Existe en nuestra prensa y audiovisuales una crítica literaria exigente, sensible y preparada, a la par que una información cultural responsable. Pero también se dan ahí una arbitrariedad y un rebañismo copiosos. Ahora, por ejemplo, se ha hablado bastante y ha hablado su irisado autor, Biel Mesquida, de Els detalls del món (Empúries). Pero el libro apenas tiene nada que ver con lo pregonado y con lo que anuncia su solapa, pues presenta unas peces narratives que son meros artículos de prensa. ¿Quién gana con esto? ¿No resultaría mejor atenerse a las causas y efectos según el patrón universal, estar en el mundo y no en el món?Un lebrillo de agua se alborota con dos dedos, el lago de Como requiere un vendaval. Y Barcelona padece un acusado deje provinciano -las alegrías endogámicas de cualquier circulillo- que confunde con la posmodernidad, la sopa Campbell y la provocación lúdica. Santa inocencia.

Otro libro ha suscitado entusiasmo crítico, En aquesta part del món. Sí, de nuevo el món... Se trata de un extenso dietario cuyo autor, Guillem Simó, era profesor de literatura y ha muerto. Escribe con eficacia, circulaba por ahí, pero más allá de algunos estudios eruditos no realizó una obra que justificara y enmarcara su criterio resumido en esas notas, las cuales tampoco desarrollan los temas, sino que consisten por lo común en manifestaciones de cortante resentimiento. O sea, lo contrario de los diarios de Pla, Gide, Jünger, Pavese, Spender, cuyas obras y vidas refrendan sus opiniones.

El libro de Simó tampoco responde a otro tipo de autor, supongamos Maurici Serrahima, cuyos tomos IV y V de su vasta obra memorialista Del passat quan era present (Publicacions de l´Abadia de Montserrat) acaban de ser editados. Serrahima escribía ensayo, tentó la novela, se constituyó en personalidad cívica y cultural de relieve en Catalunya, y entonces refleja en largas y razonadas impresiones y reflexiones la vida que le envuelve, con lo que su obra pasa a constituir un relevante documento y análisis de un mundo y un tiempo, no de un món. Y lo hace con un toque de pueril vanidad, factor marginal en su ambiciosa aventura, aunque semejante al resentimiento que en Simó constituye la sustancia mayor. Serrahima es elegante, conciliador, se sitúa en parámetros culturales, con lo que no logra un puesto en el guirigay. Vende más el resentimiento. Pero ¿de qué lo estaría Simó?, ¿de ser el funcionario al que opositó? La comodidad que luego odiamos.

Lo cierto es que se registra una relajación en la exigencia cultural barcelonesa, que hasta fue festejada en el Fòrum. O sea, que el patinaje artístico se extiende.