Cuando Zapatero llevó al Congreso de los Diputados a realizar una insólita e innecesaria declaración sobre una hipotética negociación con ETA, garantizó que el proceso se abriría cuando los terroristas entregaran las armas, o sea, cuando acreditaran su abandono de la violencia, lo que obviamente entraña su compromiso de respetar los derechos de los demás y de reparar los estragos cometidos. Sin embargo, todos sabemos ya que ha habido contactos y que el Gobierno ha dado pasos en la dirección que a ETA le gusta. Uno de esos pasos ha sido la depuración del fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Eduardo Fungairiño, uno de los baluartes del tesón judicial contra los terroristas, al que han seguido otras mudanzas como la adaptación de beneficios a asesinos en serie de la banda, que de pronto se ven cerca de la calle pese a haber sido condenados a centenares o miles de años de prisión.
Estos hechos han causado alarma en gran parte de la opinión pública y no digamos entre las víctimas, que se sospechan traicionadas y se presienten desamparadas. La causa de la desazón se define con una palabra: precio; el precio que a esta sociedad se le querrá exigir para que los terroristas que la han atormentado le concedan la gracia de dejarla en paz. Pero el único precio deben pagarlo los terroristas, únicos responsables de su locura, porque la salida honrada, inteligente y justa del conflicto que ellos han creado es lo que ayer llamaba en este periódico Enrique Múgica, defensor del Pueblo, la «rendición incondicional». Después de su capitulación, pero sólo después, podrá el Estado ser generoso con los criminales sin salirse del espacio discrecional que permiten las leyes en cuanto a beneficios penitenciarios y redención de penas.

Sería un germen de destrucción futura que los terroristas obtuvieran una sola compensación a sus crímenes. Entonces, el terrorismo habría ganado la guerra que declaró. Esto es lo que tiene intranquila a tanta gente, que acumula motivos de inquietud cuando ve cómo el presidente del Gobierno se refugia en el secreto y en la simulación, cómo ha desactivado el pacto antiterrorista y cómo niega una información necesaria a la oposición, en contra de lo que siempre, y por el bien de la lucha contra el terrorismo, se ha hecho.¿Es el precio lo que se oculta? La pregunta es legítima, como todas las preguntas que buscan la verdad. No es la única. En medio de la oscuridad de que se rodea este Gobierno, surgen también serias dudas como ésta: ¿es Zapatero el hombre de firmeza que requiere un cara a cara con ETA? De ello depende, en gran parte, el precio.