En el pacto social que da lugar a la formación del Estado hay un principio de autoridad que sustenta la acción coercitiva de éste como medida de protección de los ciudadanos: la autoridad ejercida a través de las estructuras policiales y militares al efecto recibe en sus manos el monopolio de la violencia. La experiencia acabó demostrando que ese monopolio no es sinónimo de seguridad. A veces el defensor de la ley se vuelve comprensivo con sus límites. Así, no uno ni dos ni tres sino 19 guardias civiles del aeropuerto de Málaga han sido detenidos de puro comprensivos que eran con algunos pasajeros. Si se pasaban del límite aceptable de tabaco o licores en su equipaje, lo arreglaban con unos eurillos y, como decía el otro, "ni pa’ ti ni pa’ mí; pa’ los dos". Esa buena disposición al negocio, mal entendida, se inventó hace ya mucho y en algunos sitios le han puesto hasta nombre: mordida. Curiosamente, la mordida policial es una forma de participación en el libre mercado que está bastante mal vista y en los juzgados lo llaman cohecho. Claro que a todo hay quien gana. Como quienes fueron a ejercer la autoridad y a proteger a los iraquíes y acabaron pateándolos, dando rienda suelta a sus instintos más humanos. Porque, que se sepa, el sadismo no es un comportamiento hallado en el reino animal. Las imágenes de la paliza de varios militares británicos a unos jóvenes iraquíes es de cortar el aliento. Más, si me apuran, el audio de quien sostenía la cámara. Escuchar sus burlas, sus risas de satisfacción y sus comentarios de indisimulado placer ante la escena sádica cuestiona el principio de autoridad. Cuando ésta muerde, desgarra y, si prueba la sangre, enloquece.