. A otras gentes, anónimas y sencillas, se las tragó una maldición criminal que les robó incluso sus tumbas. Y también sus nombres. Nunca su dignidad, porque no falta el testigo que ve, oye y tiene memoria del valor de las víctimas. Es el caso de Hermann Friedrich Graebe, que comparece el 10 de noviembre de 1945 para contar lo que había visto y oído poco antes en una aldea sin nombre de la Europa oriental: «El padre cogía de la mano a un niño de unos 10 años y le hablaba con suavidad; el niño intentaba evitar las lágrimas.El padre señaló al cielo, le acarició la cabeza y pareció explicarle algo... Recuerdo a una muchacha, delgada y de pelo negro, que pasó junto a mí, se señaló a sí misma y dijo 23... La gente, completamente desnuda, bajó unos escalones recortados en la pared de barro de la fosa y avanzó a gatas sobre las cabezas de los que yacían allí, para situarse donde el hombre de las SS les había dicho. Después se tumbaron delante de los muertos o de los heridos; algunos acariciaban a los que aún vivían y les hablaban en voz baja. Después oí una serie de disparos».

Es un testimonio sin cifras de la muerte, salvo la edad de unos seres que pronto serán una sombra remota. Y, sin embargo, la muerte no sólo ignora los números. Tampoco reclama, a mi juicio, la presencia de palabras mayúsculas. Holocausto, Memoria o Historia, escritas y pronunciadas así, con letras mayúsculas, son sólo las voces del diálogo que entablamos los que permanecemos aquí.Una celebración quizás necesaria, pero contingente según las circunstancias de tiempo y lugar. La dignidad humana de las víctimas -su eternidad- es el mayor patrimonio de sus familias y amigos.Su recuerdo no prescribe porque está fuera del comercio de los hombres. A los extraños nos vale el Eclesiastés, un libro sagrado que todavía nos desconcierta. Parece la genuina voz de los muertos.Si los muertos pudieran hablar, creo que esta oración recogería sus voces: «Sobre aquello no se añadirá; ni de ello se disminuirá.Porque Dios restaura lo que pasó».

Félix Bornstein es abogado y asesor fiscal.