Hoy, en torno a las 18.00 horas, cuatro víctimas del terrorismo -Consuelo Ordóñez, de España; Bruce Wallace, de EEUU; Azamat Sabanov, de Rusia, y Sofía Gaviria, de Colombia- leerán en el acto de clausura del III Congreso Internacional de Víctimas del Terrorismo un manifiesto en uno de cuyos párrafos se dice textualmente: «Las víctimas son iguales. No importa el país, la situación política o social, la motivación o el criterio para elegir objetivos.Son seres inocentes a los que un destino fatal convierte en víctimas de asesinatos, secuestros, torturas, extorsiones, chantajes o amenazas. Son seres inocentes cuyas vidas se ven quebradas por la maldad de aquéllos que no saben exponer sus ideas de otra forma que no sea usando la violencia».
Cerca de 400 víctimas del terrorismo de todo el mundo se han dado cita ayer y hoy en Valencia, en la tercera edición de un Congreso que tiene dos objetivos básicos: el primero, oír, y más que oír, escuchar a las víctimas. Ellas tienen muchas cosas que decirnos; y la sociedad, las instituciones y los poderes públicos tienen la obligación de escucharlas, de tomar buena nota y poner en práctica sus justas reivindicaciones.

El segundo objetivo está íntimamente unido al primero: estos congresos deben servir para que las víctimas del terrorismo sientan todo el afecto, el cariño y la solidaridad a los que se han hecho acreedoras. La presencia ayer en Valencia en el acto inaugural de los Príncipes de Asturias supone, sin ninguna duda, el mejor gesto de cercanía de la Corona con todas las víctimas del terrorismo.Otras ausencias, como la del presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, se comentan por sí solas, y tanto las víctimas como la ciudadanía sabrán tomar buena nota.

Las víctimas son lo mejor, con mucho, de nuestra sociedad. Su ejemplo de fortaleza moral, de dignidad, de entereza ante el sufrimiento es algo que quizás no hemos sabido valorar en su justa medida. Ellas nos ayudan a todos a ser un poco mejores, a dar lo mejor de nosotros mismos. Durante muchos años, en España dejamos a las víctimas muy solas; miramos para otro lado; fuimos cobardes: fueron los años de plomo. Esa situación ha cambiado radicalmente. Hubo un punto de inflexión con el vil asesinato de Miguel Angel Blanco en julio de 1997. Pero no está de más que, con ocasión de acontecimientos como este Congreso, todos nos reafirmemos en el propósito de no volver a caer en aquellos errores. Nunca más dejemos solas a las víctimas ni toleremos que nada ni nadie traicionen su memoria o pisoteen su dignidad.

Vivimos momentos convulsos en España en lo que se refiere a la lucha antiterrorista. Las víctimas están inquietas, desconcertadas, y se temen lo peor: que al final un Gobierno democrático acabe negociando con los terroristas. Y se preguntan con mucha razón: ¿Para qué han servido los asesinatos de nuestros seres queridos?

Cuando ayer, el vicepresidente de la Comisión Europea y comisario para Asuntos de Libertades Públicas, Seguridad y Justicia, Franco Frattini, afirmó tajantemente en su intervención en el acto inaugural que «los terroristas no son interlocutores de nada ni de nadie. Son únicamente terroristas y con los únicos que tienen que hablar es con los jueces», arrancó una de las ovaciones más sentidas de las víctimas presentes en el acto. Lo mismo que provocó la impecable intervención del Príncipe de Asturias, llena de humanidad y cercanía a quienes más han sufrido la crueldad del terrorismo.

Empezaba este artículo con una cita del manifiesto que hoy será leído en Valencia. Acabo con otras palabras tomadas del mismo documento: «Las víctimas del terrorismo no queremos ni venganza ni revancha; sólo queremos que las generaciones futuras no tengan que padecer lo que, desgraciadamente, hemos padecido de manera directa o indirecta tantas personas que un día nos convertimos en víctimas por la crueldad de unos criminales. Y estamos convencidas de que todos juntos, gobernantes y ciudadanos anónimos, podremos con nuestro esfuerzo y trabajo conjuntos evitar que el dolor se perpetúe y darle vida a la esperanza de un mundo mejor». En nuestra mano, en la mano de nuestros gobernantes, está el no apagar nunca esta llama de esperanza que las víctimas han querido encender.

Cayetano González es colaborador habitual de EL MUNDO y director del III Congreso Internacional de Víctimas del Terrorismo.