San Bernardo de Claraval, inspirador de los templarios, cuando se ponía cachondo se bañaba en el hielo y cuando arengaba a los combatientes de la Segunda Cruzada les ordenaba: «Bañaros en la sangre de los infieles». Saladino, reconquistador de Jerusalén, rodeado de sufíes decapitó personalmente a Reinaldo de Chatillón.La guerra santa dura ya más de mil años. Dice el romance: «Y los moros eran tantos, resollar no les dejaban»; El Cid arremetía con la Tizona sobre Babieca como un rejoneador contra el moro -de blanco, azul y encarnado- y cortaba las cabezas sin ninguna cortesía.
La Edad Media fue una involución, aunque no todo eran matanzas; también, según los poetas arábigos, «cuando la rama se vestía de hojas, salía el sol del vino, y era su boca el poniente y el oriente la mano del copero». El siglo XXI es otra involución, agravada por el miedo: al balneario han llegado las pateras.
Antes, un personaje de Séneca saludaba a los dioses, si es que los había, y los griegos descubrieron que la religión era un cuento para asustar a las viejas. Luego, llegó la Ilustración, Voltaire y, por fin, Marx, quien, harto de la sinagoga, se enamoró de su criada y descubrió que la religión era el opio del pueblo.Baudelaire describió a Dios como a un tirano ahíto, adormilado al rumor de nuestras blasfemias; todo ello después de muchas degollinas y hogueras. Yahvé ordenaba a un patriarca matar a su propio hijo desde una zarza; «exterminar» es uno de los verbos más corrientes en la Biblia, hasta que llegó Jesús, que era hippie, pidiendo que nos amáramos los unos a los otros.
Para un europeo de hoy nada hay sagrado, no hay culo que valga más de cien mil dólares. Logramos, a su debido tiempo, separar la religión de la política; por eso, Fernando Savater y Mario Vargas Llosa, dos banderas de la libertad, nos han recordado, el uno, el derecho a poner a parir a los dioses; el otro, el derecho a la irreverencia. No hay ningún demócrata que pueda estar contra la libertad de creación y de conciencia, pero desde Gibraltar a Filipinas, hay un tambor que llama a los mártires y una jarca de jeques de pelucos de oro -algunos, amigos de los americanos-, han decidido que la religión y el Estado sean la misma cosa. No hay separación de poderes y Dios es una Constitución.A este lado de la trinchera, se despliega el dios de los neocon, con torturas en Abu Ghraib y en Guantánamo, mientras el Papa y Europa impulsan el diálogo religioso.
Nada es sagrado, efectivamente, pero en las democracias nadie se inmola por la democracia y nuestro miedo en Europa es más fuerte que la libertad de expresión; los ciudadanos ya saben que para que les degüellen no tienen que alistarse a las Cruzadas; pueden rebanarles el cuello en el supermercado o en el bar de la esquina.

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