Al ministro Sevilla le han pillado con la sintaxis cambiada, el off the record desconectado, en pleno lapsus linguae, y ha caído de pleno en el gazapo de la verdad, que es lo peor que puede pasarle a cualquier político que se precie de serlo. El problema no es que el señor Montilla no pueda ser presidente de la Generalitat porque sea charnego, sino que los charnegos a efectos de inventario no existen en la Catalunya actual, y por tanto no sólo no puede ser, sino que además es imposible.
Así que el señor Jordi Pujol puede ser carolingio y con mucha honra, pero yo no puedo ser charnego sin caer en el desprestigio. Yo estoy acostumbrado a hacer el fantasma, como hay quien hace el pino, a no existir y convertirme en invisible cada dos por tres, así que entiendo perfectamente que en Catalunya un charnego es un proscrito gramaticalmente hablando, porque es catalán todo aquel que vive y trabaja en Catalunya.
Hay, eso sí, los charnegos buenos, reconocidos socialmente, por ejemplo Paco Candel o Manolo Vázquez Montalbán, quienes hicieron el mismo cumplido papel que el negro de La cabaña del tío Tom o de Sidney Poitier en Adivina quién viene a cenar esta noche, filme donde el actor negro lucía unas camisas blanquísimas inmaculadas y donde se le oyó decir: "Tú te consideras un hombre de color. Y yo me considero un hombre". Por cierto, que una amiga mía, votante de Iniciativa de toda la vida, sentenció al respecto que era más fácil que un negro llegase a presidente de Estados Unidos que un charnego engrosara la lista de los presidentes de la Generalitat: antes lo sería una mujer. La izquierda tiene esos requiebros.
En Catalunya no hay charnegos, como no hay putas sino trabajadoras sexuales, ni barracones escolares sino aulas no convencionales, ni moros sino catalanes recién llegados; tampoco hay maricones sino gays. Catalunya vive en el eufemismo y así no hay quien se aclare. Pero para eso están los diccionarios, para saber de qué se habla, porque, como las mujeres malas de los boleros, siempre dicen la verdad. En Catalunya no hay charnegos, ¡faltaría más!, pero el Diccionari de la llengua catalana define esta figura como "persona de llengua castellana resident a Catalunya i no adaptada lingüísticament al seu nou país". Quizá por eso la consellera Tura, en las asambleas del Carmel, empleaba el castellano sin querer, o el director de TV3, el señor Escribano, se quejaba de que los medidores de audiencia estuvieran proporcionalmente mal repartidos entre hogares castellanohablantes y catalanohablantes.
Vista desde fuera, la cosa no parece tan grave, y el Diccionario de la lengua española de la Real Academia se refiere a un "inmigrante de una región española de habla no catalana". A mí me gusta ser un charnego malo de esos que define el Diccionari català-valenciàbalear, Alcover-Moll, "gos per a caçar conills de nit", pero ya no estoy para muchos trotes. Así que me quedo como estoy según el Diccionario del español actual,del señor Manuel Seco, quien en la acepción "propia del charnego" cita un ejemplo de Marsé en El amante bilingüe: "El hombre no sabe qué hacer, ni qué decir. Masculla con acento charnego: ´Pues ya lo ve uzté...´". Pero es mentira, tampoco hay ya andaluces en Catalunya, sino Els Altres Andalusos.
manueltrallero@terra.es

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