CUANDO EL PRÍNCIPE de Asturias, acompañado de la princesa Letizia, llegó al congreso de víctimas del terrorismo tuvo que sentir profundas sensaciones. Por una parte, la emoción de ver ante sí a centenares de personas que han sufrido la crueldad de algún atentado. Por otra, la dificultad de su discurso, en un ambiente mediatizado por la incertidumbre de qué pasará con la banda criminal que partió sus familias. El Príncipe no podía ignorar lo que ocurre a un lado y a otro del escenario. Es sensible, y llevaba la solidaridad de la Corona ante esas gentes; pero es realista, y no podía ignorar que en otros ámbitos se está hablando para conseguir que ETA deje las armas.

A esa dificultad humana tenía que añadir otra: cualquiera que sea su pensamiento sobre el delicado momento que va a vivir este país, no lo puede expresar. Sería entendido como una intromisión de la Corona en decisiones del Gobierno. Por esa razón, el Príncipe hizo el discurso posible: el de la firmeza ante el terrorismo; el de la lucha contra la violencia «con todos los instrumentos del Estado de derecho»; el del aliento a las víctimas, a quienes la sociedad «debe su respaldo permanente». De la negociación posible, del «inicio del principio del fin» que intuye Zapatero, de eso no pudo hablar. Primero, porque no era el escenario. Segundo, porque es algo que oficialmente no existe. Y tercero, porque sería terciar en algo que va a provocar desgarros profundos en la sociedad.

Ya los está provocando. Donde Zapatero y sus equipos ven una situación que puede desembocar en la paz, portavoces del PP sólo ven un riesgo suicida de nuevos enfrentamientos. Donde José Bono se imagina una banda «con las manos en alto», los contrarios al diálogo ven a esa organización criminal y a sus agentes envalentonados. Donde dirigentes como José Blanco resaltan cada día que ésta es la primera legislatura democrática sin muertes, sus oponentes presentan una ETA que lleva dos años fortaleciéndose. Parece que hablan de distintos países. Reflejan dos sensibilidades enfrentadas, a veces por la razón, a veces por el rencor partidista.

La batalla que se dará en esos dos frentes será terrible. Aprovechando ese congreso de víctimas, es el momento de hacer dos demandas. Una, que la Corona se siga manteniendo al margen del combate: es la garantía final en caso de que se produzca ese desgarro temido y tengamos que asistir a un fracaso de la esperanza. La otra, que las víctimas no tengan que decir en ningún momento que alguien menospreció su dolor y su tragedia humana. Maite Pagazaurtundúa lo reclamaba así: no ser «moneda de cambio ni objeto de mercadeo». Yo añadiría una cosa más: que ningún partido use su dolor con fines electorales.