ETA ha puesto un coche bomba en Navarra que ha causado graves destrozos, aunque no víctimas, en pleno debate del tercer Congreso de las Víctimas del Terrorismo. La banda terrorista se ha querido hace notar en pleno proceso de negociación con el Gobierno desafiando tanto al presidente Zapatero como a los centenares de personas que en Valencia debatían su dolorosa situación de víctimas del terrorismo en vísperas de lo que Zapatero llama el inicio del fin del la violencia y temerosos todos ellos de que se pague precio político por la pretendida paz. A la vez, el alto comisionado para la Ayuda a las Víctimas del Terrorismo, Gregorio Peces-Barba, anuncia en Valencia que dejará el cargo en los próximos meses, mientras un sector importante de dicho congreso le daba la espalda antes de su intervención. Y desde Barcelona, el líder de la oposición, Rajoy, afirmaba que ETA lleva la iniciativa en todo este proceso que el presidente del Gobierno resumía insistiendo en lo que él llama un futuro esperanzador.
La crisis política nacional en la que estamos inmersos todos los españoles crece día a día sin que nadie vea en el horizonte ese optimismo esperanzador del que habla el presidente, sino más bien una creciente indignación como la provocada por el último atentado de ETA durante la celebración del congreso de sus víctimas. Estos hechos y esta crispación, que va a tener en las calles de Madrid el próximo día 25 una nueva convocatoria popular por la iniciativa de la propia Asociación de Víctimas del Terrorismo, se une a otras tensiones y desencuentro como las provocadas por el Estatuto catalán que aún continúa dando tumbos por el Congreso de los Diputados. Y nos muestran un país tenso y dividido en el que el jefe del Gobierno sigue empeñado en caminar hacia delante él solo, de espaldas a la sociedad y al primer partido de la oposición en las grandes cuestiones que afectan muy gravemente a la identidad y unidad nacionalista, por un lado, y a la lucha contra el terrorismo, por el otro, cuestiones que deberían formar parte de un gran consenso nacionalista y no de un gran enfrentamiento nacionalista como el que tenemos delante.
Hace algo más de dos años que los españoles vivimos momentos de crispación y de ruptura social por causa de la guerra de iraq o de ese disparate del último Gobierno de Aznar que nos metió a los españoles en un conflicto ajeno e ilegal, pero esa ruptura social tenía como telón de fondo un asunto externo de la política intenacional promovida por el presidente Bush y su aliado británico Blair. Ahora los motivos de la discordia están en lo más profundo de nuestros sentimientos políticos y personales, en la identidad nacionalista, en la solidaridad, en la unidad de España, en la lucha contra el terrosimo y la defensa de la víctimas de ETA y de otras formas de terrorismo, en cuestiones verdaderamente importantes que sí afectan de lleno a nuestro país y a nuestros conciudadanos. Y racionaliza mal el presidente Zapatero si no se da cuenta de la importancia y de la incidencia de esos debates que están provocando una grave fractura social y política de consecuencias imprevisibles para todos, incluido su Gobierno y su partido.
Imaginar en estas circunstancias que el presidente va a salir airoso del Estatuto catalán y de la negociación con ETA con la consecuencia de una tregua con los terroristas y que ambos logros tendrán un apoyo masivo en el conjunto de los españoles es mucho imaginar. Puede que los consiga, pero a un alto precio político y emocional, y desde luego sin el apoyo de la gran mayoría de españoles. Y eso puede ser la semilla de conflictos venideros tanto en la articulación autonómica del Estado como en el que sería un largo proceso de negociación con ETA, porque en uno y otro caso los intenciones del presidente no son ni mucho menos de fiar.
La situación política española es tan mala y tan crispada que resulta muy difícil pensar que el Gobierno y el primer partido de la oposición, en estas circunstancias, podrían sentarse o deberían sentarse a conversar y a buscar puntos de encuentro en favor del interés general de todos lo españoles. Es muy difícil y además es responsabilidad del Gobierno más que de la oposición, porque a fin de cuentas lo que hace el Gobierno afecta a todos los españoles, mientras que lo que hace la oposición no tiene concsecuencias directas en el conjunto de la cuiudadanía, aunque sí en la opinión pública. Se han pasado las líneas rojas del diálogo por una y ora parte y estamos en tiempos de confrontación, pero con asuntos muy serios de por medio que no sabemos cómo se van a desarrollar ni a dónde nos van a llevar.
Zapatero hablaba ayer en el homenaje a Tomás y Valiente, otra víctima de ETA, de las esperanzas, pero esas mismas palabras el presidente no se atrevía a repetirlas en Valencia ante el Congreso de las Víctimas del Terrorismo, al que no quiso acudir por temor a la protesta y la advertencia de los allí presntes de que no hay nada que negociar. Están las cosas muy mal y a cada día que pasa tenemos la impresión de que la concordia ciudadana se nos escapa entre las manos como el agua sin que nadie la pueda contener ni controlar, y lo que es peor, no vemos en el horizonte cercano una posibilidad de encuentros, de reflexión y de sosiego como los que en estos momentos necesita nuestro país y el conjunto de la sociedad. Zapatero habló ayer de esperanza, las víctimas le recordaron que no hay nada que negociar, Peces-Barba dice que se va del cargo una vez fracasado y ETA pone su firma a un nuevo atentado que, aunque no ha producido nuevas víctimas, sí ha causado grandes destrozos materiales, a la vez que nos ha vuelto a recordar que tiene la iniciativa y además intacta su capacidad de actuar y de matar.

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